«Siete perfiles de una Centroeuropa», de Adan Kovacsics

El escritor y traductor Adam Kovacsics dedica siete textos a los autores centroeuropeos: Franz Kafka, Thomas Bernhard, Hugo von Hofmannsthal, Rainer Maria Rilke, Stefan Zweig, Karl Kraus e Ingeborg Bachmann.

De izqda. a dcha: Frank Kafka, Karl Kraus, Hugo von Hofmannsthal, Rainer Maria Rilke, Stefan Zweig, Thomas Bernhard e Ingeborg Bachmann.

Texto: Guillem Borrero

 

¿Por qué hay ciertas épocas que nos fascinan más que otras? ¿Por qué algunos autores nos parecen más representantes de esa época que otros? ¿Por qué solo alguno de esos autores, al hablar irremediablemente anclados a su época, logran elevarse por encima de sus circunstancias y apelar a toda la condición humana?

Creo no estar solo al decir que siempre me ha parecido que los escritores que vivieron los dos conflictos bélicos mundiales, incluyendo el periodo entreguerras, hablan desde una atalaya que, al gozar de unas vistas especialmente privilegiadas sobre los asuntos humanos, les permite alcanzar esa característica de lo clásico que los hace siempre actuales: interpelar también el presente y ayudar a pensarlo de un modo diverso. Afortunada o desafortunadamente, esos autores vivieron a caballo entre -por lo menos- dos mundos; el de hoy y, como diría Zweig, el de ayer. ¿Pero qué pasó para que acabara el primero de ellos? Mientras leemos esos autores, late en cada frase la semilla de la destrucción; el lector siente la vibración en cada palabra, la tierra temblando con el avance de los tanques de combate; hay una inminencia de la catástrofe: estos autores narran, a menudo sin ser conscientes de ello, el paulatino cambio de mundos. Y los periodos de transición son, qué duda cabe, los más interesantes de abordar.

El escritor y traductor Adam Kovacsics ha pergeñado una constelación de siete textos dedicados a una serie de autores unidos por el uso de la lengua alemana, por ser originarios de esa región sin límites exactos llamada Centroeuropa y por estar atravesados, de una manera o de otra, por esa encrucijada histórica tan trágica como fascinante. Aunque la selección incluye nombres que pertenecen al canon occidental (Rilke, Zweig, Kafka), Kovacsics expande su trabajo de índole literaria a escritores no menos meritorios de atención, pero sí algo más periféricos al susodicho canon, tan motivado por los temas de su obra ─cuya relevancia persiste hoy en día, pese a haber transcurrido un siglo─ como por el modo con que los tratan, a veces tan brillantes que siguen alumbrando nuestro presente.

Un ejemplo paradigmático de ello sería el primer autor: el poeta austríaco Hugo von Hofmannsthal, nacido en 1874 y quien en plena Primera Guerra Mundial defendía vehementemente, como única salida a la autodestrucción de la humanidad, la consecución de un ente supranacional (para él, en su época representado imperfectamente por el imperio austrohúngaro) en el que primara un cosmopolitismo con el menor número posible de roces entre las naciones que lo compusieran. Dado su reciente vuelta a la popularidad gracias a nuevas y atractivas ediciones, ya es vox populi que Stefan Zweig también sentía hondamente la pérdida de una Europa similar: la de un lugar, ante todo, de seguridad. A día de hoy, cuando los nacionalismos ─soliviantados entre otras cosas por la presión migratoria y nutridos por discursos tan simplistas que parecen sacados de las cavernas─ vuelven a ir al alza y parece regresar una lógica confrontadora entre bloques mutuamente excluyentes, una idea similar sigue siendo una más que apetecible utopía.

Por supuesto, ambos autores comparten una cierta amnesia ─¿voluntaria?─ de su propio pasado o, al menos, una particular ceguera hacia lo que menos les convenía destacar (como las tremendas diferencias de clase, las lamentables condiciones laborales para la gran mayoría, etc.) y a esa injusta idealización del mundo de ayer, Kovacsics contrapone otros autores que mostraron, más clara o más subrepticiamente, las causas de su desaparición. Nadie es ajeno al hecho de que Kafka vendría a ser el autor que paradigmáticamente mejor mostró la podredumbre -a veces invisible- de las relaciones de poder que vertebraban Europa y, por extensión, las sociedades occidentales, en unas ficciones en las que esos síntomas son llevados al extremo ─y cuya verosimilitud, pese a todo, es espeluznante─ y que nos conciernen tremendamente a día de hoy.

