En «La última voz. Roy J. Glauber y el inicio de la era atómica», José Ignacio Latorre y María Teresa Soto-Sanfiel cuentan la historia del Premio Nobel en Física Roy Jay Glauber y de su estancia en los Álamos donde participó en la creación de la bomba atómica.

Texto: David VALIENTE  

 

Todo comenzó con un mojito. El Premio Nobel de Física Roy Jay Glauber asistió a un congreso en Benasque (Huesca), al que casualmente también acudió José Ignacio Latorre, catedrático de Física Teórica de la Universidad de Barcelona, director del Center for Quantum Technologies de Singapur e investigador jefe del Quantum Research Center en Abu Dhabi. “Se puso a contar batallitas espectaculares sobre el Proyecto Manhattan y los científicos que participaron en él”. A José Ignacio le resultó extraño que conociera tantos detalles: “Le pregunté por qué sabía tanto, su respuesta fue sorprendente: me dijo que fue miembro del Proyecto Manhattan”. Ingresó a los 18 cuando cursaba tercero de carrera y su primer año de doctorado. “Le dije a María Teresa que debíamos grabarle y hacer un documental”.

De una concatenación de coincidencias inexplicables para la ciencia nació La última voz. Roy J. Glauber y el inicio de la era atómica (Editorial Ariel), escrito por el físico y por María Teresa Soto-Sanfiel, doctora en ciencias de la comunicación e investigadora principal del Center for Trusted Internet and Community. El libro cuenta la historia del Premio Nobel en Física Roy Jay Glauber y de su estancia en los Álamos donde participó en la creación de la bomba atómica. “Hicimos cálculos y nos dimos cuenta que posiblemente Glauber era el último miembro del proyecto Manhattan vivo”, asegura María Teresa. “La casualidad estuvo en todo momento de nuestro lado”.

Comenzaron a grabarlo en un plano fijo con tal grado de improvisación que ni el camarógrafo sabía emplear la cámara. Justo cuando terminaron esta primera grabación, el archivo de los Álamos liberó imágenes inéditas, que cedieron a los dos profesores. “Primero hicimos un documental de 37 minutos por el que se interesó la Televisión de Catalunya; pero, casualidades de la vida, nos encontramos con Glauber en Singapur, y nos ayudó a pulir el documental”. En cada nuevo encuentro que tuvieron, el Premio Nobel prestaba su imagen y su voz para desvelar nuevas informaciones desconocidas por el público. Tiempo después, “los de Moonrise Pictures vieron el documental y nos pidieron que ampliáramos su duración, querían introducirlo en el mercado internacional”.

Concluyeron el documental en el 2015. Desde entonces ha visto la luz en multitud de festivales y exposiciones de países de todo el mundo, Francia, Haití, Japón, Estados Unidos. “Mucha gente ha visualizado nuestro documental y muchas otras personas nos han insistido en que lo pongamos por escrito. Pero, desgraciadamente, el proyecto quedó paralizado en 2018 por la muerte del protagonista a la edad de 93 años”, lamenta José Ignacio. Sin embargo, en 2020 reiniciaron el proyecto por “culpa” de una cuarentena de 14 días en Singapur debido a la pandemia; se pusieron en marcha y realizaron el manuscrito. “Otra casualidad de la vida, el libro estaba en edición cuando comenzaron las hostilidades en Ucrania”, asegura María Teresa.

Los dos autores conocieron en persona al Premio Nobel, y dicen de él que era una persona extraordinaria, de esas que solo el mundo tiene el placer de conocer una vez cada muchos siglos porque se van sin hacer ruido ni recibir honores fúnebres de ningún tipo. “Era una presencia imponente, muy educado y articulado- recuerda José Ignacio-. Hablaba con extrema perfección. Nunca decía frivolidades, medía mucho sus palabras cuando hablábamos de las cuestiones éticas relacionadas con la bomba, esquivando cualquier banalidad, y siempre desde la cordialidad y la proximidad, sin titubeos arrogantes. Fue un privilegio conocerlo, sin duda”. “A mí me impresionaba su comedimiento- prosigue María Teresa recordando al Premio Nobel-. Nunca daba una opinión a la ligera. Además, la primera vez que me encontré con él, me impresionó lo mayor y lo alto que era. Iba acompañado de su novia, que tenía similares características físicas. Ambos eran elegantes. A pesar de su avanzada edad se negaba a recibir cualquier tipo de condescendencia”.

