«Hijo del surco soy, aunque emigrado”, de Isidora Rivas Turrado

Joaquín Galán Díez Villaviudas (Palencia, 1944 – Banyoles, 2026). Toda una vida formándose entre Filosofía, Teología y Crítica Literaria. Si bien escribe narrativa, el hilo conductor de su creación siempre fue la poesía. En 1960 gana el Premio Adonais de Poesía con su obra Hijos de la guerra. Destacan asimismo sus estudios sobre Blas de Otero, materializados en Blas de Otero, palabras para un pueblo (1978), tan bien acogido por la crítica de entonces y reeditado por Planeta en 1995 como El silencio imposible.  Otras obras poéticas que conforman su creación son Vocación de mar (1966), Los ojos de la piedra (1977), El aire original (1983), La perdición de Ulises (2004), Teseo en el laberinto (2009), Los puentes de Wheat City (2014), entre otras.

En el capítulo “Vámonos al campo, hijos” de El Libro de Villaviudas, p.197, Ayto de Villaviudas, 2014 recopila historias humanas, costumbres y entresijos vividos entre pájaros, lagartijas, flora del entorno o cabañas construidas con piedra seca, en una infancia amplia y repleta de existencias rurales, rememoradas desde la nostalgia y la intrahistoria, porque, como él mismo dice “…en sus páginas prevalece la sustancia de lo humano sobre el mero dato”. Y es que, a través de Tobín, el Joaquín niño, reitera el retorno al origen que Galán siempre ha proclamado. En este capítulo describe, poética y enternecedoramente, esa infancia recordada con la paternal pretensión de prolongarla a través de sus hijos en un intento de involucrarlos en algo tan preciado para él como es el entorno rural. Imposible separar al humano del poeta, ecologista por convicción, íntegro como humano, perfeccionista como escritor. Quien era Joaquín Galán bien lo sintetiza él mismo en la frase “Hijo del surco soy, aunque emigrado”. Podemos decir que Tobín ya descansa entre juncos de magia y juegos de infancia de su Villaviudas natal.  Isidora Rivas Turrado 

 

“Hijo del surco soy, aunque emigrado”

(A Joaquín Galán, in memoriam)

Isidora Rivas Turrado

 

 

La tierra del profundo surco arado

en tiernos masajes voltea lo vivido,

y los ecos de poéticos arrullos

acarician tus venas con guijarros

y reparten tu vida con tus gentes

y comparten tu esencia con extraños.

 

Mientras el arte que creaste permanece,

“hijo del surco, aunque emigrado”,

ya no debes preocuparte

pues cada poro de tu piel sensible

roza por siempre las certezas

y tu espíritu poético y errante

dejas reposado a las abejas

y pajarearán cerca de las rejas

y de las cabañas de piedra seca

y vagarán por tu anclado lecho

grillos, lagartijas, volanderas

y hospedarán tus venas

y ceñirán tu pelo

y abrigarán tu cuerpo

en un altar

digno de poema.