Carta a los Reyes Magos de una mujer que no quiere perder los papeles
Nahir Gutiérrez, coordinadora de Comunicación de la División de Libros del Grupo Planeta y escritora de literatura infantil, es la autora de la sección “Terapia ocupacional” que cierra cada número de la edición impresa de Librújula. En el número de enero, ha querido escribir su propia carta a los Reyes Magos.

Texto: Nahir Gutiérrez Ilustración: Renata Galtieri
Queridos Reyes magos,
Este año no he sido buena. He dicho muchas palabrotas, me he enfadado con medio mundo, he dicho mentiras –aunque yo lo llamo «modular el mensaje»–, y vamos, que no he salido a quemar contenedores porque no se ha dado el escenario sociopolítico. Mamá dice que no vale seguir culpando de todo este cabreo sordo a la caída de mis estrógenos.
Aun así, os quiero pedir algunas cosas para este 2026. Aunque ya hayáis regresado a lomos de vuestros camellos queda tooooodo el año por delante y no me creo que no tengáis servicio postventa o de repesca.
Además de, como las antiguas mises, pedir paz en el mundo para las gentes de buena voluntad –se decía «los hombres», pero está visto que son quienes menos por la labor parecen, y ahora se dice «las gentes», más inclusivo y con más garantías–, quisiera pedir, como en Suecia, menos pantallas y más libros. Suecia, referente mundial en políticas educativas, ha decidido reducir la dependencia de las pantallas en la escuela y volver a los libros impresos. No es un retroceso tecnológico, es una decisión estratégica. No vuelven a las cavernas, miran hacia otro futuro: uno basado en un aprendizaje que requiere foco, comprensión profunda, memoria y pensamiento crítico; capacidades que –quien no lo sepa es porque no quiere (y también porque no lee)– el exceso de estímulos digitales erosiona en los más jóvenes.
Traedme también papel y boli. Porque parece que, si en vez de cortar, pegar, teclear y deslizar compulsivamente, escribes a mano, tu memoria se vuelve más profunda, tu foco más nítido y tu creatividad más espontánea. Teclear te puede hacer eficiente, pero escribir a mano te hace más listo. Las pantallas hacen que aprender parezca más fácil, pero ese es justamente el problema: fácil no significa efectivo.
Donde las pantallas son como cafeína para la mente, pero también la anestesian, los libros son una forma profunda y tranquila de aprender, te despresurizan, como las cabinas de los aviones, pero para bien. Quiero más papel; no quiero ni más apps; total, para la porquería de apps que están inventando… como la TERAPIA OCUPACIONAL 82 Speechify, que pasa de texto a voz a velocidad absurda con solo mostrarle la portada del libro… O sea: como escuchar audios de WhatsApp a triple velocidad pero con Guerra y paz. Un chollo.
Ya que estamos, traedme libros también, tengo en alguna parte una lista compulsiva anotada en todo tipo de lugares y soportes. Porque me gustaría ser longeva –aunque, según cómo evolucione el mundo, también os digo que puedo darme a la bebida, al tabaco y a la comida basura para acabar antes con mi vida de forma natural– y dicen las investigaciones de la Yale School of Public Health que las personas que leen libros, ni que sea treinta minutos al día, viven, de media, casi dos años más que quienes no lo hacen. Eso después de tener en cuenta ingresos, educación, salud física, estilo de vida… la foto completa, vamos.
Los libros activan procesos profundos que ayudan a construir la reserva cognitiva, el “amortiguador” natural del cerebro frente al deterioro a medida que envejecemos. A diferencia de otras actividades pasivas, (que también queman menos calorías, como ver la televisión…), leer requiere atención sostenida, memoria, imaginación, regulación emocional y resolución de problemas, todo lo cual fortalece las conexiones neuronales con el tiempo. Leyendo media hora al día, te estás echando al coleto aproximadamente 1,8 millones de palabras al año. Cuando se piensa así, en big numbers, que se dice, es cuando se calibra.
Y 1,8 millones de palabras le amplían el vocabulario a cualquiera. Dan fluidez al lenguaje, facilitan nuevas ideas, y contribuyen a fortalecer la curiosidad y hasta el libre albedrío. Esos minutos tranquilos con un libro hacen mucho más de lo que imaginamos. Moldean cómo nos comunicamos, imaginamos y comprendemos el mundo. A lo largo de una vida media eso suma más de 141 millones de palabras.
Así que solo os pido una cosa más: que nunca se me acaben las ganas de seguir leyéndolas. El año que viene prometo portarme… No, mejor no prometo nada, que luego todo se sabe.









