Diez versiones de Kafka

Maïa Hruska publica el ensayo «Diez versiones de Kafka» (Anagrama), donde ahonda en las primeras traducciones de la obra del autor checo y sus traductores. 

Texto: Antonio García

 

Kafka probablemente sea el escritor más emblemático del siglo XX. En él se condensa no solo el Zeitgeist que lo caracteriza, sino que Kafka es también una especie de profeta de su época, y, al tiempo, su mártir. Como repite una y otra vez en su correspondencia, él “es literatura”. No es que escriba, no es que lea: está hecho de literatura; su cuerpo enjuto, su vida rutinaria, son literatura. La tortura, la culpa, el miedo, el absurdo, la confusión, la desposesión de la propia vida, la violencia planificada, la burocracia ciega e implacable, la falta de arraigo, se mezclan en unos textos que, a pesar del paso del tiempo, siguen dejando estupefactos a sus lectores. ¿Qué es esto?, se preguntaba Tucholsky al enfrentarse a la obra del checo. Y nos lo seguimos preguntando.

No es extraño que el volumen de bibliografía kafkiana sea inabarcable. De hecho, sus textos han corrido con frecuencia el riesgo de hundirse bajo el peso excesivo de tantos intérpretes dedicados a desentrañar sus misterios, a aclarar sus contradicciones, a explicar su sentido profundo. Era inevitable. Kafka es demasiado jugoso como para dejar de roer sus huesos hasta el tuétano. Apenas conocido en su época, la sensata traición de Max Brod permitió proyectar su inclasificable obra a un futuro ávido de teorías y digresiones; a un futuro en el que brillaba el marxismo y el psicoanálisis, a un futuro aún más lejano en el que el estructuralismo elevaba la teoría hasta pulverizar a los hombres; a unos tiempos brutales, violentos, que parecían hacer inviable la poesía, pero que reclamaban literatura, una literatura esquiva, alucinada, casi incomprensible pero fascinante, lúcida, exacta. Y Kafka era, precisamente, esa “literatura”.

Maïa Hruska, nacida en una familia franco-checa, educada en Alemania antes de instalarse en Londres, comparte con Franz Kafka esa diversidad cultural y lingüística, y esa similitud probablemente la haya llevado al acierto primero de su obra: escoger un tema relativamente poco explorado de un autor al que se ha analizado de forma exhaustiva, minuciosa, prolija hasta la obsesión. Y el tema es el de sus traductores, el de algunos de sus primeros traductores. El elenco es apabullante: Borges, Primo Levi, Paul Celan, Bruno Schulz, entre otros, sintieron la llamada del checo y se empeñaron en hacerle hablar una nueva lengua; en interpretar su obra siendo fieles pero distintos. Buscando un lugar común, un entendimiento privilegiado, una forma diferente de decir lo mismo, o, quién sabe, la misma forma de expresar algo diferente, más rico, mejor.  Por ello no es extraño que Hruska titule los capítulos: “Kafka y Eugene Jolas”, “Kafka y Melech Ravitch”, “Kafka y Alexandre Vialatte” o “Kafka y Milena Jesenská”. Porque no se trata tan solo de explorar cómo se vertió a otro idioma la obra del checo, sino de relacionar a dos personajes autónomos, independientes, valiosos, que se unen de una forma privilegiada, fecunda, nueva. Unas figuras a las que la autora dedica una exquisita atención, en un ensayo inteligente y profundo, en el que la erudición es un delicioso entretenimiento que obliga a mantener la curiosidad en cada una de las páginas del libro. Otro de los aciertos innegables es la habilidad de Hruska para alternar el pensamiento, de la mano de Benjamin, por ejemplo, y su teoría de la traducción, con las interesantísimas peripecias vitales de los escritores que asumieron, por primera vez en su lengua, la responsabilidad de traducir a Kafka. Del Borges devorador de libros que, ya ciego, recorre los pasillos de la Biblioteca Nacional de Argentina, de la que es responsable, con la soltura y ligereza de un bailarín, al aciago destino del oscuro y fascinante Bruno Schulz, asesinado de dos disparos en la nuca el 19 de noviembre de 1942, cuando por fin creía que iba a poder escapar de Drohóbych, por un miembro de las SS, Karl Günter.  En realidad quería ajustarle las cuentas a otro oficial de las SS,  Feliks Landau, quien “protegía” a Schulz mientras decoraba la habitación de su hijo pequeño, y la víspera había matado a su Leibjude, un dentista que atendía a Günter. “Un judío por otro”. Algo espantosamente kafkiano, por otra parte.

Quizá sea exagerado decir que la traducción de Kafka a Primo Levi le costó la vida, pero algo tuvo que ver. Si bien el checo no era un autor que despertase las simpatías del italiano, lo cierto es que se comprometió a darle su primera voz en su idioma. Y lo cierto, igualmente, es que, poco después de entregar su trabajo, se arrojó desde el tercer piso por la escalera en espiral  de su apartamento turinés. Kafka fue demasiado para él. “Mis defensas se desplomaron al traducirlo”, confesó. Y es que el escritor checo nunca deja indiferente. Algo tenían en común, estima Hruska, todos estos primeros traductores de Kafka y los propios personajes de sus ficciones, ya fueran Josef K, al agrimensor, Gregor Samsa, o Karl Rossmann, el trapecista. Y es que todos habían sido, alguna vez, arrancados del espacio que hasta entonces “alimentaba su relación con la lengua y con los demás”. Ese desarraigo, esa ruptura que nos deja a la intemperie, perplejos y atentos, expectantes, es lo que atraía a sus traductores y es lo que, hoy, sigue atrayéndonos de Kafka. Como una fuerza gravitatoria que no comprendemos pero nos obliga a seguirla. De esa relación y de ese espacio, que nos une y nos aparta, a un tiempo, de los demás, lo que la autora llama el pocoj, ese lugar que remite a una localización pero también a una disposición, a una capacidad de decir no, de no ser molestado; al lugar psíquico “que uno lleva consigo para desplegarlo en otro sitio”, es de lo que, en definitiva,  trata este estupendo y sugerente ensayo. De Kafka, por supuesto: de la literatura y la vida. De las palabras y de lo que podemos decir con ellas.