El mundo del espionaje y de los agentes de inteligencia se ha tratado con devoción por la literatura. Pero ¿responde a la realidad esa visión algo glamurosa o turbia del oficio? He aquí varios títulos que rescatan a personajes singulares, con la autoridad de buenas investigaciones.

 

Texto: Francisco Luis DEL PINO OLMEDO

 

Una de las mayores aportaciones al conocimiento del tema lo hace la biógrafa y periodista estadounidense Sonia Purnell en su excelente libro Una mujer sin importancia (Crítica/2020), rescatando la figura de una mujer extraordinariamente dotada para un trabajo que requería, no solo nervios de acero y valor a chorros, sino también una discreción absoluta.

Es la historia de Virginia Hall, una joven de Baltimore que, tras muchas peripecias, trabajó con enorme eficacia para el Servicio de Operaciones Especiales (SOE) británico primero; después para la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) norteamericana, y acabó después de la Segunda Guerra Mundial en la recién creada CIA durante la llamada “Guerra Fría”.

El talento y esfuerzo de Virginia Hall, quien ya demostró su entereza y compromiso conduciendo una ambulancia militar francesa en 1940, ayudó a ganar la guerra a los nazis porque sus informes fueron cruciales en momentos decisivos de la contienda. Fue la primera mujer aliada enviada tras las líneas enemigas, donde creó y fue responsable de numerosos grupos de la Resistencia francesa; organizó fugas de prisioneros y comandó un grupo de combatientes irregulares. Su actuación revolucionó la guerra secreta tal como se conocía. Si, además, reparamos en que Virginia Hall tenía una pierna de madera —perdió la suya en un accidente de caza en Turquía hasta por encima de la rodilla—, y que pese a ello logró atravesar andando los Pirineos en invierno, huyendo de la Gestapo, quien la consideraba la espía más peligrosa de todos los agentes aliados, da una idea de su voluntad inquebrantable por seguir adelante.

La autora de esta brillante biografía, resultado de más de tres años de investigación rigurosa, detalla igualmente todas las injusticias que sufrió en los distintos empleos que tuvo por ser mujer y mejor agente que la mayoría de hombres de los servicios secretos. Tal vez lo que impresiona más es su sentido de la responsabilidad y su desprecio por las recompensas. A pesar de ser condecorada por Estados Unidos, Gran Bretaña, y Francia, la sencillez fue su característica siempre. Sonia Purnell ha escrito una apasionante biografía de alguien que merecía ser conocido hace mucho tiempo por el mundo.

Mito y realidad

Es innegable el filón que la literatura y el cine encontraron en la figura de Margaretha Zelle, conocida popularmente como “Mata Hari”, el nombre artístico de la holandesa que encandiló a toda una época con su voluptuosidad y supuesto exotismo.

Hasta no hace mucho pesaba sobre ella una losa compartida entre el mito y la mentira, que la hacían ser recordada como la espía más célebre de la Gran Guerra (1914-1918). Hasta que Pat Shipman escribió Femme fatale. Amor, mentiras y la vida desconocida de Mata Hari (Edhasa, 2011), donde expone una visión novedosa de la legendaria bailarina. Sin duda frívola y amoral, pero no espía.

Su investigación empezó a romper el mito de una criatura fría y seductora, que utilizaba sus encantos para intimar con oficiales aliados durante la Primera Guerra Mundial y sonsacarles información valiosa para Alemania. Según Shipman fue injustamente condenada más por prejuicios morales que por evidencias de connivencia con el enemigo, y el mal derrotero entonces de la guerra para los Aliados la convirtió en chivo expiatorio.

A diferencia de las auténticas espías y agentes de inteligencia, Mata Hari estaba muy alejada del perfil y carácter de estas; lo suyo fue una fatal coincidencia unida a la utilización perversa de su forma de vida. Pero ¿quién era en realidad aquella mujer que afirmaba ser viuda de un oficial escocés que había servido en las Indias Holandesas, donde había aprendido los secretos de las danzas orientales?

Algo había de cierto en su historia, aunque arreglado convenientemente. Tras un matrimonio desafortunado con un oficial y una estancia infernal en las Colonias, donde perdió a su hijo pequeño por envenenamiento, se separó de su maltratador marido al regresar a la metrópoli. Cambió su nombre en 1902 por Lady Gresha MacLeod y en el París de 1904 empezó a crearse una mitología propia. Debutó como Mata Hari en el Musée Guimet, un museo de arte oriental, y tuvo un completo éxito recogido por toda la prensa. Tras triunfar igualmente en el Olimpia, empezó a recorrer Europa bailando. Según define Shipman su “arte”, la genialidad no estaba en lo que hacía, sino en cómo se presentaba.