Arranca los Álamos…

…pero nunca lo hubiera hecho sin los descubrimientos de Elisa Meitner, quien se hizo eco de la capacidad del átomo de fisionar. “Los papers con sus descubrimientos se publicaron, los científicos solo debían ser creativos y capaces de extrapolar la realidad física a la construcción de un arma mucho más potente”, asegura María Teresa. En el Proyecto Manhattan participaron científicos de todos los rincones del planeta donde la ciencia estuviera en progreso, “a excepción de una serie de investigadores que lejos de lo dicho decidieron quedarse en Alemania y colaborar con los nazis”. Entre ellos se encontraba el mejor científico del momento Werner Heisenberg. “Había pavor y desazón por el futuro. El grupo de los Álamos deseaba conseguir la bomba antes que los científicos que se habían quedado en Alemania”, advierte José Ignacio.

Los soviéticos olían que algo trascendental sucedía en Estados Unidos, tal vez la fabricación del arma más destructiva inventada por el hombre. Esa tecnología sería empleada por los EE.UU. para establecer un nuevo orden mundial, que desafiaría a los soviéticos en sus intentos de establecer el suyo propio. En las Conferencias de Postsdam y Yalta esta disposición por las dos partes de combatir ya se veía más que clara. “No sabían en cuantos años los soviéticos conseguirían la bomba, hay quienes decían que con la ayuda del espionaje en unos cuatro años la tendrían lista”. Y así fue; con la ayuda de espías, la URSS obtuvo su bomba atómica en 1949, cuatro años después de que el gran hongo sobrevolara los cielos de Nuevo México.

En los Álamos hubo dos científicos al servicio de los soviéticos; el más importante de ellos por la información que filtró al dudoso aliado se llamaba Klaus Fuchs. Por suerte para él, las autoridades no le descubrieron, y pudo abandonar el Oeste de Estados Unidos y desarrollar su carrera en Alemania con gran éxito. “Las medidas de seguridad eran muy primitivas, una verja y poco más”, asegura José Ignacio. “Bueno, también les controlaban las cámaras de fotos y les revisaban las cartas que entraban y salían del complejo”, matiza María Teresa.

A pesar de la importancia y del secretismo del proyecto, la vida en los Álamos era “romántica e idílica”, según les contó Glauber. Tras su jornada laboral, los miembros del equipo disfrutaban de diversas actividades relacionadas con el deporte o la cultura: caminaban por las hermosas montañas, montaban en bicicleta, leían grandes cantidades de libros, visualizaban películas y hasta había un coro al que Roy prestó su voz. “Enviaron un pastor protestante que solo se dedicaba a jugar al fútbol”, dice María Teresa. Una vez por semana tenían permiso para salir del recinto. Con su ínfimo sueldo tan solo podían comer en un restaurante chino barato y beber cerveza de mayor graduación alcohólica de la que servían en los Álamos.

Pero este Edén terrenal se transformaba en ocasiones en un purgatorio por culpa del establishment militar que chocaba de frente con las exigencias comunicativas de la ciencia: “Las fricciones tuvieron su origen en el secretismo militar; los científicos necesitamos comunicar entre nosotros los avances, pero la política de los militares era que cada individuo trabajase en lo suyo sin abrir la boca”, asegura el autor. Los científicos pidieron al general Leslei Groves la organización de una serie de seminarios semanales en los que pudieran transmitir al grupo entero los descubrimientos; el alto mando no pudo hacer otra cosa que aceptar sus exigencias. “Sin duda, los seminarios permitieron que las cosas fueran fluidas”.

Llegó el día de la prueba (y los remordimientos)

Se generó mucha expectación. No todos fueron invitados a la Prueba Trinity, algunos como Glauber, científicos jóvenes y de rango inferior, tuvieron que contemplar el resultado de sus esfuerzos desde un burladero muy lejano. “De pronto una nube tremenda surgió- Teresa mueve las manos mientras lo explica-. En ese instante, Roy J. Glauber sintió una fuerte conmoción materializada en un gran silencio que duraría un mes”. Acababan de descubrir que el sueño de la razón produce pesadillas y monstruos.

  • ¿Hubo remordimientos?

José Ignacio: Por supuesto que los hubo, aunque no todos compartieron ese sentimiento. Ya con el fin de la guerra en Europa, algunos científicos se plantearon si tenía sentido continuar con el proyecto, los nazis habían capitulado, y no iban a crear ninguna bomba. Sin embargo, continuaron porque querían descubrir si iba a funcionar. Pero tras ver los resultados se produce una división entre quienes toman una actitud pacifista, como Oppenheimer, y quienes lo justifican y lo ven con buenos ojos. Uno de ellos fue Edward Teller, quien dirigió el posterior proyecto de la bomba de hidrógeno. Científicos como él defendían que el armamento nuclear no produjo ni el 1% de los 70 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial y terminó con la guerra en el acto. Además, aseguran, los 70 años de paz que hubo en Europa fueron gracias a las armas nucleares. Glauber no quería que nos perdiéramos en trivialidades, no se ha demostrado que en términos absolutos la bomba nuclear fuera peor que los bombardeos de Dresde, únicamente las armas atómicas son más espectaculares y el efecto neto a largo plazo ha sido la disuasión y la paz. En los tours que hemos hecho con el documental nos encontramos a gente con argumentos muy fuertes a favor del uso de la bomba atómica, incluso en Japón.

