El historiador P.E. Caquet narra la historia de la Conferencia de Múnich y el por qué Gran Bretaña y Francia entregaron Checoslovaquia a Hitler en “Campanadas de Traición” (Galaxia Gutenberg).

 

Texto: David VALIENTE

 

En los planes de estudio, el periodo de entreguerras previo al comienzo de los acontecimientos bélicos del 39 parece no existir, si acaso se citan algunos nombres, algunas fechas, pero se obvian los acontecimientos capitales que nos ayudarían a comprender de una manera más fehaciente la magnitud de lo acontecido. Ocurre con los tratados que configuran el marco político e internacional del momento, ocurre con las tensiones políticas que acontecen en los países democráticos, ocurre con el abandono a su suerte de Checoslovaquia, que significó dar alas a un demente para llevar a cabo  una pesadilla imperialista que costó la vida a millones de inocentes.

Ante esta falta de recursos bibliográficos para estudiar la Conferencia de Múnich, el historiador P.E. Caquet ha publicado en Galaxia Gutenberg Campanadas de Traición, un libro que también busca acercar al público del oeste de Europa un conocimiento más profundo y preciso de aquel país que nació bajo el amparo del Tratado de Versalles con el nombre de Checoslovaquia. Caquet reconoce que hay ciertos libros de calidad que son de difícil acceso al público, aunque también incide sobre el desinterés de los historiadores en cuestiones tan básicas como el sentimiento de la población checoslovaca o lo que hicieron para evitar la invasión de su país.

El autor se queja de cómo la censura ha impedido reconstruir la historia del 38 en Checoslovaquia, un país marcado por los abusos del totalitarismo. Pero, agrega, “había estudios locales valiosos, además de las fuentes primarias, disponibles para alguien que pudiera leerlos”. Disponiendo de la información suficiente para comenzar a investigar, plantea su hipótesis: “Siempre había creído, antes de convertirme en historiador, que el Acuerdo de Múnich era fundamental para la historia de la Segunda Guerra Mundial. Había sido una oportunidad para detener a Hitler”.

Checoslovaquia era un país discordante dentro de las tendencias totalitarias del centro y del este de Europa, democrático y muy en consonancia con las ideologías de países como Reino Unido y Francia. Es más, el país galo fue el aliado más importante de Checoslovaquia, al menos hasta 1938 cuando Hitler, saltándose todos los tratados internacionales, invadió el país ante la pasividad francesa.

Checoslovaquia, democrática y multicultural

Recientemente, Caquet fue invitado a participar en una serie de conferencias sobre los “100 años de Checoslovaquia”. Reconoce haber estado muy nervioso e “intimidado” a causa de los otros ponentes, algunos de ellos, como el príncipe Karel Schwarzenberg, con una larga trayectoria académica y política. Pero quedó sorprendido al comprobar el desconocimiento del público checo sobre algunas cuestiones que él planteó durante sus disertaciones.

Uno de esos temas redundó en que “Checoslovaquia era una sociedad multicultural, antes de la Segunda Guerra Mundial”. Fue algo que no sorprendió del todo a los allí reunidos, pero que, sin duda, al público de Europa occidental sí causó una grata sorpresa. También es cierto que los asistentes checos no se llegaban a imaginar las dimensiones de las políticas multiculturales que habían permitido al país recién nacido albergar a escritores de la talla de Frank Kafka o a otros artistas que enarbolaban la bandera del modernismo y caminaban desinhibidos por las avenidas iluminadas o que tomaban el tranvía para recorrer de punta a punta la ciudad. “Múnich fue el primer paso hacia la destrucción de esa sociedad multicultural, seguido de la guerra, luego la expulsión de toda o casi toda la población de habla alemana”, lamenta el historiador. Hitler pretextó para invadir Checoslovaquia que la población alemana de los Sudetes sufría por parte del Gobierno un trato discriminatorio y denigrante. Para conseguir su objetivo se apoyó en Konrad Henlein, un filonazi, que fundó un partido político afín  al Partido Nacionalista Obrero Alemán y con astucia vendió a la población de los Sudetes el discurso de la opresión y el maltrato. Lo que esa población desconocía era que los planes de Henlein eran muy diferentes: Henlein les había prometido una mayor autonomía dentro del Estado checoslovaco, pero detrás se escondían los pactos con Hitler para anexionar el territorio de los Sudetes al Tercer Reich. Los alemanes de los Sudetes pretendían seguir colaborando con el Gobierno checoslovaco, pero les parecía injusto que siendo una población superior a la eslovaca, ellos fueran una minoría. De todos modos, Caquet aclara: “Tampoco había una comunidad alemana ‘étnica’, y mucho menos una comunidad alemana ‘racial’ o ‘nacional’ en la Checoslovaquia de entreguerras”.

