El escritor Pablo Gutiérrez se inspira en la figura de Cyrano y reivindica la capacidad del teatro para encauzar los miedos e inseguridades de los más jóvenes.

 

Texto: Daniela GIRALDO BARONA

 

Pablo Gutiérrez debuta en la literatura juvenil con la publicación de Memoria de la chica azul  y El síndrome de Bergerac. Una comedia heroica, reconocido con el Premio Edebé de Literatura Juvenil 2021. El libro, basado en la adaptación teatral que el propio autor realizó junto a sus alumnos de secundaria, es un homenaje a la dramaturgia que se inspira en una figura universal de la literatura: Cyrano de Bergerac. El novelista establece un vínculo entre la mitificación del escritor francés y los problemas de la adolescencia actual: el complejo físico, el desamor o la incomprensión.

Velia es una adolescente un tanto atormentada por sus inseguridades y por la incertidumbre de elegir un bachillerato que condicionará su futuro. La protagonista de El síndrome de Bergerac. Una comedia heroica decide cursar Literatura Universal, una materia impartida por Guadalupe. Las clases con Lupe son un espacio en el que celebrar a los clásicos literarios y reivindicar la producción de escritores contemporáneos. La docente y sus alumnos adaptan Cyrano de Bergerac, la obra de Edmond Rostand, para representarla en su instituto. Durante el montaje teatral tendrán que afrontar alguna que otra dificultad porque, como diría Guadalupe, «el teatro es una sucesión de obstáculos que conduce irremediablemente al desastre, pero que siempre acaba bien».

La novela recupera la historia de Cyrano. ¿Cómo logra este personaje del siglo XVII conectar con los adolescentes de hoy?

Cyrano era un personaje muy interesante. Existió en el siglo XVII, se llamaba Hercule-Savinien y era un escritor francés polémico y polemista de la época. Fue recreado por Edmond Rostand en el siglo XIX y la imagen que tenemos hoy de Cyrano, con su famosa nariz y cierta mitificación, nos viene más bien de la obra de teatro de Rostand que logró convertirlo en una figura universal de la literatura y que a muchos nos ha llegado también a través de la película. Se hizo un célebre montaje teatral por parte de la compañía de Flotats, en la que el propio Flotats hacía de Cyrano, que quedó en la memoria de todos los que hemos visto la obra. Y, en principio, eso parece que está muy alejado de los jóvenes, de los adolescentes y más del siglo XXI. Sin embargo, si analizas el personaje te das cuenta enseguida de que, precisamente, al ser universal, tiene muchos rasgos de personalidad que son intercambiables con independencia del tiempo y su vínculo con la adolescencia es clarísimo. Cyrano es un personaje con un gran complejo que le impide ser franco y honesto en el amor porque piensa que va a ser rechazado. Ese complejo de inferioridad por su aspecto lo suple con todo lo contrario, con el arrebato, con la bravuconada, con el complejo de superioridad que suele equilibrar una cosa con la otra. Creo que ese tipo de situaciones son muy de la adolescencia, donde no solamente en la época de las pantallas, sino antes, la imagen personal es muy importante porque empieza a configurarse y, en la que muchas veces, suplimos nuestros miedos con arrebatos de agresividad, de efusividad o de intentar llevarse a alguien por delante porque por dentro estás un poco resquebrajado.

No es la primera vez que escribe sobre teatro. En 2001 quedó finalista del Premio Romero Esteo. ¿Cómo es su relación con la dramaturgia?

Mi primera relación más intensa con la literatura es a partir del teatro. Lo que quería ser con veinte años era dramaturgo. En aquella época era un apasionado del teatro, intentaba ver todas las obras que estaban a mi alrededor y a mi alcance y, de hecho, me fui a Londres a estudiar teatro con una beca. Para mí, antes de haber escrito novela, todo era dramaturgia.  Conseguí quedar finalista del Premio Romero Esteo e incluso empecé a hacer un doctorado en dramaturgia. El problema es que no tenía mucha vinculación ni con compañías, ni con actores, ni con actrices, ni con el mundo real. Para mí todo quedaba en el ordenador. Cuando ya fui madurando y fui queriendo hacer más cosas en la literatura, me di cuenta de que había que estar muy cerca de ese mundo, que para mí era ajeno, y empecé a escribir novelas. Las novelas son un género autosuficiente, que dependen de ti mismo y no tienes que movilizar una compañía para ponerlas en práctica, eso ofrece mucha libertad también a la hora de escribir. Eso sí, creo (y algunos críticos lo han señalado) que hay ciertos tratamientos teatrales de los conflictos de mis personajes en mis novelas.

