Las razones por las que el escritor Pedro Menchén opina que leer “La rebelión de las masas” de Ortega y Gasset no tiene sentido en la actualidad.

 

 Texto: Pedro MENCHÉN

 

«¿Vale la pena leer La rebelión de las masas de Ortega y Gasset a la altura del siglo XXI?», se preguntaba Anselmo Sanjuán en un prólogo a dicha obra,[1] y su respuesta era que sí, «la vale». Mi respuesta a tal pregunta, sin embargo, es que no, no vale la pena leer La rebelión de las masas, y ello por dos motivos fundamentales: 1º) Ortega rechaza la democracia, sin la menor ambigüedad, en ese libro y propone como régimen político una especie de estado autocrático; o lo que es lo mismo: el regreso al ancien régime, algo desde luego inaceptable, salvo para esos dictadores que aún quedan en el mundo, y 2º) el filósofo madrileño fundamenta su argumentación en la existencia de «dos clases de criaturas» humanas o dos «clases de hombres», según su propias palabras; o sea, en el hecho de que hay, según él, personas superiores, excelentes, egregias, y personas inferiores, mediocres, sin calidad, que él llama genéricamente «hombres-masa», las primeras son una minoría y deben regir la sociedad (al parecer, sin que nadie las elija, se eligen a sí mismas, pues Ortega no habla en ningún momento de elecciones libre y democráticas), y las segundas, que son «la masa», o sea, la mayoría, deben obedecer y callar, pues ese es su destino, para eso han nacido. Todo esto, aunque parezca increíble, es literal y lo dice Ortega de manera clara y rotunda en su libro. No hay la menor confusión posible sobre eso. Y bien, ¿cómo podría yo recomendar la lectura de un libro de esas características, que reniega de la democracia, define al ser humano de un modo no ya clasista, sino supremacista o racista, y que hace apología, sin el menor pudor, del fascismo?

En 2016, cuando publiqué mi Diario de un escritor frustrado,[2] ante el temor de haber sido demasiado injusto con Ortega por unos comentarios que hacía allí bastante negativos sobre la rebelión de las masas, volví a releer dicho libro pero mi conclusión fue la misma o aún peor, y al final acabé escribiendo Convivir con el enemigo,[3] un ensayo en el que analizo frase a frase, de manera muy meticulosa y exhaustiva, el texto de Ortega, lo cual me obligó a releer tres veces más La rebelión de las masas para empaparme bien de su contenido y saber de qué estaba hablando. Y una vez analizadas las pruebas, mi conclusión es que La rebelión de las masas no es propiamente un libro de filosofía o de sociología, sino un panfleto torpemente escrito con el único propósito de demonizar a las masas, denigrar la democracia y proponer un estado autocrático. O lo que es lo mismo: una dictadura. No se entiende, por tanto, que un libro semejante sea tan respetado y reciba todavía tantos elogios. ¡Y menos aún que se recomiende su lectura en las aulas!

Ya me sorprendía muchísimo que casi medio siglo después de la primera edición de aquel libro, alguien pudiera considerarlo aún, como decía Julián Marías en su prólogo, «uno de los grandes libros de nuestro tiempo», que, «cuando se relee ahora parece que describe y analiza la situación del mundo de hoy –o acaso de mañana–».[4] Ese mañana podría ser 1995, cuando Rafael Soler Medem sigue hablando en el prólogo de otro libro de «la plena vigencia del pensamiento de Ortega» y afirma que «el paso de los años ha subrayado los aciertos del pensamiento de Ortega»[5], o podría ser 2018, cuando Vargas Llosa escribe en La llamada de la tribu que buena parte del pensamiento de Ortega «conserva su vigencia y alcanza en nuestros días notable actualidad», y que «lo demuestra, mejor que nada, La rebelión de las masas», que él considera un «ensayo capital».[6]

Pero ¿cómo puede ser actual y mantener su vigencia todavía en el siglo XXI un libro en el que se rechaza la democracia y se dice que hay dos clases de seres humanos, unos inferiores a otros, y que «la vida creadora sólo es posible» en una situación en que «o mando yo, u obedezco»? Pues ni mandar ni obedecer. Eso se queda para el ejército o las fuerzas policiales. No es la idea que tenemos hoy en día (ni creo que la tuvieran tampoco en 1930) del papel que nos corresponde a los ciudadanos en una sociedad civilizada y moderna. Más que con el derecho a mandar o la obligación de obedecer, nos reconocemos como seres libres y responsables; es decir: con libre albedrío para decidir sobre nuestras vidas como mejor nos plazca, aunque respetando, eso sí, las leyes y los principios democráticos reconocidos en una constitución. «Pero obedecer no es aguantar», puntualiza el filósofo, sino estimar al que manda y seguirlo «con fervor bajo el ondeo de su bandera». Yo creo que Ortega debía de estar pensando, cuando escribió eso, en algún personaje de leyenda como El Cid, Guzmán el Bueno, Cabeza de Vaca, Núñez de Balboa, Hernán Cortés y héroes semejantes.

Esa idea del caudillo que manda con nobleza y justicia y del buen vasallo que obedece con respeto y fervor parece extraída, sin complejos, de los libros de caballerías anteriores al Quijote. No es una idea práctica ni inteligente. No es una idea propia de un pensador serio del siglo XX. Menos aún del siglo XXI.

 

 

 

 

 

[1] RBA, Barcelona, 2004.
[2] Sapere Aude, Oviedo, 2016.
[3] Sapere Aude, Oviedo, 2021.
[4] Prólgo a La rebelión de las masas, Espasa-Calpe, Madrid, 1976, p. 24.
[5] Prólogo a Una apreciación socioeconómica a la Rebelión de las masas, de Javier Casares Ripol. Editorial Dykinson, Madrid, 1995, pp. 9 y 10.
[6] Alfaguara, 2018, pp. 69 y 70.