Simms defiende en su libro “Hitler, solo el mundo bastaba” que el principal enemigo del Führer no era ni el comunismo ni la Unión Soviética, ni tampoco el judaísmo internacional, sino el capitalismo anglosajón y, principalmente, Estados Unidos.

Texto: David VALIENTE

 

No existe en la historia un personaje más siniestro y del que se hayan vertido más palabras que de Adolf Hitler. Miles de libros, artículos y películas ahondan en la complejidad del genocida que sesgó aproximadamente seis millones de almas- sin contar las millones de vidas pérdidas en la guerra- para resarcir las injusticias del Tratado de Versalles. Revertir una afrenta, haciendo que los Aliados cargaran con el alto coste de las reparaciones alemanas, motivó la esencia de la cosmovisión hitleriana donde ciertos grupos étnicos y sociales primero quedaron relegados y, finalmente, extintos.

Sus actos fueron auténticas barbaridades incomprensibles, cualquier persona con más de una neurona se hace cargo de ello. Sin embargo, ¿y si os dijeran que el auténtico enemigo de Hitler no fueron ni los judíos ni los comunistas, qué me contestaríais? Precisamente esto mismo defiende el profesor de Historia de las Relaciones Internacionales de la Universidad de Cambridge Brendan Simms (Dublín, 1967) en su primer libro traducido al español, Hitler, solo el mundo bastaba, una biografía del mayor genocida de la historia, que no ha pasado desapercibida en el mundo angloparlante y que sin duda dará mucho de qué hablar en nuestras academias.

Para el autor de esta biografía el verdadero rival de Hitler no cubría sus cabellos con la kipá, sino los imperios más grandes de la historia (uno de ellos aún estaba creciendo en el horno). “Hitler admiraba a los ingleses y a los americanos por su fuerza, aunque también los temía por ello”, comenta Brendam Simms.

En su libro, describe un acontecimiento que catalizó la obsesión del futuro Führer y que recordaría en repetidas ocasiones: un encuentro durante la Primera Guerra Mundial con soldados norteamericanos hechos prisioneros por el 16º Regimiento Bávaro de Infantería de Reserva. Esos “valientes guerreros” despertaron la fascinación de Hitler por su bravura en el campo de batalla y su entusiasmo patriótico. Poco después de este suceso, Adolf Hitler concluyó que “Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial en parte debido a los defectos del pueblo alemán, a su falta de pureza, y en parte porque el principal enemigo, los británicos y luego los estadounidenses, habían mantenido su pureza intacta”, explica Brendan Simms. A esto debemos sumarle que los británicos movilizaron gente y recursos de todas sus colonias, dejando en los soldados alemanes “la triste impresión de que el mundo se había levantado en armas contra ellos”: “Un solo hombre tiene que enfrentarse a tres o cuatro. ¿Hasta cuándo va a durar esto? (…) Desde octubre de 1918 han entrado en acción más de un millón y medio de soldados norteamericanos descansados y agresivos al otro lado de nuestras líneas. África, Australia, la India y Canadá siguen mandando unidades enteras de soldados jóvenes a Europa. (…) La dimensión de esta lucha se está haciendo inabarcable”, escribió Fridolin Solleder, oficial del Regimiento de List, al poco de concluir el conflicto.

Y la desventaja, según Hitler, se originó en las masivas emigraciones del pueblo alemán  de las décadas anteriores; no es que solo hubieran abandonado las tierras produciendo una merma poblacional, sino que también aquellas personas, que tomaban sus pocas pertenencias para comenzar una nueva vida en otro país, eran las más capaces, la flor y nata de la sociedad. Hitler se dio cuenta también durante la guerra, cuando “uno de los prisioneros `no solo hablaba un alemán excelente, sino que, para más inri, se apellidaba Meyer´”, que los descendientes de los emigrantes habían sido totalmente asimilados por sus nuevas sociedades y ahora volcaban su frustración contra Alemania.

Por eso, manteniendo su tono disruptivo, el académico cuestiona la versión supremacista que se le ha atribuido a Hitler. En todo caso, su incansable enaltecimiento de la raza aria no se debe a una concepción imperante, más bien al complejo de inferioridad despertado por los ingleses y los americanos. De ahí que viera en “la pureza ideológica un instrumento para lograr la pureza racial”, argumenta Brendan Simms.

Sus impresiones de guerra, sin duda, le obsesionaron. Alemania contra el mundo, el éxodo de su pueblo, el deshonor del Tratado de Versalles le alentaba a redefinir las vías diplomáticas. A su entender, reclamar las colonias perdidas en nada solucionaba la grave crisis económica y moral que azotaba al pueblo alemán a principios del siglo XX. Por el contrario, los alemanes debían enfocarse en colonizar las tierras de Europa del Este, donde un Gobierno comunista se había alzado con el poder. El profesor Simms cuestiona que el Führer detestara a los bolcheviques hasta el punto de considerarlos un rival a batir. En realidad, el comunismo solo despertaba la animadversión del nazismo en tanto en cuanto eran las orugas instrumentalizadas por los judíos para dinamitar desde dentro a los Gobiernos nacionales. Sostiene Brendan que los historiadores cometen un error al considerar que el “comunismo es el enemigo de Hitler y la Operación Barbarroja una némesis”, porque sobrestiman el valor de algunas fuentes y pasan por alto “datos reales como por ejemplo el hecho de que ni la Unión Soviética ni el comunismo se mencionan siquiera en su `testamento final´, mientras que los británicos y el capitalismo internacional, sí”.

Tras atender estos nuevos planteamientos, lo primero que nos preguntamos es por qué tantos esfuerzos y tanta saña para eliminar a la etnia judía. “Hitler culpó a `los judíos` de poner a Gran Bretaña y Estados Unidos, con quienes había querido coexistir, dividiendo el mundo entre ellos, contra el Reich”, responde Brendan.

De sus enseñanzas también extraemos que Hitler no llegó al poder de manera democrática, tal y como todavía aseguran algunos iletrados para destapar las supuestas debilidades endémicas de las democracias, sino que “Hitler fue llevado a la cúspide del poder en una ola electoral, pero nunca consiguió más del treinta y siete por ciento de los votos en una contienda libre y justa. De hecho, perdió votos en las últimas elecciones (noviembre de 1932) antes de tomar el poder. Su asunción de la Cancillería fue el resultado de una intriga chapucera de alto nivel político”, atestigua el autor.

Por lo tanto, una concatenación de acciones mal sincronizadas permitió a una persona como Hitler asumir plenos poderes en la Alemania de entreguerras. La República de Weimar no “debería de haberlo subestimado”, y ciertos grupos como el ejército y la clase obrera se tendrían que haber revelado antes, aunque “es bien sabido que aquí existía una identidad parcial de objetivos, entre gran parte del ejército y parte de la industria con Hitler, en términos de restablecer la posición de gran poder de Alemania. Por esta razón, al principio estuvieron de acuerdo con el nazismo y, aunque algunos podrían haber cambiado de opinión después, ya era demasiado tarde”, concluye Brendam Simms.