Dos ensayos, una familia caníbal, un «hipster», un sueco facha y litros de vodka conforman algunas de las novedades en literatura de humor.

Detalle de la ilustración de Hallina Belträo publicada en la revista Librújula nº 40

 

Texto: Carlos LURIA  Ilustración: Hallina BELTRÂO

 

 

Pese a que, entre pitos y flautas, llevamos una buena temporada encima, existe un paradójico desequilibrio entre la necesidad acuciante de reírnos y la escasa producción literaria de humor. La última vez que el abajo firmante se rio a gusto con un libro (Paulo Coelho no cuenta) fue con El Pentateuco de Isaacy de eso hace cinco años. Original del búlgaro sefardí Angel Wagenstein y publicada por Libros del Asteroide, la novela narra la azarosa vida de un judío centroeuropeo durante el siglo XX, y su lectura explica por qué tan pocos autores tienen la osadía de enfrentarse al humor: porque es endemoniadamente difícil. No hablamos de narraciones en las que la comicidad asome la cabeza (por poner un ejemplo: Jesús Moncada, que en diciembre celebraría su octogésimo aniversario, hace sonreír muchas veces en el maravilloso Camí de Sirga/Camino de Sirga); hablamos de narraciones netamente de género. Lo mejor que le puede pasar a un cruasán, para entendernos.

A esa extrema dificultad de hacer reír se refiere el ensayista y crítico literario inglés Terry Eagleton en su último y esperado ensayo, Humor, que acaba de publicar Taurus. “La risa raramente es cosa de risa”, escribe Eagleton, y pone el ejemplo del paciente que acude a la consulta del médico:

—¿Cuánto tiempo de vida me queda, doctor?

—Diez.

—Vaya. ¿Diez años, diez meses, diez días?

—No, no. Diez, nueve, ocho, siete…

Has sonreído, ¿a que sí? Ahora bien, ¿qué te ha hecho gracia? ¿Que un tipo se vaya a morir? ¿Que tú no seas ese tipo? Técnicamente, el chiste funciona porque se rompe la lógica interna del texto: cuando uno espera que “diez” siga siendo un adjetivo cardinal, se convierte en un sustantivo cardinal. Y adiós paciente. Pero, más allá, en el terreno de la arquitectura moral, el humor es complejo porque lleva consigo una potente carga de profundidad. De nuevo Eagleton: “Lo cómico plantea una amenaza al poder soberano no solo por su propensión a la anarquía, sino también porque resta importancia a cuestiones trascendentales como el sufrimiento o la muerte, disminuyendo así la fuerza de algunas sanciones judiciales que las clases gobernantes tienden a sacarse de la manga”. Dicho de otro modo: para que sea trascendente, el humor debe contener una buena dosis de drama. Reírnos de la muerte (o de cualquier otra desgracia) nos ayuda a bajarle los humos a la muerte (o a cualquier otra desgracia). Siempre que James Bond está a punto de ser asesinado, suelta una bromita que saca de sus casillas a su archienemigo y así le derrota moralmente. Ese es el efecto universal del humor, y funciona igual con el Doctor No, con Goldfinger o con Santiago Abascal.

Volviendo a Eagleton, en su libro realiza un sesudo (demasiado sesudo) recorrido sobre la comicidad desde la cejijunta Edad Media al presente post-Covid, con especial (demasiado especial) atención a las Islas Británicas. El recorrido está trufado de humor inglés, que a veces se pilla y a veces no. Aun así, resultan interesantes algunas conclusiones: por ejemplo, que nuestra sociedad cada vez es menos dada a la comicidad debido al creciente fanatismo incrustado en la política.

El ensayo de Eagleton coincide con otro no menos esperado, y que en este caso estudia el humor sobre once escenarios concretos. Se trata de La risa caníbal (Alpha Decay) y está firmado por el escritor y traductor Andrés Barba. En realidad se trata de la segunda edición, revisada y ampliada, del libro del mismo título publicado en 2015. Barba no es, como Eagleton, un teórico de la literatura, y tal vez por ello su libro se permite romper las costuras académicas: “La primera pregunta sobre la risa —escribe Barba— debería ser la misma que ante una idea: la de si es o no legítima. Esto es lo que se propone este breve tratado”. No es una pregunta baladí: ha sido abordada durante siglos por decenas de filósofos, entre los que cabría destacar el imprescindible ensayo de Henri Bergson publicado en 1899 La risa. Ensayo sobre el significado de la comicidad.

Fiel a su propuesta, Barba analiza con mucha agudeza momentos estelares de la humanidad que ríe, desde las dos veces en que Hitler vio El gran dictador hasta la vida privada de los cómicos (tremenda la descripción de un deprimido y alcoholizado Buster Keaton escribiendo gags para Groucho Marx), pasando por una visita al pensamiento cínico, a la stand-up feminista o a las payasadas del presidente George Bush, el tipo más poderoso y más idiota del planeta desde 2001 hasta 2009. Es irresistible la tentación de plasmar algunas de las barbaridades de Bush: “Una de las mejores cosas de los libros es que a veces uno encuentra en ellos magníficas ilustraciones”; “no creo que alguien como Osama Bin Laden pueda entender jamás la alegría del Hannukkah”; “la forma más eficaz de encontrar a un terrorista que está escondido en un agujero es saber dónde está ese agujero”; y la mejor, en una conversación en 2001 con el presidente Cardoso: “¿Y ustedes aquí también tienen negros?”.