Tras el nazismo, la sombra del totalitarismo soviético se cernió sobre los checoslovacos, y con ello terminó un breve pero intenso episodio democrático, porque “la República Checa y Eslovaquia se convirtieron en estados estrictamente nacionales”.  Hoy los dos países se caracterizan por ser democracias dinámicas- más Eslovaquia que República Checa, según los observadores- gracias al avance del bloque capitalista y al resguardo de la Unión Europea.

Un títere de sus aliados y enemigos

Aceptar o no. A esa tesitura se enfrentó el Gobierno checoslovaco en septiembre de 1938. En Múnich, Francia, Reino Unido y Alemania -estuvo presente el país damnificado, aunque su decisión no valiera nada- se reunieron para determinar el futuro de Checoslovaquia. Tanto el primer ministro francés, Édouard Daladier, como su homólogo británico, Arthur Neville Chamberlain, estuvieron de acuerdo con la propuesta de Hitler: entregar al nazismo los Sudetes en bandeja de plata, sin miramientos para con su aliado. No obstante, Daladier se arrepintió de la decisión que tomó: “Sabía que estaba traicionando a los checoslovacos y que tanto ellos como la propia Francia pagarían un alto precio”. Nunca creyó el argumento hitleriano de la opresión por parte del Gobierno checoslovaco a los alemanes de los Sudetes. “Estaba visiblemente deprimido, devastado, incluso, en el momento de la firma, y ​​mientras volaba de regreso a París, esperaba ser abucheado”, asegura Caquet.

Resultó muy duro para el Gobierno checoslovaco y su Estado Mayor aceptar las cláusulas de Múnich, pero la situación que se les presentaba era mucho más compleja de lo esperado: “Se enfrentaron a la elección entre una guerra contra un enemigo más fuerte que también estaba ansioso por destruir no solo al estado checoslovaco sino a todo su pueblo, o aceptar la Conferencia de Múnich como un recurso que, por doloroso que fuera, dejaba al menos una posibilidad de supervivencia futura”, analiza Caquet. El Füher siempre actuaba de la misma manera: “El núcleo de su táctica fue que nunca dejaba a sus enemigos tiempo para reflexionar. Todo se llevaba a cabo bajo la máxima presión”.

Y eso que el Gobierno checoslovaco contaba con el apoyo de su población, muy partidaria de luchar contra los alemanes antes que cederles tierras gratuitamente, o al menos así lo demostraron semanas antes cuando se opusieron al plan anglo-francés por el cual se estableció que una gran parte de los Sudetes pasaba bajo control del Reich. Aun con el apoyo de su población, Checoslovaquia cedió a las presiones alemanas. ¿Qué más podía hacer? A nivel internacional, ni ingleses ni franceses iban a dar su brazo a torcer, cederían los territorios al dictador alemán que, por otra parte, superaba a los checoslovacos en poderío militar.

Mucho se ha hablado del derrotismo checoslovaco, pero Caquet discrepa con esta visión: “No hubo derrotismo, tuvieron que aceptar”. El debate sigue abierto y, según afirma el historiador, la propaganda comunista tiene mucho que ver en esta cuestión. Durante los acontecimientos del 38, el Partido Comunista fue muy beligerante y acusó a la élite checoslovaca de ser una “república ‘burguesa’ derrotista, incluso secretamente fascista”. Un tratado de 1925 vinculaba estratégicamente a Checoslovaquia con la URSS. Pero había una cláusula que restringía la entrada a la guerra de los soviéticos, si Francia no lo había hecho antes. “Según la propaganda comunista de la posguerra, fueron ‘los cerdos capitalistas’ quienes se negaron a luchar a su lado”. Seguramente, Stalin tampoco hubiera entrado en guerra contra el nazismo, como demostraría un año más tarde con la firma del Pacto Ribbentrop-Mólotov. Por ello, Caquet considera que “el debate, entre el público lector o bloguero, permanece estancado en esa etapa en lugar de centrarse en las realidades estratégicas de 1938”.