María Teresa: A favor del lanzamiento de esas bombas en particular y en ese momento concreto de la historia. Estas personas observan las variables del momento histórico. La bomba atómica ayudó a finalizar la guerra, pues Japón no estaba dispuesto a rendirse y dentro de las filas americanas y británicas habían muerto muchos jóvenes.

José Ignacio: Glauber defendió a muerte que la demostración del poder militar se debía haber hecho en alguna isla desierta, sin matar a gente. Al igual que criticó lo ridículo que fue lanzar la segunda bomba. Pero los militares querían una demostración real, con muertos.

María Teresa: La cuestión era mostrar al mundo que tenían la bomba y estaban dispuestos a usarla sin titubeos. Haberla tirado en una isla desierta en vez de en humanos hubiera demostrado al rival debilidad.

José Ignacio: Por esta razón, Roy abandonó el Proyecto Manhattan y no quiso saber nada más del asunto. Siempre defendió que no se deben juzgar actos como el ocurrido en Hiroshima con los ojos de hoy. Debemos ponernos en el verano de 1945, como bien ha dicho María: los japoneses estaban enloquecidos, solo estaban dispuestos a rendirse cuando hubieran salvado el honor del país, y eso solo sería posible con la muerte del 75% de los japoneses. Por otro lado, Rusia vio en los momentos finales de la guerra una oportunidad para invadir Japón y controlar el este del globo terráqueo, por eso declaró la guerra a los nipones el mismo día del lanzamiento de Nagasaki. A los americanos les daba mucho miedo esto, ambos bandos estaban dispuestos a confrontar el uno al otro. Los Estados Unidos mostraron su capacidad armamentística para avisar a los soviéticos de que contaban con una poderosa arma. Ahí se inició la Guerra Fría.

  • José Ignacio, has dicho antes que Robert Oppenheimer, jefe del Proyecto Manhattan, se arrepintió de haber creado la bomba, llegó a decir que sus manos estaban manchadas de sangre. ¿El arrepentimiento supuso su defenestración?

José Ignacio: La razón de fondo fue que se opuso al desarrollo de la bomba de hidrógeno, y los altos estamentos de los Estados Unidos nunca aceptaron su negativa, ya que estaba en juego la política armamentística del país. Solo pudieron acabar con su prestigio atacándolo personalmente, algo que no era muy difícil debido a su arrogancia. Le sometieron a una serie de audiencias y le acusaron de mal patriota, de persona poco fiable que no debía tener ninguna información científica del Estado. Lewis Strauss orquestó toda esta trama por la envidia que tenía a Oppenheimer. Desde luego eran la noche y el día: Oppenheimer era un hombre culto, hablaba varios idiomas y leía sánscrito; en cambio Strauss no era muy brillante, la envidia le carcomía por dentro. Strauss sacó los trapos sucios a Oppenheimer, llegó a decir que simpatizaba con el comunismo, la peor acusación que te podían hacer en los EE.UU. de finales de la guerra.

  • ¿Pero nunca lo hizo?

José Ignacio: Qué va. En su juventud donó dinero para la causa comunista, pero poco más. Su hermano, físico también, sí estuvo afiliado al partido comunista al igual que su exnovia. Robert ya no tenía ninguna conexión con el comunismo. Además, Groves conocía el tonteo de Oppenheimer en su juventud con el comunismo, y no le dio la menor importancia.

María Teresa: Fue una historia familiar muy triste. Su mujer era alcohólica, la hija se suicidó y el hijo se retiró del mundo para dedicarse a la carpintería.

José Ignacio: Aunque Kennedy lo rehabilitó entregándole el Premio Enrico Fermi, Oppenheimer pasó sus últimos años desilusionado del mundo. Le nombraron director del Institute for Advanced Study, aunque solamente ocupó el puesto 13 años más; murió de un cáncer de garganta, fumaba como un carretero. Solo encontró cierta paz en la navegación y el amor por la mar. Su hija se quitó la vida delante del mar que tanto amó su padre. Estados Unidos es el país de las oportunidades, te puedes convertir en un dios y dejar de serlo de la noche a la mañana. Hay tanta emoción en verlos subir como caer.

