Recorremos algunos de los libros escritos desde aquí que miran allí. La fascinación de España por Japón, que también es recíproca, ha movilizado a escritores y viajeros que han tratado de penetrar lo impenetrable.

Texto: Hilario J. Rodríguez     Ilustración: Hallina Beltrão

 

Hace ahora tres lustros apareció Trenes hacia Tokio (en Lengua de Trapo, 2011), donde Alberto Olmos jugaba con la ficción y la autoficción, sin decidirse en última instancia por ninguna de ellas. A una línea plástica le sucedía una línea recta, a una verdad le sucedía una fantasía. Él había vivido en Japón durante un par de años, dando clases de español e inglés, y quiso amortizar literariamente su experiencia. Su principal problema fue cómo traducir aquel país al castellano, porque no le apetecía convertirse en el Bruce Chatwin español. Por eso introdujo a un personaje y una trama muy leve, para amortiguar lo que de otro modo habría sido un libro de viajes o, lo que es peor, un diario o un ejemplo de literatura antropológica, opciones inaceptables para alguien como él y no del todo adecuadas a su estilo narcisista. Lo esencial consistía en que Japón & el yo narrativo del libro no se acariciasen, todo lo más que se tocasen y tan solo lo necesario. No hay en ninguna de sus páginas grandes descripciones ni grandes reflexiones, pero sí está presente esa actitud desprejuiciada y mayestática que caracteriza a las columnas que le han proporcionado relevancia en la literatura española. Parafraseando a Witold Gombrowicz, lo que nos cuenta viene a ser: «lunes yo en Japón, martes yo en Japón, miércoles yo en Japón…».

Aunque Alberto Olmos es un autor del siglo XXI, su actitud a veces se parece bastante a la de los viajeros españoles que recorrieron el mundo a partir del siglo XVI. La diferencia es que aquellos jesuitas de antaño querían evangelizar y Olmos no aspiraba a otra cosa que a singularizarse ante Japón, no quería dejarse borrar y ni tan siquiera difuminarse. Con el paso del tiempo, ni unos ni otro nos sirven demasiado, a no ser para comprobar cómo después de las primeras tentativas de la cultura española por alcanzar las orillas de la cultura nipona, tardamos casi quinientos años en volver a intentarlo. Para entonces, los imperios habían dejado de existir y los países tenían cada cual su propia idiosincrasia. Y los viajeros ya no pretendían evangelizar, salvo cuando en su escritura dejaban entrever una actitud como la de Olmos, entre jocosa y paternalista. A él posiblemente lo empujó a ir a Japón la incertidumbre y la juventud, además del exotismo y una preparación académica en la que ya no faltaba cierta destreza en lenguas como el inglés y el francés. No creo que de su experiencia allí aprendiese demasiado japonés o que su inmersión en la cultura japonesa traspasase las fronteras de lo necesario. Fue Olmos y volvió Olmos.

No se me ocurriría decir lo mismo de Lola Nieto, que en La isla desnuda (La Caja Books, 2024) va más allá de los géneros tradicionales para abordar culturas distantes como la japonesa y decide escribir su libro a partir de un género muy poco cultivado en la literatura española: el ensayo poético. Su credo es que «asombrarse es una forma de amar, una entrega a ciegas sin reducir ni constreñir, acogiendo la singularidad que lo otro despliega». Un credo en tres fases: el asombro, la humildad y la confesión. Tres palabras sensibles de ser traducidas por una sola: amor. Así es al menos como entiende ella un viaje: como un acto de amor, abierta a lo inesperado, dispuesta a empequeñecerse ante las dimensiones de lo descubierto y valiente ante sus limitaciones. Con ese cóctel construye su actitud y su estilo, una actitud exploratoria desde el propio lenguaje, que investiga una y otra vez para demostrar hasta qué punto las palabras son mediadoras entre el misterio y la poesía, y un estilo sin un yo inflexible, abierto a la vulnerabilidad de lo subjetivo. Nieto no nos entrega Japón, como Olmos, nos sitúa en él. Pero no lo hace de una manera sumisa o extasiada, lo hace con una hoja de ruta donde lo bello nunca está lejos de lo siniestro, donde el Japón sensorial y el Japón instrumental se tocan, con sus contradicciones. Dos conceptos, lo bello y lo siniestro, que en Japón no están en contraposición; dos conceptos, por tanto, que no crean una estructura binaria. Si para nosotros los opuestos marcan territorios opuestos, para los japoneses quizás marquen el mismo territorio. Lola Nieto, no obstante, es consciente de que jamás podrá hablar japonés como un japonés, jamás podrá entender ni usar la lengua como si fuera japonesa. Todo lo más será capaz de convertirse en una traductora fiable al reconocer su incapacidad para traducir literalmente. En ese sentido, Lola Nieto está bastante cerca de Patricia Almárcegui, que en Cuadernos perdidos de Japón (Candaya, 2021) recuperó varios diarios que ella misma había escrito durante dos viajes a Japón, uno en 2008 y otro en 2018, y los convirtió en una nueva manera de narrar un viaje, de hacerlo exterior e interior, físico y emocional, pero también a través del lenguaje.

