Angélica Liddell, muerte, belleza y erotismo
La escritora, poeta, directora de escena y actriz española Angélica Liddell publica Pido el fin de la vida (La Bella Varsovia).

Angélica Liddell
Texto: Enrique Villagrasa
La escritora nacida en 1966 Angélica Liddell la vuelve a liar y de qué manera tan sorprendente, para bien claro ¿o no?, en Pido el fin de la vida (La Bella Varsovia), pues <<Pido el fin de la vida para despertar definitivamente/ a la belleza>>. ¡Ahí es nada!, este monólogo dramático, pura poesía pura, que nos recuerda muy mucho a su teatro: Seppuku. El funeral de Mishima o el placer de morir. Ese poema río escénico de ayer hoy es un monólogo lírico, de 69 páginas que va acompañado de un texto de una treintena de páginas sobre la triada Eros-Éxtasis-Muerte: ética y estética de la vida, pasión y muerte según, sobre, tras la vida, pasión y muerte del reconocido escritor japonés Yukio Mishima (1925-1970), del que ella es su reencarnación diríase: al menos lo ha leído bien y lo ha hecho suyo. ¡Gracias! (Los asuntos de la transmigración de las almas no sé muy bien cómo funciona ni que reloj usan): <<¿Acaso sabéis lo que significa caminar descalza/ sobre las rosas?>>. ¡Pues eso!
Su poesía y su teatro me llevan a la vida, obra y milagros del marsellés Antonin Artaud (1896-1948), pues ninguno de los tres, en esta tragicomedia que es la vida: Artaud, Mishima y Liddell nos plantean encogimientos espirituales en sus obras, de los que estamos ya más que hartos. Queremos obras que nos despierten y no nos dejen dormir, imbricadas con las ganas de vivir y caminar con y en la otredad. Queremos obras que acaben con el pensamiento cómodo como esta que nos ocupa, Pido el fin de la vida; y si Artaud quería escribir un libro que trastornase a las personas, que fuera una puerta abierta que los llevase a donde nunca hubieran consentido ir, Mishima y la interpretación que escribe su alter ego, Liddell, lo ha conseguido en este sublime Pido el fin de la vida: de justa y más que necesaria lectura. Y es que los ecos del Japón milenario de los samuráis y el monte Fuji siempre ha estado conmigo desde que nací, pues en el comedor de casa había fotografías del Japón y del monte Fuji y que ya en su día lo traté de tú a tú. Como a Mishima en sus obras, que siempre he regalado y prestado. Y no siempre se me han devuelto ni se han entendido: <<Aquel que ama lo eterno no puede ser sino un/ exiliado en la tierra>>.
Después de leer este libro de Liddell ningún otro tendrá el mismo sabor de boca. Si bien es cierto que el mundo tiene ya demasiados versos estos ya se han hecho un rincón en la memoria, desde nuestra mirada y nuestro lenguaje y con él y en él en ese elogio del samurái, que también es este canto: <<Pido y pido y vuelvo a pedir el fin de la vida./ Pido el fin de la vida porque la profesión del/ samurái es la muerte./ Pido el fin de la vida porque soy un samurái/ y no encuentro a quien obedecer>>. Lo mismo me pasaba a mí con el voto de obediencia, no sabía a quién obedecer ni quien merecía mi obediencia; pero no he pedido nunca la muerte, aunque esta sea una metáfora preciosa y tampoco sepa de qué es metáfora el ser poeta, ¿acaso del ser samurái? Pero no, pues el ser poeta es poner todo en duda, llegar al último porqué y buscar siempre la belleza y la verdad. Aunque no le falta razón a la Liddell y no seré yo quien se la quite: <<Pido el fin de la vida como estallido./ La confrontación con la belleza/ nos conduce a la destrucción de la forma>>.
Estamos ante unos versos que empuercan y de qué manera tan salvífica, de una poeta exiliada en la vida humana, que no es poco. No dejen de leerlos, pues en ellos Angélica Lidell nos muestra su mente, ardiéndose en preguntas y como decía Antonin Artaud: <<Yo no concibo la obra como desligada de la vida. No me gusta la creación aislada. Tampoco concibo que mi mente esté desligada de mí mismo. Cada una de mis obras, cada uno de los planos de mi mismo, cada una de las floraciones glaciarias de mi alma interior babea sobre mí>>.
Por último citar al también polifacético creador Jan Fabre (Amberes, Bélgica, 1958) pues leer a Lidell me lo ha recordado y con él sí hablé y hasta le dediqué un poema, cuando estuvo en Tarragona y expuso su obra en el Tinglado 2 del puerto: su obra expuesta era como este verso: <<El hedor de la muerte que nunca llega>>. Lidell en Pido el fin de la vida también señala otros versos inquietante que, y con esto termino: <<En el próximo día de los difuntos estaré muerta./ Y siempre tendré hambre de carne humana>>.
Pido el fin de la vida porque sufro de tal manera
que solo tengo tiempo para el dolor,
condenada a esta tiniebla palpitante
que me hace considerar el fin del mundo
como la muerte de un solo ser.
No lo puedo evitar.
Es el deseo de la sangre.
es una marca del destino.
Es el cielo doblándose por la mitad.
Es el rechazo a mi especie.
(Fragmento de Pido el fin de la vida)










