40 años sin Borges

Nunca quiso escribir una novela, por más que se lo pidieron. Nació en agosto de 1899 y falleció en Ginebra un junio de 1986; hace ya 40 años.

Texto: Antonio Iturbe

 

En Argentina hubo a quienes no les sentó bien que Borges eligiera retirarse en sus últimos años a Ginebra. Todavía piden en la prensa con encendidos razonamientos la repatriación de su cuerpo para ser enterrado en el cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires. Pero ya en vida él lo dejó claro: se iba a pasar su último tiempo a Ginebra porque allí pasó los años más felices de su vida, los años de estudiante. También en un momento en que se sentía mayor y enfermo quiso quitarse de encima la presión social y de la prensa, y quedarse solo con su mundo interior (custodiado por María Kodama, nombrada heredera universal). Allí fue enterrado.

Borges es uno de los referentes indiscutidos del arte de escribir cuentos, no solo por la originalidad y capacidad de asombrarnos de sus relatos, que hacen que la realidad se abra como una planta carnívora, sino porque nunca quiso escribir novelas. Incluso afirmaba: “Yo creo que el cuento es superior a la novela”. Y añadía: “La idea de un libro absoluto de quinientas páginas me parece menos admirable que la de una página perfecta.”

En 1969, la Universidad de Oxford le concedió el título de Doctor Honoris Causa y concedió una entrevista al Servicio Latinoamericano de la BBC. El periodista y traductor británico Noel Clark le planteó por enésima vez el asunto:  “Profesor, sus poemas y sus cuentos son muy bien conocidos en el extranjero, pero creo que usted no ha escrito ninguna novela. Si es así, quisiera preguntarle si hay alguna razón específica”.

De nuevo, Borges teniendo que dar explicaciones de por qué no escribía la dichosa novela. De manera paciente y amable, extendiéndose para tratar de explicar lo evidente, le contestó:

Yo creo que hay dos razones específicas: una, mi incorregible holgazanería, y la otra, el hecho de que como no me tengo mucha confianza, me gusta vigilar lo que escribo y, desde luego, es más fácil vigilar un cuento, en razón de su brevedad, que vigilar una novela. Es decir, la novela uno la escribe sucesivamente, luego esas sucesiones se organizan en la mente del lector o en la mente del autor. En cambio, uno puede vigilar un cuento casi con la misma precisión con que uno puede vigilar un soneto: uno puede verlo como un todo. La novela se ve como un todo cuando uno ha olvidado muchos detalles, cuando eso ha ido organizándose por obra de la memoria o del olvido, también.

Además, creo que hay escritores -y aquí pienso en dos nombres, inevitables desde luego, pienso en Rudyard Kipling y pienso en Henry James– que pudieron cargar un cuento con todo lo que una novela puede contener. Los últimos cuentos que Kipling escribió están tan cargados como muchas novelas y aunque yo he leído y releído y seguiré releyendo Kim, creo que algunos de los últimos cuentos de Kipling, por ejemplo Dayspring Mishandled, o quizás Unprofessional o The Gardener, están tan cargados de humanidad, de complejidades humanas, como Kim y como muchas novelas.

De modo que no creo que escribiré una novela. Ya sé que esta época parece exigir novelas de los escritores. Continuamente me preguntan que cuándo voy a escribir una novela, pero me consuelo pensando que alguna vez le preguntaban a los escritores: «¿Y usted, cuándo va a escribir una epopeya?» o «¿Cuándo va a escribir un drama de cinco actos?», y actualmente esa pregunta no se usa. Creo, además, que el cuento es un género más antiguo que la novela y quizás pueda vivir más allá de la novela”.

Borges tal vez se asombraría al saber que actualmente la pregunta a un escritor es cuántos seguidores tiene en X o en Instagram. Sus cuentos de senderos que se bifurcan, laberintos, espejos, inmortales tristes, libros de arena y alephs infinitos siguen conteniendo mundos mucho más complejos que los de cualquier novela.