«El futón», de Tayama Katai

La editorial Satori publica la novela del precursor del naturalismo japonés.

Texto:   Antonio García

 

La editorial asturiana Satori  continúa su tarea de darnos a conocer lo mejor de la literatura nipona, ofreciéndonos, de verdad, un catálogo de Maestros de la Literatura Japonesa. En esta ocasión hablamos de la traducción de El futón, de Tayama Katai, el precursor del naturalismo japonés, un autor casi desconocido entre nosotros capaz de presentar una versión intimista, oriental, de las narraciones europeas que estaban marcando la tendencia cultural en un Japón, el de la era Meiji, que, dando bandazos, a trompicones, pretendía abandonar su pasado insular, hermético, abriéndose al cristianismo y a las nuevas modas occidentales. Había que modernizar el país. Ese doble impulso, el de apertura a las nuevas tendencias, a las nuevas formas de pensar y escribir, de comportarse, y el de retroceso a un pasado inmovilista, seguro, estable, es el que caracterizará a toda una generación de escritores que buscaban su propio camino entre las viejas poesías chinas y las novelas de Turguénev, Hauptmann y, en el caso concreto de Tayama Katai, seudónimo de Tyama Rokuya, la lectura compulsiva del inabarcable Maupassant.

Nacido en 1872, en una familia samurái de escaso nivel, en Tatebayashi, sufrió la pérdida de su padre con cinco años. Eso llevó a la familia a Tokio, donde Tayama comenzó a trabajar de aprendiz en una librería y tomó contacto con el mundo literario de la época. En la década de 1900 ofreció sus mejores libros, entre ellos El futón, en 1907,una de las piezas fundamentales del naturalismo adaptado a la sensibilidad japonesa, gozando de cierto prestigio, aunque la moda naturalista pasara pronto y el autor se viera obligado a realizar trabajos de copista y a redactar guías de viaje para mantenerse. Murió en 1930 derrotado por un cáncer de garganta. Su literatura fue siempre intimista, confesional, recreando, como en la novela que reseñamos, acontecimientos de su propia vida.

El Futón narra la compleja relación de un escritor, Tokio, fácilmente identificable con el autor, incluso cuentan con la misma edad, treinta y cinco años, que, tras recibir varias cartas de una joven admiradora, Yoshiko, decide aceptarla como discípula e, incluso, la aloja en su propia casa. Pronto se enamorará de ella, protagonizando un patético descenso al infierno de los celos y el alcohol al enterarse de que la joven ha establecido relaciones con un joven de su edad, Tanaka. La irascibilidad y la decepción de Tokio conducirán a Yoshiko a complejas situaciones en las que interviene su padre, requerido por el rencoroso Tokio. No les desvelo más detalles de la trama, pero sí les aviso que la poderosa imagen final carga la novela con una extraña mezcla de fetichismo y exacerbado romanticismo, ilustrando esas corrientes profundas de deseo sexual, puritanismo y confesión íntima que conforman el texto. El tema principal es este, casi un tópico literario, pero lo que hoy podemos apreciar con mayor interés es  ese otro tema ineludible: la situación de la mujer en el Japón Meiji. Mujeres que demandan una posición social independiente de los hombres, que exigen una formación adulta, una vida autónoma, y unos hombres que, como el propio Katai, elogian esos avances para las mujeres, excepto si son las suyas. Hipocresía y cinismo revestido de honorabilidad que queda patente en la novela asistiendo a los desprecios del escritor a su esposa, y comprobando la obsesión del padre y del propio Tokio por husmear si Yoshiko ha consumado su amor con Tanaka. Una vez entendido que la joven ya no es virgen, el maestro comienza a verla de otra forma. Ya no es la misma mujer. Es cierto que el patetismo del final queda atenuado por la cobardía de Tokio. Aleja de sí el deseo y el riesgo: no se atreve a insistir en su pasión. El peso del viejo Japón es más fuerte que la atracción que la literatura europea había insuflado en su relación. Estamos, de nuevo, ante una estupenda muestra de esa literatura oculta para nosotros, de esas obras inquietantes o sorprendentes que los maestros japoneses supieron escanciar navegando entre dos mares, y que Satori, con sus cuidadas ediciones, acompañadas siempre de esclarecedores prólogos, nos depara.

Un ejemplo perfecto de ese naturalismo japonés, intimista, confesional, depurado, muy alejado de las minuciosas novelas sociológicas o de tesis que caracterizaron a los escritores europeos más comprometidos. Otro regalo de la editorial.