(Paréntesis: uno se ríe mucho con las tonterías de Bush, pero se le congela la sonrisa cuando recuerda que Donald Trump dijo en 2005 aquello de “si eres famoso puedes coger a las mujeres por el coño” y obtuvo el 53 por ciento del voto femenino).

A este lector le han interesado especialmente dos capítulos de La risa caníbal: por un lado, el dedicado al chiste religioso, donde el autor radiografía la difícil convivencia entre religión y humor y analiza el más que reciente (y sangriento) debate entre la libertad de expresión y el respeto a religiones monoteístas que, como la musulmana, prohíben la representación gráfica de Dios. Y, por otro, el capítulo dedicado al humor después del atentado contra las Torres Gemelas.

Una anécdota que ilustra la difícil tesitura en la que se movió la comedia tras la catástrofe. Pocas semanas después del 11 de septiembre, el cómico Gilbert Gottfried hizo un monólogo durante una cena de homenaje a Hugh Hefner, el magnate de Playboy: “Tengo que volar a Los Ángeles esta noche —dijo Gottfried—. No he podido conseguir un vuelo directo, pero hay uno que hace escala en el Empire State Building”. En ese momento, uno de los asistentes a la gala, sentado a la misma mesa que Hefner, se levantó y gritó al cómico: ¡Demasiado pronto!

Ensayos aparte, hay cuatro novedades interesantes en el género. Habrá que insistir en que las cifras de la literatura de humor no resisten la comparación con las de géneros como la novela histórica, por ejemplo, del que se publican varios billones de títulos por día (de los que un par merecen la pena). La primera novedad viene de Rusia: Blackie Books publica El jardinero de Ochákov, la última novela de uno de los narradores rusos más exitosos, Andrei Kurkov. La novela narra con acidez y humor el viaje en el tiempo hasta los soviéticos años cincuenta de un apático chaval, y tiene un ligero tono a lo Mark Twain en que las aguas del Mississipi se han sustituido por vodka. Por otro lado, Daniel Gascón ha publicado la segunda entrega de su célebre Un hipster en la España vacía, cuyos derechos, por cierto, ha comprado la plataforma Netflix. La novela se titula La muerte del hipster (Random House) y tiene como marco temporal la huida de los urbanitas de la ciudad a causa de la epidemia de Covid. Hará las delicias de quienes se rieron con las aventuras esperpénticas y delirantes de Enrique Notivol, entre los que el arriba firmante no se cuenta. Una dulce venganza (Salamandra) es la quinta novela del padre del abuelo que saltó por la ventana y se largó y que más adelante volvió para salvar al mundo: el sueco Jonas Jonasson. En esta ocasión, Jonasson presenta las andanzas de Víctor, un ultraderechista, machista y francamente deplorable ciudadano medio sueco que levanta la herencia a un rico galerista y abandona al hijo negro de este en un poblado masái. Y de ahí la venganza, que el autor narra con buen pulso y un cierto tono British. La cuarta novedad nos llega de la mano de un judío. Así que punto y aparte.

El humor del siglo XX es cosa de judíos. Por ejemplo, no se sabe qué hubiera sido del cine de humor sin los hermanos Marx, Ernst Lubitsch, Billy Wilder, Jerry Lewis, Woody Allen, los Coen, Mel Brooks o Jerry Seinfeld. Es fascinante la alquimia judía que resulta de combinar ingenio, costumbrismo, dramatismo, pericia léxica y autoflagelación. Total, que el autor de la divertida Memorias de un prepucio, el judío norteamericano Shalom Auslander, acaba de publicar una nueva novela: Mamá para cenar (BlackieBooks). La historia está protagonizada por una familia caníbal cuyos numerosos hijos deben comer a su madre muerta antes de la noche si quieren cobrar la herencia. Nada menos. “No es por nada, pero con un poco de alioli probablemente un neumático sabría mejor que una madre”, escribe Auslander. Resulta espectacular cómo consigue este autor arrancarnos carcajadas y al mismo tiempo trasladarnos una reflexión sobre la culpa, el dolor y la tradición familiar.

Y, sin abandonar el humor judío, la nueva novela de Yasmina Reza, Serge (Anagrama): una disección con enormes dosis de humor negro y diálogos punzantes de la familia y los innumerables absurdos del siglo XX. La novela arranca con la muerte de la madre (como Auslander) y la posterior visita de sus tres hijos a Auschwitz entre turistas haciéndose selfies.

Y, ya que los trompazos son súperdivertidos y al fin y al cabo este es un artículo sobre humor, he aquí dos para rematar el asunto: primer trompazo, la novela de Joaquín Reyes Subidón, publicada también por Blackie Books: un desastre narrativo en tapa dura que necesita un editing como agua de mayo y que demuestra que una cosa es ser un buen actor cómico y otra muy diferente un buen escritor cómico. Y el segundo trompazo: cuando Gigamesh publicó en diciembre de 2020 la novela del autor de terror Daryl Gregory Estamos todos de puta madre este lector fue a por ella, atraído por la promesa de la editorial de que está escrita “con humor y verosimilitud”. La comedia de terror es una filia desde la lejana lectura de El monstruo de Hawkline de Richard Brautigan. Debí sospechar que algo no iba bien cuando supe que la novela de Gregory estaba galardonada con un premio Shirley Jackson, y ya se sabe que estos premios no son precisamente un festival de carcajadas. Estamos todos de puta madre es una excelente novela de terror, pero aparte de una bromita con Star Wars y de cierto tono desenfadado, de humor nada. Moraleja: no conviene fiarse de los hombres armados con hacha que entran en tu dormitorio, de las compañías eléctricas y de las contraportadas de algunos libros.