Con similar clarividencia, el también austríaco Karl Kraus acertó en su diagnóstico de la (mala) salud de la prensa de su tiempo: el fetichismo de la imagen, el desprecio de la realidad. Según vemos a través de varios casos denunciados por el autor de la monumental Los últimos días de la humanidad (también publicado por H&O Editorial), ya en los albores del siglo XX la prensa mostraba una falta de ética y una excesiva sed de lectores ─a cualquier precio ─que muchos de nosotros consideraríamos monopolio de los zafios tiempos actuales. ¿Qué diría Kraus del modo en que se crea, distribuye y consume la información actualmente? ¿Cómo calificaría el grado de inhumanidad que fomentan, por decir solo un caso, las redes sociales, por no hablar de las consecuencias en las democracias del uso masivo e indiscriminado de la IA?

Si de Centroeuropa se trataba, no podía faltar el canónico poeta Rainer Maria Rilke, pero en este caso para de él extraer su anacrónico empeño, en tiempos de debacle, por no desistir en libar “apasionadamente la miel de lo visible para acumularla en la gran colmena de oro de lo Invisible”. Es decir, en una época en la que, como Kraus ya apuntaba, solo prima lo que se ve, lo que se percibe, y se menosprecia lo que es, y todavía menos lo que, aun siendo, no se ve, una apuesta como la de Rilke suena al último canto de un tiempo que está a punto de perderse para siempre. Para qué negarlo, si uno es sensible, duele. Y bueno, de ese dolor podemos aferrarnos para seguir manteniendo la esperanza en una humanidad no irremediablemente ciega a los asuntos incuantificables ─parafraseando a su modo a Husserl─ del espíritu.

Por otro lado, la poeta austríaca Ingeborg Bachmann nos concierne por su preocupación acerca del papel de la poesía y, por ende, de la literatura, tras el holocausto nazi. Por su parte, su compromiso queda más que palmario en el abandono de la poesía para enfrascarse en una obra oscura que intenta retratar el origen del fascismo, pero no solo el histórico, sino el individual, encontrándolo en las violentas sociedades patriarcales. Así como en el film La cinta blanca, de Haneke, se plasma descarnadamente, pero sin aspavientos, el insidioso funcionamiento de una sociedad autoritaria y patriarcal en la Alemania prebélica, sugiriendo su papel en la génesis del fascismo, también Bachmann apunta en la misma dirección, incluso llegando a afirmar, como en su día lo hiciera Maquiavelo, que las sociedades siempre están en guerra. Siempre. Solo hay conflicto.

Para cerrar el libro, Kovacsics elige un autor cuya producción literaria empezó en los sesenta, cuando cierta Europa se esforzaba por demostrar haber superado la resaca de la Segunda Guerra Mundial, pero cuyas raíces están indudablemente hundidas en las ruinas del viejo continente: Thomas Bernhard. Sexto austríaco de la selección y autor de célebres novelas tan hoscas como El malogrado, Bernhard encarna el alto e irreparable coste que Europa ha pagado y deberá siempre pagar por su burbujeante conflicto inherente: esa lucha entre el perfeccionista anhelo intelectual, y la innegable bestia, más o menos domesticada, sobre la que todos cabalgamos.

En El vientre de la ballena, Javier Cercas propone dividir a los personajes de las novelas en dos tipos: los de carácter, que funcionan por su personalidad y la fuerza de su voluntad; y los de destino, que interesan por el momento histórico en el que el autor los ubica. Aunque una división así de categórica es más simplista que justa, ¿por qué no ─casi a modo de juego─ ensayamos una división similar para los escritores? A un lado podrían agruparse los que destacan por su genialidad, independientemente de si el trasfondo histórico es convulso o no; y, al otro, tendríamos los autores que les ha tocado vivir tiempos duros, es decir, desafortunadamente más interesantes ─por lo general─ a nivel literario. ¿Dónde ubicaríamos a los autores tratados en Siete perfiles de una Centroeuropa? Pocas veces puede sostenerse algo así: en ambos.