En La luz que cae (Galaxia Gutenberg), el escritor, traductor y periodista cultural, Adolfo García Ortega narra la vida del filósofo japonés Hiroshi Kindaichi.

 

Texto: David VALIENTE

 

En su última novela, La luz que cae (Galaxia Gutenberg), el escritor, traductor y periodista cultural, Adolfo García Ortega narra la vida del filósofo japonés Hiroshi Kindaichi, un “hereje” desconocido incluso en tierras niponas. Por eso, son pocas las fuentes que el autor ha podido manejar en el proceso de documentación de la novela: “Toda la información proviene de la versión francesa de su obra Tratado de sintoísmo herético y de las interpretaciones que hace mi amiga hispanista”, sin olvidarnos de la biografía escrita por Jochem Akkersdijk, un comerciante de sedas holandés, uno de los pocos navegantes que pudo conocer Japón en el siglo XVIII.

“Pero le diré más, todo el libro deja sobrevolar la duda de la existencia real de Kindaichi”, atestigua Adolfo. La figura de Kindaichi es puesta en duda debido a que la única fuente completa sobre su pensamiento, el Tratado, que se supone escribió el filósofo, fue editada por su benefactor, Akkersdijk. Sin embargo, en la novela de García Ortega este factor es intranscendente por el propio género que cultiva y porque, entre otras cosas, en gran parte de las 200 páginas que conforman el libro se confronta el universo del poeta francés Rimbaud con el universo del filósofo japonés: “El nexo con Rimbaud lo veo en su libro Iluminaciones, que fue mi lectura en mi vida en Japón. Un contraste que desencadenó muchas coincidencias culturales y personales entre ellos dos y yo mismo”.

La fascinación que al autor vallisoletano le produce contemplar el monte Fuji a través de la ventana del tren inicia esta novela, una novela con un estilo híbrido: “Es una opción deliberada, que combina la ficción con la no-ficción, algo que vengo haciendo en la mayoría de mis novelas”.  Adolfo coincide con Umberto Eco en que la novela “siempre avanza por caminos insospechados, y es un género que se adapta a los tiempos y a sus modos de narrativa”. De ahí que su estilo trasgreda las formas clásicas, basadas en el “folletín decimonónico”, y se dedique a “crear y recrear formas nuevas entre la verdad y la mentira”, para que el acto de leer no equivalga a consumir “comida basura” y exista un compromiso y un esfuerzo por parte del lector.

Una parte del libro cuenta el viaje de Adolfo por Japón y la conferencia, organizada por el Instituto Cervantes, que impartió en dicho país sobre el traductor japonés Hitoshi Igarashi, asesinado en 1991 por traducir el polémico libro de Salman Rushdie, Los versos satánicos. “Siempre digo que traducir es una gimnasia para un escritor. En mi caso, además, es un juego. La búsqueda de la equivalencia es un modo de entrar en la piel de otro escritor y abordar sus mismas dudas y problemas”, reflexiona el traductor de catalán, francés “e incluso algo del griego”, a la vez que reconoce el poco reconocimiento que recibe el traductor “al menos en España”, aun contando con grandes traductores que disponen de “la intuición propia del escritor, la cual es clave”. Pero, en su libro, la labor de traducir le sirve para teorizar sobre la revelación, asociando este estado con “las ideas luminosas de Kindaichi”.

Gracias a la responsable de la sede japonesa del Instituto Cervantes, Teresa Iniesta, que le puso en contacto con “la hispanista Sayoko Okamachi, a quien le estoy muy agradecido. Ella, en cierto modo, es una de las protagonistas del libro”, Adolfo García Ortega pudo comprender las enseñanzas del filósofo japonés “adelantado a su tiempo y a su mundo en materias como la ecología, la reflexión personal o la búsqueda del equilibrio”. En el libro no se obvia la presencia de las redes sociales como vehículo de comunicación entre dos personas y entre dos mundos.

