Libros que sueñan con el infinito
Eso tan serio que llamamos racionalidad nos dice que la vida es limitada y finita. Sin embargo, la escurridiza idea de eternidad flota en las cisternas profundas de la consciencia donde nace la literatura.

Texto: Antonio Iturbe Ilustración: Núria Clusellas
René Descartes, matemático y físico con inquietudes filosóficas nacido en 1596, muy lejos aún del auge científico y racionalista del siglo siguiente, se empeñó en que la existencia de Dios, indiscutible en su tiempo, podía ser demostrada científicamente. De ahí surgió su Discurso del método. Descartes encuentra un argumento que considera racional e irrefutable de la existencia de Dios: los seres humanos todo lo que tenemos en nuestra mente lo hemos aprendido a través de la experiencia que captan los cinco sentidos. Por tanto, todo lo que está en nuestra cabeza es porque lo hemos oído, visto, olido, tocado o degustado. Sin embargo, poseemos dentro de nosotros la idea de infinito, algo que jamás hemos experimentado. De ahí deduce, triunfalmente, que un ser finito (nosotros) no puede crear la idea de infinito por sí mismo, por lo que esa idea debe provenir de un ser infinito real (Dios), aplicando el principio de causalidad: la causa debe tener tanta realidad como el efecto. Descartes era una persona con una gran inteligencia, amplios conocimientos científicos muy por encima de la época y una excelente capacidad de hilvanar ideas. Pero le faltaba fe en la imaginación.
“Infinito” en nuestra mente es un concepto de bordes borrosos. Tampoco podía ser de otra manera puesto que lo infinito no tiene fronteras, ni principio ni final. En la literatura, hablar del infinito es hablar del deseo de trascender la medida humana: del tiempo limitado de la vida humana, del espacio conocido, del conocimiento, incluso del lenguaje.
Toda la obra de Jorge Luis Borges parece una cartografía del infinito. Todos los cuentos de Borges, de alguna manera, tienen que ver con el tiempo y la posibilidad de lo infinito. El inmortal es uno de sus cuentos más extensos porque incluso él, tan agudo y preciso en el uso de las palabras, necesitó unas cuantas páginas para atisbar qué sucede cuando alguien se empeña en beber de las aguas de la vida eterna y saltarse el tiempo. Resulta impactante cómo tras tantos años de perseguir con afán la ciudad de los inmortales, lo que se encuentra es a unos seres hastiados, mugrientos, que tienen la vida eterna pero, en esa repetición interminable de todo una, mil y mil millones de veces, han perdido las ganas de vivir. En La biblioteca de Babel, el universo se imagina como una biblioteca interminable, formada por todos los libros posibles donde cada combinación de letras, cada error, cada variante existe en algún volumen, y esa totalidad vuelve inútil cualquier búsqueda. Muchos son los cuentos de Borges en los que juega con la idea de que lo infinito no libera, sino que abruma. En El Aleph, el infinito cabe en un punto minúsculo del espacio: una visión total que ningún ojo humano puede soportar. De la misma manera que la totalidad aplasta a Funes el Memorioso, y de tanto conocimiento en su cabeza pierde la capacidad de pensar. Su obra es un recordatorio de que el infinito no está solo afuera, sino también en la mente que intenta pensarlo. Tal vez uno de sus cuentos más enigmáticos (¡más aún!) sea El libro de arena, ese volumen cuyas páginas cambian cada vez que se las mira y no se puede nunca regresar a donde leíste antes, y cuya posesión infernal se convierte en un insoportable desasosiego.
Otro autor esencial en el club de los buscadores de infinitudes es Italo Calvino. En Cosmicómicas convierte la ciencia y el cosmos en materia de fábula. Sus relatos, narrados por una voz que atraviesa el tiempo desde antes del Big Bang, combinan la ironía, la ternura y la verdad de la imaginación maceradas en esa poesía melancólica que rezuma Calvino, para hablar de la vastedad del universo y de la pequeñez humana. Calvino convierte el infinito en una historia contable y por momentos lúdica, pero impregnada de la nostalgia de lo inabarcable.
En la tradición poética, el infinito ha sido tanto inspiración como misterio. Giacomo Leopardi lo celebra y lo teme en su poema L’infinito, donde la vastedad del horizonte despierta un “naufragio dulce” en el pensamiento. Muchos son los poetas que se han disgregado hacia adentro. Casi infinitos. William Blake, grabador de imágenes sagradas fuera de toda ortodoxia, poeta inspirado, alucinado de primera hora que en la infancia vio ángeles colgar de un árbol como frutos … nos dice en sus versos metafísicos:
Ver un Mundo en un grano de arena
y un Cielo en una flor silvestre;
tener el Infinito en la palma de tu mano
y la Eternidad en una hora.