Descubriendo el verdadero potencial de las bombas

Los científicos resolvieron todas sus dudas respecto a la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. “El átomo- explica José Ignacio- se descomponen en neutrones, que inciden sobre otro átomo y lo descompone, así sucesivamente generando una reacción en cadena”. Para que este fenómeno de la física se produzca se requiere de la masa crítica, es decir, “que los átomos estén lo suficientemente cerca para que el neutrón impacte en otros átomos que también se descompongan”, y se junte en un tiempo más rápido que el de la propia reacción en cadena para que los átomos no se dispersen. “No sabían con exactitud que el uranio requiere de un milisegundo y el plutonio un microsegundo”. La primera bomba lanzada en Hiroshima se componía de uranio, “pero disponían de muy poco de este material. Por eso la lanzada en Nagasaki era de plutonio, al igual que la tercera que iba a ser lanzada en Tokio”. La bomba que se probó en Trinity generó 80 divisiones- o lo que es lo mismo 2 a la 80-, “si hubiera generado una división más la energía emitida hubiera sido el doble, mientras que con una división menos, la capacidad energética habría llegado a la mitad”. La bomba de Trinity generó 20 kilotones.

Sin embargo, no todas las dudas fueron resueltas en el momento de la explosión de Trinity: “La gran duda era cuánta radiación gamma era capaz de generar”. Este tipo de radiación es capaz de matar las células y alterar el ADN generando mutaciones. “¿Cuánta radiación gamma iba a producir? Esa era la pregunta que pretendían responder los científicos de los Álamos”. Tras el lanzamiento en Hiroshima y Nagasaki se enviaron varias comisiones para que inspeccionaran los daños, asegura María Teresa: “La opinión pública tardó mucho en conocer los daños humanos causados por las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Se enviaron comisiones militares y científicas para obtener datos, pero en realidad Japón tardó mucho tiempo en poder contabilizar sus víctimas”.

  • La visita de Barack Obama en 2016 a Hiroshima fue muy criticada porque no pidió perdón por el lanzamiento de las bombas atómicas, ¿lo debería de haber hecho?

José Ignacio: Hay algo de irracional en pedir a un mandatario que se disculpe por algo que sucedió hace muchos años. Por supuesto, las personas tenemos deberes morales, pero rendir cuentas después de tantos años cuando muchas personas que lo vivieron ya están muertas… Entiendo, por ejemplo, que Alemania pagara una pensión a las personas que sobrevivieron a los campos de concentración. Los perdones y los actos compensatorios se deberían pedir con las personas vivas, una vez muertas no tiene mucho sentido.

María Teresa: Estoy completamente de acuerdo contigo, José Ignacio. Deberíamos sacar lecciones, aprender que la violencia no conduce a ninguna parte. El resto son posturas maniqueas, que descuidan el contexto histórico. Aprendamos del pasado y no cometamos los mismos errores. Unido a la disuasión está el dolor que causó la Segunda Guerra Mundial, muy presente en las precauciones que hoy tanto Rusia como la Unión Europea toman en el escenario ucraniano. En 1939, a los dos días de que Hitler atacara Danzing, Francia y Reino Unido declararon la guerra a los nazis; lo mismo se podría haber hecho el 24 de febrero cuando Putin violó la legalidad internacional, pero no se hizo y seguramente no se haga porque los dos bandos disponen de armas muy potentes, y en la escalada del conflicto cualquiera de los bandos puede apretar el botón.

  • Entonces, ¿la bomba atómica marca los tiempos de la invasión en Ucrania?

José Ignacio: Sin duda. Si no hubieran existido las armas nucleares el despliegue militar de Putin hubiera sido mucho mayor. Lo que ha impedido que no haya utilizado todavía armas químicas son los misiles que apuntan directamente hacia el Kremlin. En la actualidad jugamos a un juego muy delicado, la escalada en el conflicto puede significar que París deje de ser París y se convierta en una mole de fuego. Aquí, en Dubái, acabo de concluir una reunión con los inversores rusos y les he preguntado cómo están viviendo en Rusia la guerra. Mi receptor dejó Rusia hace un año, pero hace dos semanas estuvo en Moscú, y me dijo que el 60% de los rusos están a favor de la guerra. La desinformación en el país es absoluta y aún las sanciones no han repercutido del todo en la economía porque tardarán un tiempo en hacer todo el efecto, aunque tanto la capa educada del país como el capital se marchan. Putin cuenta con el apoyo de una parte importante de la población, que considera “la operación especial” como la única alternativa de recuperar el honor perdido en los años 90. Este señor que ahora está en el Kremlin se la está jugando aun sabiendo que hay un límite a todo lo que hace.

María Teresa: Hoy contamos con armas muy sofisticadas que tampoco tienen que atentar contra nuestro bienestar físico. Las guerras son distintas, se recurre a las Fake News para matar el espíritu y el libre pensamiento de las personas.