Hiroshi Kindaichi: más filósofo, menos religioso

Las religiones del extremo Oriente caminan por la línea que separa fe y razón. No son verdades filosóficas, pero tampoco podemos considerarlas como dogmas religiosos. Lo genuino de Kindaichi es su antirreligiosidad, “no cree en los dioses como seres superiores, externos, mágicos”. Su relación con las religiones se limita a tomar los conceptos “usurpados por la religión” para devolverlos a los humanos y a partir de ellos reconstruir el lenguaje con la naturaleza, destacando “la vivencia armónica, ya física o intelectual, de uno mismo con el entorno y con su historia”. Los kami son el mejor ejemplo de su antirreligiosidad, ya que, a diferencia del sintoísmo ortodoxo, para el filósofo japonés no son dioses, sino que su valor reside en “la relación personal e intransferible de cada uno mismo con eso que se llama kami y que son figuras que nos causan asombro, nos regocijan, nos hacen reencontrarnos con nosotros mismos y a las que damos una autoridad porque nos asombran”.

Por encima de todo Kindaichi se pierde en preguntas y divagaciones críticas sobre la realidad y cuestiona al sintoísmo ortodoxo y al budismo confucionista por ser “enormemente restrictivo, coercitivo y normativo”. Amaba la libertad, aunque entendida de manera distinta a como actualmente la entiende una parte de la sociedad española: “Kindaichi, como a su manera Rimbaud, es un ser de extrema libertad. Aunque nada que ver con esa idea de libertad que sale por la boca de una conocida presidenta de la Comunidad de Madrid tan carente de luces como de ética”.

Kindaichi respondió con repulsa a las concepciones nacionalistas y raciales de su maestro con una postura que redistribuye “los roles y con una autoestima feliz”, semejante a la manera que en la actualidad tienen de confrontar las desigualdades Greta Thunberg o el feminismo. “Creo, no obstante, que si las ideas de Kindaichi pasaran a la política, todo sería muy diferente, positivamente hablando”, aclara Adolfo y añade que era un personaje muy adelantado a su época, necesario en un Japón sumido en un proceso de renacimiento “de sus ideas aún a nivel muy minoritario”.

Si por algo se caracteriza ‘el país del sol naciente’ es por cargar con la pesada mochila de la culpa, sobre todo desde los años del imperialismo japonés, cuando ocurrieron actos deplorables como el traslado forzoso de coreanos a las islas para usarlos como mano de obra esclava o la masacre de Nankín. Los japoneses responden a los actos de sus antepasados, cargan con una culpa que no les pertenece y eso que “precisamente el sintoísmo herético de Kindaichi ni conoce, ni reacciona ni prioriza la culpa en ningún momento”. Tampoco lo hace ante el suicidio, una verdadera lacra que los japoneses han padecido y que continúa haciendo estragos en la sociedad: “El suicidio, sin entrar en excepciones, tiene que ver con el orgullo, con la autodestrucción, que es un modo infeliz de estar en la vida. Kindaichi no lo contempla, al menos en sus textos”, asegura Adolfo.

Y esto se debe, sin duda, a su manera de relacionarse con la muerte, también bajo el foco de la física y la naturaleza de los cuerpos. En este aspecto también “las religiones, todas, nos usurpan el sentido de la muerte, la naturalización de la muerte y la gestión de la muerte”; para el filósofo japonés “la muerte es el final, el acabamiento, y el final es parte de la vida misma”. Por eso, el ser humano debe aprender de una vez por todas “a morir, a gestionar la muerte”.

¿A ver quién se atreve a salir del país más hermético del mundo en el siglo XVIII? Hiroshi Kindaichi lo hizo disfrazado de comerciante extranjero y gracias a la ayuda de Jochem Akkersdijk. Arribó a una Europa convulsa y en transformación por los procesos revolucionarios originados en Francia y que continuarán a lo largo del siglo para conformar el mundo presente. A diferencia de muchos grandes viajeros y escritores, para Kindaichi su estancia en Europa no repercutió en su pensamiento, más bien reafirmó su modo de entender el mundo: “Parece ser que es en Europa, en el contraste con una cultura que está llena de ruido -salvo cuando va a Londres y escucha a Mozart-, donde escribió su Tratado. Viene aquí a cuento la cita de Spinoza que abre el libro, que viene a decir que quien tiene una idea verdadera, sabe que esa idea es verdadera en todo momento y lugar. Eso fue lo que sintió Kindaichi en Europa, aunque vuelvo a decir que lo sabemos todo por el holandés Akkersdijk”, aclara Adolfo García Ortega.

En definitiva, La luz que cae es un libro innovador que según me cuenta su autor ha recibido una gran acogida del público: “algunos dicen que es un libro transformador”, pero que, sobre todo, ha ayudado al mismo Adolfo “a comprender mucho mejor mi propio mundo”.