Es autor de novelas como Nada es crucial (Lengua de Trapo) y Cabezas cortadas (Seix Barral).¿Le ha sido complejo transitar de una novela adulta a un público juvenil?

Ha sido igual de complejo que de una novela a otra. He descubierto que escribir una novela juvenil cuesta el mismo esfuerzo, el mismo tiempo de dedicación, el mismo número de palabras y, por tanto, es exactamente igual de difícil o de meritorio que escribir una novela para otro tipo de público. Es el mismo esfuerzo que una novela de otro tipo. Cambia una perspectiva clara que es el receptor al que está destinado el texto. En ese sentido, para mí ha sido el tránsito sencillo porque soy profesor de enseñanza secundaria y, además, muy observador (ríe). Digamos que el público natural de mis novelas lo tengo enfrente a diario de lunes a viernes. Ese puente también ha sido natural porque muchas de mis novelas anteriores están, si no centradas, desde luego sí afrontan el momento vital de la adolescencia, el fin de la niñez o el comienzo de la juventud.

¿Qué supone para usted ganar el Premio Edebé?

Como todo premio, reconocimiento, supone un dedo que señala. Eso siempre está bien porque la cantidad de libros que se publican en nuestro país (y en cualquier otro) a la semana es abrumadora. Vivimos en una sanísima diversidad literaria en la que hay de todo y de todos los gustos. Libros buenísimos que salen todos los años y eso está genial y, al mismo tiempo, abruma mucho, porque es muy difícil para un escritor hacerse un mínimo huequecito en la mesa de novedades de una librería, que sabemos que funciona como una trituradora que va quitando unos libros para poner otros.

La construcción de la identidad es transversal en la novela. ¿Qué opina sobre exigir a una persona de dieciséis años que elija su futuro, que decida quién quiere ser?

Bueno, también se toman decisiones antes incluso. En el arranque de la novela una chica tiene que tomar una decisión entre la opción de un bachillerato u otro. Al final condiciona mucho la vida si vas a hacer un bachillerato de humanidades o de ciencias sociales o de la salud. Aunque parezca que son decisiones simplemente administrativas, al final te conducen a cuál será tu trabajo en tu futuro, incluso qué tipo de relaciones amistosas vas a tener. Son decisiones, no digo dramáticas, pero sí importantes. En un momento en el que además se carece de muchísima información y de proyecto de vida. Es un momento de cambio, de inflexión, que siempre es interesante para los escritores observar. Al mismo tiempo, me parece que esa división entre las ciencias y las letras es muy artificiosa y cada vez tiene menos sentido.

Usted imparte Lengua y Literatura en secundaria. ¿Observa que las letras son una opción menos válida para los padres o los alumnos respecto a su futuro profesional?

Sin duda. Las carreras que son más deseadas por parte de la familia y de los alumnos excelentes son aquellas que se destinan o, bien hacia el área sanitaria, o bien hacia las ingenierías y las tecnologías. Eso tiene mucho que ver con el mercado laboral, con los sueldos que seguramente ganarán y con lo deseable que son un tipo de trabajadores u otros. El problema es que esa concepción, que es muy natural, excluye una visión de la educación que no es necesariamente utilitaria. Si nos apoyamos solamente en este camino estamos creando trabajadores con muchas competencias y muy exquisitos para unos trabajos que el sistema capitalista les tiene preparados, pero un ser humano no se forma solamente en eso, no es solo una herramienta perfecta para una maquinaria, que es como parece que nos están conduciendo, sino que está formado por muchos otros valores. En general, el estigma viene a decir que si el alumno no es demasiado brillante hará letras o humanidades, como mucho ciencias sociales, y si el alumno es brillante, no puede malgastar su talento estudiando Griego o Historia del Arte, que son conocimientos que pueden ser muy ricos para una conversación de sobremesa pero que no le van a llevar a conseguir un buen trabajo. Todo esto si, además, lo unimos al hecho de que uno de los dramas de nuestro país es que tenemos el índice de desempleo juvenil más alto de Europa, hace que precisamente la angustia familiar de que tu hijo estudie una carrera que tenga muchas salidas y que sea exquisita presione a esos buenos estudiantes para que se dirijan a esa rama.