En Crónica japonesa (La Línea del Horizonte, 2015), Nicolas Bouvier acepta que hoy en día ya todo el mundo sabe señalar con su índice dónde está el archipiélago japonés en un mapa. Lo que ˗según él- no sabe tanta gente es cómo llegó Japón a ocupar su lugar en el mapa ni de dónde vinieron los japoneses. Un espectador occidental medio enterado de la teoría de la recepción sabe que las películas japonesas entraron en la historia del cine gracias al Festival de Venecia en 1951, al conceder su jurado a Rashomon el León de San Marcos, como se conocía entonces al León de Oro. Ya había pasado una importante etapa de la historia del cine japonés, Akira Kurosawa llevaba años haciendo películas y más todavía trabajando en las de otros, y durante mucho tiempo la posibilidad de ver y entender con una lógica cronológica aquel largo hiato iba a resultar imposible.

Nicolas Bouvier en su Crónica japonesa nos cuenta cómo Japón y los japoneses surgieron directamente del cielo. No lo afirma, tan solo lo sugiere con referencias al Kojiki (que es la crónica oficial de los hechos antiguos) y al Nihongi (que es la historia nipona según los nipones), dos recopilaciones de mitos realizadas en el siglo VIII y sobre las cuales se asienta la religión sintoísta. Al referirse a los kamis, los espíritus de quienes descienden los japoneses, los coloca a la grupa del caballo sobre el que acabaron desplazándose entre el cielo y la tierra, convirtiendo al animal en una especie de mediador. Todavía hoy pueden verse dibujos de caballos en las emas, esas tablillas de madera que la gente deja en los templos a modo de plegaria, porque su imagen tiene una elocuencia de la que carecen las palabras.

Lola Nieto, Patricia Almárcegui, Nicolas Bouvier y Amélie Nothomb, en su extraordinario libro Japón eterno (Editorial Anagrama, 2025), nos sugieren a sus lectores que nos montemos en un caballo si de verdad queremos acercarnos a la cultura japonesa. Eso no va a ayudarle a entender necesariamente, pero al menos alejará la perplejidad de los primeros viajeros occidentales, incapaces de aceptar el relato que los japoneses hacen de sí mismos, no porque justifique su aislacionismo durante siglos (creyéndose descendientes de dioses a quienes los hombres de otras latitudes solo podrían contaminar) sino porque se sostiene en el vacío de hechos absurdos e improbables. Así fue como lo entendió Engelbert Kaempfer en el siglo XVII y como lo entendieron más tarde muchos observadores racionalistas, incapaces de aceptar la pasividad o la demora antropológica, reacios a evitar el afán comparatista de nuestras culturas, siempre un paso por delante de las demás.

Patricia Martín Rivas no debería pasar de largo sin dejar una huella en nosotros, sus lectores, y en estas líneas. Tiene un libro maravilloso titulado Saudade (Ediciones Franz, 2017), en el que explora narrativamente el significado de palabras extranjeras difícilmente traducibles al castellano, muchas de ellas japonesas, y otro titulado On Kawara (Ediciones Franz, 2021), donde narra la vida del artista japonés y de su uso de palabras en sus obras de arte conceptual. Como les sucede a muchos escritores europeos actuales, Patricia Martín Rivas vive por un lado en la realidad y por otro en internet, por un lado en España y por otro en un barrio de algo mucho más amplio a lo que podríamos denominar el mundo, cuya nacionalidad comienza a ser cada vez más la de todos. Eso explica que su imaginario lo ocupe un artista japonés que fue a su vez un gran cosmopolita, que -entre otros proyectos- registró durante once años sus desplazamientos estuviera donde estuviese y los señaló en una serie de mapas que dan forma no a una cartografía personal sino a una especie de atlas, donde a estas alturas del siglo ya todos parecemos perdidos, un atlas abierto, sin fronteras ni nacionalidades.