La literatura de lo infinito también encuentra eco en la obra de Olaf Stapledon, pionero de la ciencia ficción filosófica. En Hacedor de estrellas, un narrador viaja por galaxias y eras hasta comprender la mente que engloba todo lo existente. El infinito aquí no es un concepto abstracto, sino una experiencia espiritual. Stapledon anticipa la idea de un cosmos consciente, una visión que influiría décadas después en escritores como Arthur C. Clarke y Ursula K. Le Guin. En el siglo XX, el infinito se instaló definitivamente en la Física Cuántica, que inspiró y espoleó la narrativa de Ciencia-Ficción. Obras como La muerte de la luz de George R. R. Martin o Solaris de Stanislaw Lem exploran el infinito desde lo narrativo: mundos que se expanden más allá de la comprensión humana, conciencias que se funden con el todo, universos donde el tiempo se pliega sobre sí mismo.
Aunque el infinito no siempre es una cuestión de bastedades cósmicas y universos que se expanden arrolladores hacia una nada que nadie entiende. También está en el grano de arena de Blake y en lo más íntimo y recóndito de nosotros. En Al faro, de Virginia Woolf, por ejemplo, la infinitud se manifiesta en el fluir del tiempo y la conciencia interior: el instante que se dilata, la vida que se escapa.
A veces lo infinito se revela en lo cotidiano: un amor que parece no tener fin, una espera interminable, una palabra que nunca se pronuncia del todo. En ese sentido, incluso En busca del tiempo perdido de Marcel Proust podría considerarse una novela sobre el infinito: el intento imposible de capturar el tiempo, de fijar lo fugaz.
Una autora especialmente torturada por la incertidumbre de lo infinito y con un talento único para merodear sus confines oscuros es Clarice Lispector. No trata el “infinito” como una idea matemática ni como una promesa metafísica distante, sino como una “experiencia interior”, “presente”, “intensamente viva”. El infinito, para ella, es aquello que irrumpe cuando el yo se deshace, cuando el lenguaje ya no alcanza y la conciencia toca algo impersonal y absoluto. En Agua viva (1973), uno de sus libros más cercanos a un manifiesto poético, Lispector insiste en que el infinito no está en el futuro ni en lo eterno abstracto, sino en el “instante vivido a fondo”. Nos dice, de una manera mucho más vivida que los filósofos en sus pedestales, como Wittgenstein, que el infinito forma parte de “lo que no puede decirse”. En Para no olvidar, un libro que reúne algunas de sus crónicas y apuntes, afirma que “Escribir es usar la palabra como un cebo: la palabra que pesca lo que no es palabra”. Nos dice: “Muchas veces escribir es acordarse de lo que nunca ha existido. ¿Cómo conseguiré saber lo que ni siquiera sé? Así como si me acordase. Con un esfuerzo de memoria, como si yo nunca hubiese nacido. Nunca he nacido, nunca he vivido: pero yo me acuerdo, y ese recuerdo está en carne viva”.
La lectura de Lispector no es “entretenida”, no “pasa muy rápido”, pero te lleva muy adentro. Por cierto, la editorial Siruela está reuniendo toda su obra en una biblioteca con portadas diseñadas por su nieta.
Nuestra consciencia, que ha fabricado ese concepto de lo que ni empieza ni termina, aunque sea algo que no podamos experimentar, tiene hambre de infinito. Seguramente por eso la imaginación, esa arquitecta de la conciencia, levantó la casa de Dios. En el fondo, todo libro aspira a ser infinito, a sobrevivir al momento en que fue escrito y prolongarse en la mente del lector. Lo sabe cualquier lector: cada lectura se conecta con otras lecturas. Desde el inicio de la escritura, un libro lleva a otro, cada tradición literaria se convierte en el regato donde abreva la siguiente, para nutrirse o para escupir lo que entonces les sabe a los nuevos a aguas estancadas, y en esa continuidad sin fin reside la eternidad literaria.
Frente a la limitación de la vida y su decrepitud cochambrosa, el arte intenta parar el tiempo, detener la belleza, la angustia o el asombro del instante que se irá. En la pared de una caverna prehistórica, en un cuadro, en una partitura, en un bloque de mármol, en unas hojas de papel. Esa literatura que trata de atrapar lo inatrapable fracasa siempre, pero el intento está lleno de esperanza.