La obra de teatro sirve para que los personajes vislumbren su futuro profesional. ¿Enriquece impartir una educación fuera del aula?

Totalmente. Lo que cuenta la novela es precisamente que los chicos y las chicas se encuentran en el teatro, donde se desprenden un poquito del currículum y empiezan a desarrollar otras actividades que muchas veces no se tienen tan en cuenta dentro de las aulas: desde el trabajo cooperativo esencial hasta la capacidad de superar tus propios límites, tu timidez, tu dificultad a la hora de controlar tu voz y tu cuerpo. Son cosas con las que el teatro nos ayuda. Hablando con los alumnos que participaron de esa experiencia me dicen que, después, les ha ayudado para hablar en público, exponer sus trabajos en la universidad o simplemente tener más seguridad en uno mismo. Una vez que uno se sube a un escenario y es capaz de resolverlo, luego, es capaz de afrontar cosas más difíciles.

Velia reconoce preferir a Rowling antes que a Eurípides. ¿Cómo estudiar a los clásicos sin abandonar a los escritores actuales?

Haciendo las dos al mismo tiempo. Una de las cosas que veo, a veces, entre algunos compañeros es la demonización de la literatura juvenil, considerándola como inferior o en la que no se deberían gastar nuestras horas de Lengua. En mis clases, intento hacer lo contrario. Intento, por una parte, reivindicar los clásicos, generalmente con ediciones adaptadas porque por suerte tenemos un sector editorial muy potente que las tiene, pero al mismo tiempo darles espacio a los libros juveniles que los alumnos demandan y desean, porque entre nuestros estudiantes hay muchísimos lectores tanto de Rowling como de otras sagas literarias. Creo que las dos cosas son compatibles y que, por supuesto, hay que estudiar los clásicos porque es necesario tener esas referencias, que darán vida a otras referencias en un futuro, y esa es la cadena de significados que se crea a partir del aprendizaje, pero la lectura placentera de los libros juveniles tiene que tener su propio tiempo en el aula y en casa.

El guardián entre el centeno y la saga Harry Potter. ¿Qué tienen en común con su obra?

Para mí muchísimo (ríe). Son dos libros que en realidad están hablando de lo mismo: del descubrimiento y de la adolescencia. Holden Caulfield enfrentado a sí mismo o Hermione Granger enfrentada a la búsqueda del conocimiento, de la luz, o Harry Potter enfrentado a su pasado… Creo que hay muchas proximidades. La saga de Harry Potter está muy bien construida, Rowling sabe muy bien lo que está haciendo: está abordando la evolución de los personajes mucho más allá del mundo de la magia y del merchandising que lo rodea. Y en Holden tenemos lo mismo, lo que pasa es que El guardián entre el centeno es una obra mágica y deliciosa porque todo ocurre en un fin de semana. Creo que el tema es común y tiene que ver con lo que se llamaba en la literatura clásica: la novela de formación y de búsqueda de la identidad.

¿Qué opina sobre los programas de lectura obligatoria?

Que la lectura sea obligatoria y que, por ejemplo, aquí en Andalucía se reserve una hora a la semana solamente a la lectura me parece fabuloso. Igual que me parece muy bien que el cálculo matemático sea obligatorio, o que el estudio de la geografía sea obligatorio. Muchas veces se vincula la lectura con el gusto y se dice que no deberíamos obligar a los niños a leer si no les gusta, o que solamente lean cosas que les guste. Yo creo que el gusto aquí tiene muy poca importancia porque nadie se plantearía decirle a un niño que no se estudie la tabla del siete porque no le gusta, o que no se estudie los ríos de España porque eso no le gusta. Aquí se ponen en marcha dos realidades diferentes, una es la compresión lectora y otra es la literatura. La comprensión lectora es una serie de habilidades cognitivas que tienen que ver con la capacidad de entender un texto. La literatura es otra cosa. La literatura exige la compresión lectora pero también exige el entusiasmo del lector y el entusiasmo se trabaja a través de otras herramientas diferentes. Entonces la lectura obligatoria, por supuesto, tiene que ser obligatoria, igual que el cálculo matemático; pero al mismo tiempo tiene que haber, creo yo, un espacio para utilizar la literatura como un buceamiento personal y una búsqueda de tus propios intereses y tus afinidades.

¿Por qué decide otorgar a personajes con una edad temprana la capacidad de denotar una conciencia de clase social? ¿Cree que ocurre así fuera de la ficción?