En los últimos años los españoles nos hemos batido a nosotros mismos porque hemos visitado Japón en un número nunca antes visto. A Haruki Murakami lo premiamos con el Princesa de Asturias de la Letras en 2023, seis años después de que Kazuo Ishiguro ganase el Nobel de Literatura. Cada año hay más lectores de animé y manga, las historias gráficas que enganchan a jóvenes y adultos por igual. Nuestros conocimientos de cine japonés clásico ya no se limitan a Yasujiro Ozu, Kenji Mizoguchi y Akira Kurosawa, y hoy en día se estrenan puntualmente las películas de Hayao Miyazaki, Kiyoshi Kurosawa, Takeshi Miike, Hirozaku Kore-Edda, Yoji Yamada, Naomi Kawase o Ryûsuke Hamaguchi; además tenemos expertos en cine japonés, como Juan Manuel Corral o Miguel Herrero Herrero. Y desde 2007 existe en España una editorial enteramente volcada en la literatura japonesa y en lo que escribimos los occidentales sobre Japón: Satori.

En 1935, Edmund Husslerl pronunció una conferencia sobre la crisis del humanismo europeo. Para él, «europeo» era un adjetivo que iba más allá de Europa, algo que nació con la filosofía griega y que entendió el mundo como un interrogante que debía ser resuelto. Muchos científicos e intelectuales, de hecho, se enfrentaron con ese interrogante no por una razón práctica sino porque una pasión por el conocimiento se había adueñado de ellos. Pero, mientras las ciencias y las humanidades hacían una exploración técnica de cuanto nos rodeaba, los escritores decidieron explorar la vida misma, que había quedado en los márgenes de los intereses de todas las demás disciplinas. Ahora mismo los escritores españoles son quienes están trazando un vínculo más estrecho con la cultura japonesa. Y no me refiero a especialistas en guías y literatura de viaje, como podrían ser Xavier Moret y sus Historias de Japón (Península, 2021) o Suso Mourelo y En el barco de Ise (La Línea del Horizonte, 2017); me refiero a narradores como Azucena Fernández y su novela Si me hablas de la lluvia (Amazon, 2022), Bárbara Marui y su novela Hotaru. El secreto de las luciérnagas (Plaza & Janés, 2025), u obras de Sergio Vega, Daniel B. Gil, Francisco Narla, José Pazo y Héctor García, que vienen a poner de relieve la fascinación que ejerce sobre los occidentales la mezcla de cultura medieval y modernidad que hay en Japón, las contradicciones con las que puede vivir, que para ellos no son contradicciones sino más opuestos necesarios para que cada concepto tenga sentido.

El concepto de «lo universal» es europeo y puede decirse que aparece con Aristóteles cuando señala los rasgos comunes de todo lo distante y distinto. La tecnología, sobre todo en los últimos dos siglos, ha hecho evidente que el mundo puede uniformizarse, europeizarse si se quiere; el problema es que al hacerlo, los intereses comunes conducen al mundo entero a situaciones inéditas, como las derivadas del calentamiento global, la globalización o los movimientos migratorios incontrolables, situaciones que contribuyen a generar pesimismo, miedo y una desconfianza total hacia el futuro. Quizás lo que están haciendo los escritores españoles que confunden ahora mismo sus rasgos con los de los japoneses y que proponen con sus obras nuevas hojas de ruta hacia Japón es solo que están intentando vencer los miedos que nos golpean cuando nos encerramos en nosotros mismos, con ideas demasiado rígidas e intransigentes sobre lo que es el tiempo y el espacio, y sobre lo que nosotros, como lectores y seres humanos, somos capaces de entender, gestionar y expandir.

Cuando pienso en nuestra capacidad, la de los escritores españoles, la de los escritores europeos, la de los escritores occidentales, para describir o situarnos en Japón, pienso inevitablemente en la palabra komorebi, utilizada por muchos pintores japoneses. Describe ese momento en que, movidas por el viento, las hojas de los árboles se alborotan y en mitad de su alboroto la luz se cuela entre ellas y coquetea con las sombras. Apenas dura un instante. Ese instante es el que tenemos de margen para poder explicarnos o situarnos ante una cultura como la japonesa.