Cuentistas. Canon de narrativa breve
Hablamos a menudo de narrativa breve o de relatos… ¡pero son cuentos! Toda la literatura es cuento porque es contada, lo que sucede es que algunos autores necesitan más páginas y otros menos para deshacer el nudo que llevan dentro. En Librújula hemos establecido un canon de narrativa breve, por supuesto, no están todos los que son, podría haber otros nombres, pero esta es nuestra propuesta.

Texto: Antonio Iturbe Ilustración: Hallina Beltrao
Este es un país en el que cuando un escritor publicaba un libro de cuentos, incluso si tenía éxito, los periodistas al entrevistarlo siempre terminaban preguntándole: ¿Vas a escribir una novela? Era una forma de decirle: ¿cuándo vas a escribir algo serio?
Durante décadas aquí se hablaba de “libros de relatos” porque el término “cuento” quedó relegado a las fábulas infantiles. Incluso se usa de manera despectiva cuando uno finge un mal que no tiene o trata de embaucar a alguien: “¡Tiene mucho cuento!”. No ha sucedido así en América latina, donde la palabra cuento se ha referido siempre a las historias breves dirigidas a cualquier edad y se ha tenido en gran valor a sus autores. Julio Cortázar, Horacio Quiroga, Guadalupe Nettel, Onetti, Mariana Enríquez, Borges… No es de extrañar que el panorama de la narrativa breve (y, seguramente, también en la no breve) los autores latinoamericanos lleven la batuta. Muchos de ellos combinan escritura de cuentos y de novelas con toda naturalidad. El Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero, que publica Páginas de Espuma, lo ganó recientemente la escritora colombiana Sofía Balbuena. El pastoso premio AENA eligió en su primera edición como ganadora a otra destacada cuentista como Samantha Schweblin.
Tratar de establecer un canon de autores de la narrativa breve es un divertimento tirando a inútil porque la literatura no se puede medir ni pesar. Pero, ni que sea en representación de todos los que han hecho del cuento un arte, ahí van unos cuantos nombres e incluso algún sin nombre. Podría haber aquí otros nombres, por supuesto. Que cada uno añada los suyos. Todos son bienvenidos cuando se apaga la luz de la realidad, se hace el silencio y empieza la historia.
Anónimos (noche de los tiempos): la literatura nació oral. Resonó en las cavernas mucho antes que la escritura, caldeó las largas noches de la era glacial, dispersó historias en los campamentos nómadas del desierto, mucho antes de que los primeros agricultores hincaran el arado en la tierra, los más modestos contadores de historias sembraron la semilla de la imaginación.
Laotzé (China, siglo VI a.C.): Los estudiosos en sus aburridos congresos andan debatiendo si existió el autor del Tao Te King, que reúne las enseñanzas del Tao, o esa obra es un compendio que reúne muchas sentencias orales. Ante la duda entre la burocracia académica y el mito, siempre el mito: Laotzé va a cruzar la frontera y el desharrapado guardia le echa el alto. El discípulo de Laotzé le indica que es un hombre muy sabio y el guardia de frontera le dice que le dejará pasar si escribe esa sabiduría para que no se pierda. Laotzé accede y se queda una semana en la cabaña del guardián escribiendo esas páginas sapienciales y maravillosas. La sabiduría en la tradición oriental no se enseña con datos y hechos, sino con parábolas y cuentos.
Sherezade (siglo IX, Persia): La contadora interminable nació en los zocos, las cocinas y los lavaderos de la actual Irán, donde se trajinaban, cocinaban y frotaban historias. Era persa pero también corría por sus venas míticas las fábulas sánscritas de la India. Sherezade doblegó la crueldad brutal de la espada con la sensualidad de la imaginación.
Bocaccio (Florencia, 1313): Hizo honor a su apellido (bocazas) y echó sobre el incienso de la Italia de su tiempo una buena ración de pimienta con sus cuentos picantes. Los cuentos de El Decamerón (siete mujeres y tres hombres se reúnen para contar historias) se han hecho célebres por su erotismo, pero también contienen una ácida crítica social contra la corrupción de la Iglesia y una reivindicación de la fuerza del amor en nuestras vidas.
Abuelos (en todas partes, en cualquier época): mi abuelo, tu abuelo, todos los abuelos y abuelas desde que el mundo es mundo, han contado anécdotas, cuentos y batallitas. Un premio Nobel como Saramago decía que el hombre más sabio que había conocido fue su abuelo, Jerónimo Melrinho, un pastor analfabeto que en las noches de verano le contaba leyendas fabulosas. Ana María Matute explicaba que se crio escuchando los cuentos que su abuela le narraba sobre bosques, castillos y magia que serían cruciales en su trayectoria como autora. Gabriel García Márquez reconoció muchas veces que su abuela Tranquilina Iguarán, que le contaba historias de aparecidos y premoniciones, fue su gran inspiración.
Jacob y Wilhelm Grimm (Hesse-Alemania-, 1785): En realidad, eran unos eruditos con poca imaginación pero eran muy tenaces. Y, sobre todo, estaban fascinados por la literatura oral. Reunieron durante décadas historias del folclore popular. Nuestras vidas no habrían sido las mismas sin Caperucita Roja, La cenicienta, La Bella Durmiente o Blancanieves y los siete enanitos.
