El padre, el hijo y el espía legendario
John le Carré conoció los servicios secretos desde dentro. Cuando se sentó a escribir creó a George Smiley, un espía opuesto al glamour de James Bond, moralmente complejo y con una gran clarividencia para comprender la condición humana. Ahora su hijo Nick Harkaway, ha devuelto a Smiley a la acción en “La decisión de Karla” (Planeta).

Alec Guinnes en el papel de Smiley.
Texto: Pere Sureda
En primer lugar hay que señalar que, antes de escribir una novela del mundo de John le Carré, su hijo Nick Harkaway ya era un escritor de novelas de éxito, fundamentalmente de ciencia-ficción (la última, Titanium Noir), aunque nunca han sido traducidas al castellano. En el epílogo de la última novela publicada de John le Carré Proyecto Silverview, Nick Harkaway hace constar que se ha prometido terminar cualquier obra de ficción que su padre dejara incompleta en el momento de su muerte. Debió pensar que podría haber bastante trabajo que hacer, pero luego leyó Proyecto Silverview y descubrió que el libro no estaba incompleto. Aunque tal vez quedaban cosas por explicar y preguntas por contestar. Harkaway responde y se responde con La Decisión de Karla, escrita por él con una seguridad aplastante.
Bajo el prisma de Harkaway, regresa a escena el opaco pero eficiente agente de la inteligencia británica George Smiley, un personaje creado por alguien (como fue su padre) que era un espía verdadero del Servicio de Inteligencia Británico (MI5 y MI6) y para poder publicar sus libros optó por un pseudónimo: John le Carré. Si John le Carré, ya crepuscular, cerró las puertas a Smiley con la excelente El legado de los espías (2017), como contrapunto y de alguna forma reescribiéndose a sí mismo, Harkaway se centra más en investigar los inicios de esa década perdida, quizás los años más oscuros de la Guerra Fría, que transcurre entre El espía que vino del frío, la novela mítica de 1963 y El topo (1974). Flotan ahí la sombra de Alec Leamas y la traición de Bill Haydon.
La decisión de Karla, aunque está ambientada cincuenta años atrás, es un espejo de la actualidad. Nos muestra la determinación de Estados Unidos de controlar Oriente Medio a toda costa: su costumbre de lanzar una nueva guerra cada vez que la necesita para “lavar” los efectos de la última que lanzó. Observamos a la OTAN como una reliquia sobrante de la Guerra Fría haciendo más daño que bien. Y una Gran Bretaña pobre, sin dientes, con líderes que todavía sueñan con la grandeza porque no saben con qué más soñar.
George Smiley regresa de la jubilación y se pasea por los pasillos del Circus (como ellos mismos llaman a la sede de los servicios secretos) meditando sobre su lugar en esa estructura tan jerárquica del espionaje británico como exespía consultor en lugar de un miembro a tiempo completo del M16.
En uno de los momentos cruciales de la novela, Smiley le dice a su jefe sobre ese elemento de varias caras que ha perturbado todo el sistema llamado Róka, que no solo necesitan saber lo que quiere, sino lo que sabe, porque seguro que sabe mucho de lo que hay al otro lado, y no les importaría salvar su vida a cambio de ello. No tienen ni idea de dónde está, así que Smiley y algunos colegas vuelan a Berlín y Viena para ver qué pueden encontrar.
La Decisión de Karla está repleta de la memoria de ese mundo, y a menudo se percibe como si el proyecto central de Smiley fuera intentar evitar otra catástrofe parecida a la del difunto Leamas, miembro del MI6 de absoluta confianza traicionado por un agente doble. Bill Haydon, el traidor, que con su encanto natural y sus sólidas conexiones sociales, guardaba un gran parecido con el agente doble de la vida real Kim Philby, cuya deserción a la URSS en 1963 y la consiguiente puesta en entredicho de agentes británicos fue un factor determinante en el fin de la carrera de Le Carré en el M16 en 1964. Philby, junto con Guy Burgess, Donald Maclean, Anthony Blunt y John Cairncross, formó parte de un grupo de espías soviéticos en Gran Bretaña que posteriormente se conocería como “Los Cinco de Cambridge”. Si bien en un borrador anterior de la novela se decía que había mayores similitudes con Anthony Blunt, el personaje estrechamente alineado con Philby.
Con el fantasma de Alec Leamas sobre su hombro, Smiley quiere demostrar que los brutales pasajes de su vida reciente eran un grave error y no su verdadera intención. Me pregunto si Harkaway quiere retratarle tan desesperado y desengañado. Me pregunto de nuevo qué pretende el autor cuando dice que “Smiley cree en Occidente”, y en otro párrafo anuncia que «Smiley no creía en la ideología sino, contra toda evidencia, en los seres humanos.”
La música cuya partitura escribió le Carré y que resuena en esta novela viene a decir que Smiley está soñando con un mundo enfrentado, la Guerra Fría, entre dos visiones absolutamente opuestas, pero que a pesar de ello se luchó respetando las reglas. Con una cierta honorabilidad. La novela nos permite leer ahora, cuando estos dos mundos se han disuelto, sobre cómo solíamos sentirnos entonces. Uno de los movimientos más sutiles de Harkaway es insistir en símiles de desenfoque: como si una niebla estuviera centrándose en la casa que rodeaba; cuando la niebla misma del espionaje ya cubría el campo entero.
Le Carré escribió en 2013 en la edición conmemorativa del 50ª aniversario de la publicación de “El espía que surgió del frio” -la novela de 1963 que tal vez sea su obra mas icónica- que era el trabajo de una imaginación descarriada traída al límite de su cordura por su disgusto político y su confusión personal. Las dudas. Esa similitud con el mundo de otro gran maestro, Graham Greene.
La novela de Harkaway recuerda que los actores, tanto de Oriente como de Occidente, de la Segunda Guerra Mundial perpetraron un ejercicio de pura distracción. La ideología era secundaria, primaban otros intereses. Los mismos de hoy. Quiero resaltar que esta novela no es menor en comparación a las novelas de espías -no todas lo eran exactamente- que escribió y publicó John le Carré. No hay mejor “alumno” que el que “supera” al maestro. No estoy seguro de que Harkaway lo haga, pero anda muy cerca. Esta novela me ha deparado instantes que recordaré entremezclados con otros momentos de le Carré. Creo que con el tiempo los llegaré a situar en el mismo mundo, porque en realidad Harkaway hace lo más difícil, me confunde y a la vez deseo que me siga confundiendo en ese universo donde los “colegiales” (esos espías de la vieja escuela) son honorables.
Le Carré nos regala en un juego de espejos pero a través de la poderosa prosa una trama imaginativa de su hijo novelista, una nueva incursión a un mundo donde soñamos que los espías son más humanos. ¿lo eran?
Recomiendo la lectura de esta novela del más puro estilo de las novelas de espías, traducida con elegancia y eficacia por nuestro compañero de Librújula Milo J. Krmpotic.
Espero que Nick Harkaway se atreva con más novelas de George Smiley, el mejor calderero, sastre, soldado y espía de la historia de la literatura de ¿género? Ustedes decidirán.








