Para doctorarse, sírvase aprender a leer primero

Texto: Nahir Gutiérrez

 

Esta página iba a versar sobre otro tema, pero el algoritmo me conoce y sabe a qué voy a ser incapaz de resistirme. Así que, cuando me llega un artículo de The Times según el cual varias universidades están reformulando sus grados de literatura para adaptarse al problema creciente de que los estudiantes llegan a la carrera sin hábito de “lectura sostenida”, caigo entregada. La lectura sostenida no es otra cosa que LEER UN RATO LARGO. Qué empeño este en poner nombres sofisticados a la verborrea de siempre.

Estudiar Literatura consistía, esencialmente, en leer literatura. Novelas largas, además. De esas que no traían gifs, ni tráilers, ni una playlist en Spotify para “acompañar la experiencia”. Pero las universidades, siempre atentas al pulso de los tiempos —y a la caída de matrículas— han decidido intervenir: han introducido cursos de “resistencia lectora”, flexibilizado los formatos de evaluación y ampliado el canon “hacia formas culturales más cercanas a los intereses de los jóvenes”. Innecesario traducir estas tres cosas a verbo llano.

El concepto estrella es la “resistencia lectora”, que suena entre entrenamiento militar y terapia de grupo. Al parecer, enfrentarse a una novela de 300 páginas requiere hoy de una preparación similar a la de correr una media maratón: hidratación, acompañamiento emocional y, si es posible, capítulos cortos.

¿Qué leer libros se hace cuesta arriba? Pues se ofrece la opción de analizarlos sin leerlos del todo; o de diseñar su cubierta, hacer un pódcast o proponer un pitch, como si fueran una serie de Netflix. Dickens, de vivir hoy, sería evaluado por su potencial transmedia.

El canon también se ha… democratizado. Junto a Shakespeare conviven ahora videojuegos, zines (ya; antes lo llamábamos magazines o fanzines, pero más de lo mismo) y, con suerte, algún texto que supere las diez páginas sin emojis. Todo sea por conectar con el alumnado, educado al fin y al cabo en la noble tradición de consumir contenido en fragmentos de quince segundos.

Y, sin embargo, hubo un tiempo en que la solución a la dispersión no era rediseñar la experiencia, sino asumir cierta incomodidad. Mucho antes de los coaches y de las morning routines virales, algunas figuras históricas practicaban sus propios rituales para dar dirección a sus días, no tanto buscando rendimiento sino coherencia interior. Rutinas a modo de palanca psicológica.

Benjamin Franklin, por ejemplo, dedicaba cada mañana una hora a trabajar desnudo frente a una ventana abierta —lo llamaba su “baño de aire frío”— con la idea de fortalecer cuerpo y espíritu.

Beethoven contaba los granos de café que ponía en su taza: la taza perfecta constaba de sesenta, ni uno más ni uno menos. En la Viena del XIX el café era poco menos que un lujo, pero para Ludwig era algo más: una forma de imponer orden al mundo antes de empezar a componer.

El emperador Marco Aurelio, por lo que parece, detestaba madrugar —no tanto por pereza como por insomnio crónico—, de modo que se repitió un mantra hasta creérselo: “Me levanto para cumplir la obra de un hombre”. Y, a tenor de los hechos, le funcionó.

La pintora Georgia O’Keeffe veía amanecer desde la cama y salía de inmediato a dejarse empapar por la naturaleza antes de ponerse a pintar; intuía, con acierto, que a su creatividad la alimentaba el entorno.

En fin. Lo más fascinante, sin embargo, no es que haya que enseñar a leer, sino que haya que convencer de que merece la pena hacerlo. Antes, los profesores impartían conocimiento; ahora, por lo visto, deben persuadir. Explicar por qué leer algo que no apetece —es decir, casi todo lo que merece la pena— podría tener algún valor. Y la cuestión no es que los estudian tes de literatura lean peor que los demás; es que son los únicos a los que todavía se les exige leer de verdad.

Aún no hemos entendido que ni siquiera es importante cuántos libros se lean, sino cuántos logran atravesarnos.