Hans Christian Andersen (Odense-Dinamarca-, 1805): Con catorce años, huyó con poco dinero a Copenhague dispuesto a hacer fortuna como actor y cantante. No le fue bien en el espectáculo, pero descubrió que tenía un talento natural para las historias. Hay quienes dicen que era “un autor de cuentos infantiles”, de manera despectiva. El Patito feo, La sirenita o El traje del emperador no son cuentos infantiles. Tampoco para adultos. Son historias sin edad.
Edgar Allan Poe (Boston, 1809): Convirtió los cuentos de terror en un arte delicado. El hundimiento de la Casa Usher a Berenice o Los crímenes de la calle Morgue… los lees una vez y nunca los olvidas. Era bipolar, alcohólico, obsesivo. Murió como uno de los personajes de sus cuentos, en extrañísimas circunstancias nunca aclaradas, tras desaparecer varios días en Baltimore y aparecer con una ropa distinta a la que llevaba al desaparecer, agonizando y pidiendo a Dios que se apiadase de su alma.
Guy de Maupassant (Francia, 1850) Escribió más de 300 relatos pese a que murió con 42 años a causa de la sífilis. Decía que “cualquier cosa que se quiere decir solo hay una palabra para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla”. Bola de sebo o la acongojante El Horla demuestran, por si a alguien le quedaba duda, de que no hacen falta cientos de páginas para contar historias que se te clavan en el pecho.
Anton Chejov (Taganrog -Rusia, 1860): Dicen que los cuentos de Chéjov están escritos con una prosa sencilla. Pues que prueben a hacerlo. Hay en la naturalidad de sus historias una mano muy dotada. Si quieren asistir a un curso completo de escritura (y gratis) lean con atención este consejo de Chéjov: «No me digas que la luna está brillando; muéstrame el destello de luz sobre un cristal roto.»
Franz Kafka (Praga, 1883) Escribió tres novelas y una (El castillo) no la terminó (murió muy deprisa), pero escribió muchos cuentos. Aunque El proceso y El castillo son dos cumbres de la literatura, a él el formato que más le gustaba era el del cuento. Escribió en su diario que su ideal de escritura fue La condena, porque se sentó a escribir la primera línea a las diez de la noche y se levantó con el punto final a las seis de la mañana. Una historia que nació, como toda su literatura, de la noche y del insomnio.
Karen Blixen (Rungsted -Dinamarca-, 1885) En su granja en África frente a las colinas de Ngong, tras la cena, susurraba a sus amigos historias que los hipnotizaban. Pero no fue hasta regresar a Dinamarca que, al haber perdido su mundo, empezó a crear otro hecho de cuentos. Cuando Ernest Hemingway recibió el premio Nobel dijo que a quien debían habérselo dado era a Karen Blixen. Por una vez, tenía razón.
Katherine Mansfield (Wellington -Nueva Zelanda-, 1888) Nueva Zelanda se le quedó pequeña y se vino a Europa. El siglo XX le quedaba pequeño. Vivió deprisa, sufrió y gozó, probó todo lo que el amor carnal podía dar y murió a los 34 años de tuberculosis. Sus cuentos tienen una capacidad única para detener el instante. La observación penetrante de la cotidianidad y la manera en que entra y sale de la mente de sus personajes te abre un mundo inesperado como si abriera un melón. A veces, agriado.
Borges (Buenos Aires, 1899) Es uno de los referentes indiscutidos del arte de escribir cuentos, no solo por la originalidad y capacidad de asombrarnos de sus relatos, que hacen que la realidad se abra como una planta carnívora, sino porque nunca quiso escribir novelas. Incluso afirmaba: “Yo creo que el cuento es superior a la novela”. Y añadía: “La idea de un libro absoluto de quinientas páginas me parece menos admirable que la de una página perfecta.”
Julio Cortázar (Bélgica, 1914) En realidad, fue muy poco belga (azares de la vida diplomática de su padre). Le apasionaban Borges y Poe. Comparaba la novela con el cine y el cuento con la fotografía. En lugar de trabajar la estructura, se dedicó a derribar todos los tabiques: realidad y surrealismo, arriba y abajo, realidad y grieta hacia lo extraño. Cortázar no solo escribe los cuentos, a veces él mismo se persona en la trama y se pasea por ellos. Su única norma: si no hay tensión no hay historia.
Alice Munro (Wingham -Canada-, 1931) En el acta de concesión del Premio Nobel de Literatura 2013 se explicaba el galardón por “ser maestra del cuento contemporáneo”. Con ocho años le leyeron La sirenita, de Andersen. El cuento le pareció tan triste que decidió crear su propio final, menos trágico (el relato original no tiene nada que ver con el almíbar empalagoso de la película de Disney). Consideraba que la protagonista tenía derecho a ser feliz. Munro tiene el talento de comprimir vidas enteras y personajes muy complejos en muy pocas páginas.
Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973). Creció entre México y París y siempre se ha sentido errante. Y rara. Una mancha blanca en su ojo derecho que a veces hace que tome vida propia se convirtió en su trauma y su camino hacia adentro. Hay en sus historias una incomodidad contagiosa, cementerios, mujeres que bracean para salir a la superficie, personajes que no encajan, búsquedas que resultan infinitas.