Creo que en el despertar de la adolescencia es cuando nos damos cuenta de que hay gente que tiene más y hay gente que tiene menos. En ese momento del despertar de la adolescencia es cuando empezamos a configurar nuestro pensamiento político, nuestra idea religiosa del mundo (si la tenemos o no) y generar nuestra identidad. Entonces, es muy habitual que el pellizco de la filosofía, la política y la religión, que son tres maneras de intentar entender el mundo, surjan en esa edad, en el tránsito de los quince a los dieciséis años, que es un momento de abrir los ojos a una vida más seria o, en cualquier caso, más consciente. Creo que es muy natural y que muchos lo hemos vivido en esa época. Ese momento en el que sencillamente se nos despierta el pensamiento crítico acerca de, si utilizamos el término marxista, el sistema de producción en el que estamos inmersos, del sistema de ideas y del contexto que nos rodea. Me parece un momento muy natural de la vida, es un momento de reflexión política y filosófica.

¿Discuten sus alumnos sobre cuestiones de desigualdad de género como los adolescentes de la novela?

Sí, claro que sí. El asunto de la desigualdad y de la diversidad sexual, especialmente en los últimos años, es uno de los temas frecuentes entre los bachilleres. Pero también te puedo decir que discuten con muchos capítulos ya superados, con muchas pantallas ya sobrepasadas con respecto a unos años anteriores. En las aulas se percibe cómo ha ido avanzando una idea de igualdad entre los géneros, pero no solamente de igualdad entre los géneros que ya es incuestionable (aunque hay parcelas horrorosas donde no encontramos esa igualdad), también de diversidad sexual, que se acepta con una naturalidad sorprendente, desde el punto de vista de los adultos quiero decir. Creo que muchos adultos fliparían si asistieran a conversaciones entre nuestros adolescentes cuando hablan acerca de la diversidad sexual. Y hablo de diversidad, no solamente hablo de homosexualidad, sino de las distintas maneras de afrontar las relaciones sexuales y las identidades sexuales.

¿Qué implica incorporar un personaje como Rosalina en la adaptación de un clásico literario?

Esta novela está basada en una experiencia real. Aunque los personajes son ficticios y la peripecia también lo es, efectivamente hubo un grupo de alumnos que montó conmigo la obra Cyrano de Bergerac antes de la pandemia y, efectivamente, en ese montaje que hicimos nosotros, en esa adaptación, nos dimos cuenta de que los personajes femeninos eran escasos y pasivos y eso nos enfadaba mucho. Como toda compañía de teatro lo primero que hacíamos era adaptar el texto y entonces afrontamos ese asunto: «¿Qué hacemos con los personajes femeninos que eran bonitos y nos gustaban (Roxana la nodriza) pero que se nos quedaban escasos y que además eran muy pasivos?». Por una parte, le dimos un par de vueltas al personaje de Roxana para hacerlo más contundente y, por otra parte, inventamos un personaje nuevo que era Rosalina, que es una dama mosquetera que está de guardaespaldas de Roxana y que tiene un par de momentos brillantes dentro de la obra en los que reivindica la posibilidad de que también, anacrónicamente en esa época, una mujer sea capaz de empuñar la espada y defenderse por sí misma.

¿Es la cultura un refugio para sanar nuestros defectos?

Sí, creo que sí. Una cosa que yo a veces cuento en charlas de animación a la lectura es que, si la vida te va muy bien y eres muy guapo y eres instagrammer y youtuber y todo el mundo te quiere, probablemente no vas a leer un libro en tu vida, porque los libros vienen a resolver el resto de problemas. Y los lectores lo somos porque hay cosas que no funcionan muy bien, porque nos faltan cosas y las queremos intentar resolver a través de esos simulacros que son las novelas, o las películas o las series, donde se están construyendo otras vidas, a veces alternativas, para evadirnos y vivir a través de ellas y, otras veces, para intentar encontrar respuesta a nuestros propios problemas. Hay series y películas que nos permiten escapar, tipo Juego de Tronos, y otras que nos permiten más analizarnos a nosotros mismos, tipo Euphoria. Creo que la cultura, los libros, el teatro, el cine, las series, son un refugio donde, los que no somos absolutamente felices, tenemos que encontrar ese otro camino. Si todo estuviera bien y no hubiera ningún conflicto y todo estuviera resuelto, seríamos personas de éxito que no necesitaríamos leer.