La editorial Candaya publica el último poemario de la poeta venezolana.

 

 

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Siempre me ha intrigado el tema del exilio, pues mi meta parece ser que es salir de aquí. Partir siempre. Regresar siempre. Llegar siempre. Siempre buscando tierra que caliente otro sol, si la hay o lo hay. Y me encuentro con este sorprendente poemario Ítaca es nunca (Candaya), de la poeta venezolana Cristina Falcón Maldonado (Trujillo, 1963). Cabe apuntar que la autora de 1988 a 1992 vivió en Bolonia y posteriormente en Granada (1992), en Ibiza (1996) y en Cuenca (desde 2003). Conoce bien el exilio esta poeta: tanto el interior como el exterior. <<Exilio, pues, como multiplicado ejercicio del espíritu, reactuación de éxodo, entrada en el absoluto territorio del ser errante, aproximación radical a un estado de desnudez o transparencia, en el que las palabras, dice Moisés Cordovero en el Sefer Guiruchim, “se pronuncian a sí mismas”>>, dice José Ángel Valente.

El libro está dividido en cuatro capítulos: Pero país, Pero casa, Pero madre, …Y somos ahora. Abre el poemario una cita de Tomas Tranströmer y le siguen en los distintos apartados citas de Giorgos Seferis, José Emilio Pacheco, José Ángel Valente, Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva, Efraín Huerta y Eugenio Montejo. ¡Ahí son nada los y las poetas y lecturas que jalonan su discurrir poético! Versos que dan paso a una poesía fresca, atrevida, que está al borde del abismo: “Te habito/ como lo haces tú// llenándome de abismo”.

Versos que son cual latigazos cerebrales, pero que no dejan de ser verdaderos regalos para el cerebro: “Esta casa que nos mira/ ha perdido el habla”. Que me recuerda al citado Valente y a Edmond Jabès. Aunque bien es cierto, que la poeta reinterpreta a Constantino Cavafis: “Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó”. Y esta versión de 91 cantos me parece digna de elogio. ¡Qué grande, qué poderío de imágenes, esta poesía de Cristina Falcón!: “Yo/ que no me atrevo/ a deshabitarme”. Versos evocadores, sugerentes, con ritmo. Levantados sobre los cimientos de la memoria, la mirada y el lenguaje: “Amanezco desde entonces/ antes que el día/ siempre antes que el día// buscando un cuerpo en el que nunca estuve”.

Así pues, regresar es como recordar: es volver a mirar ese paisaje y su paisanaje y descubrir lo que la apariencia oculta: “Quisiste/ la vida// enhebrar/ horas/ viajes/ desdoblar el mundo.// Nos hicimos/ la vida// ignorando que éramos/ pasto/ de la extrañeza”.

El prólogo del libro firmado por Miriam Reyes lo explica todavía mejor: “Pero la poesía no es un relato, la poesía va más allá o más acá de cualquier relato posible. Más adentro, más cerca y más lejos, más profundo, todavía más profundo que donde se alimentan las raíces. Desde la poesía (…) Cristina Falcón Maldonado logra lo imposible: escribir lo que no se puede escribir ni callar”.

La poesía de Cristina Falcón es sutilmente invasiva e irónica: “Ella se ausenta/ apoya el pesar/ en su mano sin tiempo”. Esta poesía no es ocio: “Decías/ No escampes./ Es mejor morir de aguacero”. La poesía exige: “Voy por las ciudades/ desnuda de nombres”. Y esta poesía es lo que queda tras el incendio, entre las ruinas, aquello que aparece cuando se ha derrumbado lo que es apariencia exterior e interior y ornato vacío: “buscando llegar/ gimiendo hacia adentro”. La poesía de Cristina es hoy es más necesaria que ayer: en aras del pensamiento y proyección de futuro: “cabe todo en el centro/ del duelo incesante// la claridad”.

Creo recordar que esta poeta me ganó como lector suyo con su poemario Borrar el paisaje (Candaya, 2014). Lean este Ítaca es nunca, no les defraudará y les descubrirá otra forma de mirar, personas lectoras: “La vida era más que lo que nos dijeron”.

 

XC

Esconderse habitar

todo nada basta.

 

No hay respuestas heredadas.

 

Has bebido hasta la última

gota de lo aciago.

 

No queda nada a salvo

menos la sed

que desata el viento.

 

Abre

dedos aldabas postigos paisajes.

 

Que cada cual

leve o enhebre.