Pero aunque acusar al Gobierno checoslovaco de derrotista no encaje con la realidad histórica, tampoco podemos eximirlo de toda la culpa. Precisamente fue su fe en la democracia lo que le impidió “mantener a los franceses a bordo” y ceder ante las presiones británicas que lo acusaron de obstruccionistas, aunque daba cancha a sus minorías étnicas, especialmente a la alemana. Tal vez si hubieran sabido discrepar con los ingleses y mantenerse firmes frente a las exigencias alemanas, Francia nunca hubiera tolerado la Conferencia de Múnich.

Por otro lado, el Gobierno checoslovaco permitió a Henlein conformar un partido político y un brazo armado que se “convirtió en una milicia enemiga dentro del Estado”. Una estrategia más adecuada hubiera sido, dentro de los márgenes de la legalidad democrática, haber actuado contra los hombres de Henlein que “aterrorizaron a la población para que votaran por él en las elecciones municipales”. “La tolerancia es fundamental para la democracia. Pero la tolerancia de las personas que no la valoran y no tienen la intención de corresponderla puede ser contraproducente; incluso puede alejar a tus propios seguidores”, aclara Caquet.

¿Y si hubieran ido a la guerra?

Sin duda, “el principal error fue no pelear”. Aunque los británicos estuvieran convencidos de que satisfaciendo las exigencias de Hitler la escala bélica que tomaba el continente se iba a frenar, Daladier debería de haberse negado a firmar las cláusulas de la Conferencia de Múnich. Es cierto, que esto hubiera supuesto ir mucho antes a la guerra, pues Hitler no fanfarroneaba y estaba dispuesto a tomar Checoslovaquia manu militari, al igual que los checoslovacos y los franceses estaban dispuestos a defenderla. Sin embargo, a esas alturas de la historia, la victoria, y dejando bien claro que la historia se encarga de describir los sucesos acontecidos, cree Caquet hubiera estado del lado checoslovaco y francés: “Hitler habría sido derrotado, quizás rápidamente”. Con la información a su disposición, considera que por muy rápido que los alemanes movilizaran a su ejército, el sistema de fortificación checo del norte de Moravia hubiera frenado el avance militar alemán, por lo que Praga habría resistido hasta la llegada de refuerzos soviéticos, vía Bratislava; y mientras el ejército nazi se entretenía luchando en el frente este, los franceses podrían haber invadido Alemania por el frente oeste.

Polonia, cree Caquet, habría declarado la guerra a Alemania, y la población civil alemana, en contra de un enfrentamiento con Francia, mucho menos por los Sudetes, protestaría fuerte contra un gobierno que había prometido todo para el trabajador, pero que en realidad hacía oídos sordos a sus reclamos. Pero aún hay más: “Mientras Hitler volaba hacia Praga para una gira de propaganda, su avión se estrella misteriosamente… El novelista Simon Mawer, cuando leyó Campanadas de traición, estaba tan cautivado con la idea que consideró escribir una novela de historia alternativa”.

El nacionalismo y rol actual.

Al autor le cuesta entender los nacionalismos, es más su carrera no hubiera podido ser de la manera que fue si los nacionalismos hubieran estado mucho más en boga. Ha vivido y trabajado en Francia, Checoslovaquia, Reino Unido e, incluso Estados Unidos, y reconoce que sin el amparo de la Unión Europea “me habría resultado muy difícil hacer eso”.

Su dilatada experiencia como historiador del siglo XIX le permite comprender la raíz de los nacionalismos y los mitos nacionales en los que “la gente todavía cree”. “Solo hay que fijarse en lo que los franceses siguen dispuestos a decir, o negar, sobre la Revolución Francesa. Y esto es incluso antes de que uno llegue a sufrir los estragos de las dos guerras mundiales. ¿Por qué la gente está tan interesada en la soberanía nacional? ¿Qué tiene de emocionante tener tu propia bandera y flota?”, se cuestiona el autor de Campanadas de Traición. También destaca el cambio de roles de este siglo en cuanto a quienes creen en el mito nacionalista: “En el siglo XIX, eran las élites urbanas las que eran nacionalistas, y las poblaciones rurales las que mantenían identidades locales. Ahora, las élites cosmopolitas tienen una perspectiva supranacional, mientras que el nacionalismo tiene una base popular. A riesgo de parecer esnob, creo que esta es una acción de retaguardia”, asegura Caquet.