Al tiempo que cosechaba éxitos, coleccionaba amantes que la ayudaban en su carrera o le hacían generosos regalos en metálico y joyas. Mata Hari era considerada la mujer más deseada de París. Tenía 30 años, y entre sus conquistas había diplomáticos, nobles, y militares de varios países; entre ellos, un aristocrático oficial alemán que presentarían más tarde los franceses como el principio de sus contactos con el enemigo.

En 1916 se enamoró profundamente de un oficial ruso dieciocho años más joven, Vladimir de Masloff, su querido “Vadine”, quien se distanció de ella cuando, ya detenida, fue interrogado sobre su relación. Mata Hari fue víctima de una trampa tendida por el director de la inteligencia francesa que, apunta Shipman era probablemente un agente doble, para hacerla pasar por agente alemán. El interrogador y el fiscal también trabajaron estrechamente para condenarla, y con pruebas muy débiles la acusaron de espía.

La encerraron en la cárcel de Saint-Lazare, cuyas celdas eran sucias y estaban llenas de ratas con el fin de destruir su ánimo; la hicieron sufrir un suplicio y al final la condenaron a muerte. En el último acto de su vida, Mata Hari desafió al miedo: se negó amablemente a dejarse atar a la estaca y que le vendaran los ojos. Encaró la muerte ante el pelotón de fusilamiento en su mejor interpretación, murió con dignidad y valor.

Sorge, el gran espía soviético

La cara diametralmente opuesta a la desdichada Mata Hari está representada por Richard Sorge, el hombre de dos patrias diferentes (padre alemán y madre rusa) nacido en Bakú en 1895 quien, bajo su tapadera de corresponsal alemán en Tokio, suministró un caudal de información muy relevante a Moscú.

Los más de cien libros publicados sobre su historia, escritos en su mayoría por autores japoneses, desde que fuera ejecutado en la prisión de Sugamo, Tokio, en noviembre de 1944, revelan la importancia que tuvo como agente de la Internacional Comunista.

Atreverse con la figura de Richard Sorge y aportar nuevos datos sobre el personaje y la intimidad del individuo, hilvanando con detalle los nueve años que ejerció el espionaje en Japón sin ser detectado, ha requerido un inmenso trabajo de reconstrucción y búsqueda por parte del historiador y periodista británico Owen Matthews.

Por ello, Un espía impecable (Crítica/2021) retrata con profundidad al mentiroso, valiente, seductor, manipulador y una infinidad de atributos más, que hicieron de él, según Ian Fleming, “el espía más formidable de la historia”. Quizá John le Carré resumiera su personalidad con mayor acierto cuando lo definió como “un comediante en el sentido de Graham Greene, un artista en el sentido de Thomas Mann”.

Cuando le atraparon, se negó a hablar sobre las mujeres que habían transitado su vida, y nunca mencionó a su amante japonesa, con la que mantuvo una relación de años. El fiscal que le interrogó le describió como “el hombre más grandioso que he conocido”. Una muestra más de un carácter tan amplio donde cabía lo peor y algunas cosas buenas.

Sea como fuere, Richard Sorge rindió servicios tan valiosos como avisar de la Operación Barbarroja y de que los japoneses no invadirían Siberia en 1941. Esta última información fue la clave para que el Ejército Rojo lanzara su contraofensiva en la batalla de Moscú. Afortunadamente para Sorge nunca supo que era considerado sospechoso por Stalin y la inteligencia soviética, que desdeñaron sus últimos informes, pese a sus desesperados intentos por advertirles de que los alemanes invadirían la Unión Soviética en junio de 1941.

Como tantas veces, la realidad supera la ficción, y esta biografía viene a corroborarlo con el acierto de una visión poliédrica que se introduce en su intimidad, rasgando las máscaras superpuestas de la ocultación, para adentrarse en la soledad y contradicciones del hombre desnudo ante su propia invención.

Los espías que vienen

En junio llegará a las librerías españolas La mujer que sabía guardar secretos (Roca Editorial), novela escrita por Elena Vavilova, protagonista junto a su marido de la estupenda serie de televisión The Americans, inspirada durante su estancia en Estados Unidos como ilegales.

El libro, que actualmente está publicado solo en ruso y búlgaro, cuenta la vida de los dos espías que estudiaron en la universidad de Siberia, donde se conocieron y enamoraron. El KGB los recluta y entrena para convertirlos en ilegales. Tras ese período llegan a Canadá, donde forman una familia de clase media, hablando francés e inglés como nativos. Pasado un tiempo, Andréi consigue entrar en una universidad de Estados Unidos para cursar un doctorado y empiezan su trabajo como espías. Los lugares, fechas y nombres están cambiados en el libro, pero los hechos son reales.

Sus hijos no supieron nunca lo que hacían sus padres, hasta que llegaron a Rusia. Hoy los dos tienen el rango de coroneles con la distinción más alta del ejército ruso y son tratados como héroes. La mujer que sabía guardar secretos aporta también claves para conocer mejor la historia rusa tras la Guerra Fría, ¡y tiene un desenlace distinto al de la serie de televisión.