Nos lanzamos a indagar en el misterio de por qué hay tantas mujeres con la mirada perdida en muchas de las cubiertas de más éxito.

Texto: Carlos LURIA  Ilustración: Julieta Belén JAUREGUIBERRI

 

Oficina de una editorial. El director comercial y un subordinado, probablemente el editor.

—¿Qué portada ponemos al Robinson Crusoe?

—Unos piratas en una playa desierta.

—¿Desierta? ¿Los piratas qué son, cocoteros?

—Una mujer de perfil mirando en lontananza.

—¿En Robinson Crusoe?

—Eso vende.

—Pues venga.

Hay palabras y locuciones que no son de uso frecuente. Nadie dice “socialcomunista” a no ser que sea de VOX. Nadie dice “solución habitacional” a menos que sea, en fin, quien fuera. Sugiero a la jefatura de Librújula un artículo sobre el ejército de mujeres mirando en lontananza que invade las cubiertas de los libros. Hay tantas mujeres hermosas con la mirada perdida que las librerías parecen un fumadero de opio para modelos. La jefatura acepta mi sugerencia y yo me alegro mucho, porque así podré utilizar “en lontananza” todo lo que quiera sin parecer Rubén Darío.

Me voy a pasear a una librería del centro de Barcelona. Me recibe Sira, de María Dueñas: la portada muestra una pamela gigantesca bajo la que crece una mujer que mira en lontananza mientras sostiene una taza de café. La mujer se lleva la mano al pecho, angustiada. O bien la pamela está a punto de partirle las cervicales o bien el café se le ha quedado frío. Recuerdo que otro libro de la autora, Misión Olvido, mostraba una mujer mirando en lontananza que sostenía también una taza de café. En la próxima portada de la autora aparecerá un frasco de Dormidina. Sigo paseando.

El color del miedo, de Simona Tanzini. Portada: mujer de espaldas mirando en lontananza por la ventanilla de un autobús. Lo que la marea esconde, de María Oruña. Mujer de perfil mirando en lontananza por la ventanilla de un avión. La progresión lógica sería una mujer mirando por la ventanilla de la Estación Espacial Internacional, pero no veo ninguna. En los tres casos las mujeres son posteriores al siglo XIX. ¿Es la época un factor imprescindible para que las mujeres miren en lontananza? En Hijas de Esparta, de Claire Heywood, quien mira en lontananza es una espartana pelirroja. De perfil. Más allá diviso una romana. De espaldas. Y a Leonor de Aquitania, con el mismo gesto angustiado que Sira pero sin café. Lo imprescindible, pues, es que las mujeres jamás miren de frente. Nueva duda: ¿cabe más de una mirada en lontananza en una portada? Pues sí. En Los invisibles, de Lucía Puenzo, una mujer de perfil mira en lontananza y a su lado hay un perro. Adivina dónde mira el perro.

Otra duda: ¿existen normas para ubicar la lontananza? No. En Un océano para llegar a ti, de Sandra Barneda, la lontananza está a las diez menos diez; en Una relación especial, de Douglas Kennedy, a las doce en punto, como si pasara un avión; y en La buena suerte, de Rosa Montero, a las diez menos cuarto. En realidad, da igual. Sospecho que lo importante es que la lontananza albergue algún tipo de esperanza estereotipada. El guardián de la marea, de Mayte Uceda; El secreto de Matilda, de Corina Bomann; Las leyes de la atracción, de Jenjie Fields; Conquista a un duque, de Lenora Bell; Disfraces terribles, de Elia Barceló. Es un no parar. ¿Y si en realidad todas son la misma mujer y la misma lontananza? A Borges y a J.J. Abrams les encantaría la idea. Espera, en Dos vidas para Lydia, de Josie Silver, la tipa se ha subido al tejado.

Solo he recorrido una tercera parte de la librería, pero ya he comprobado que la gran mayoría de estos libros están firmados por nombres femeninos y que a la mayoría de las mujeres de las portadas se les advierte la misma mueca desolada que debe poner Murakami cada vez que anuncian un nuevo Nobel de Literatura. Más: los hombres de las portadas de los libros hacen cosas como agarrar espadas, empuñar pistolas, transitar por carreteras desiertas o fruncir el ceño como si les acabara de llegar el recibo de la luz; pero casi nunca miran en lontananza. Más: estas portadas pertenecen a literatura mainstream, o sea, literatura popular. No me imagino un libro de David Foster Wallace con una mujer mirando en lontananza, aunque tiempo al tiempo. En todas estas portadas predominan los colores pastel y, a poder ser, cálidos. Los colores fríos quedan para los hombres que llevan pistolas y espadas y transitan por carreteras desiertas y todo eso. Y para acabar: no hay arrugas en las caras de las mujeres que miran en lontananza; no hay canas, ni siquiera unas bolsitas bajo los ojos. Son mujeres que parecen protagonistas de un anuncio de Carolina Herrera. Al cuerno la cuarta ola del feminismo. Y las tres anteriores, también.

¿Cabe la posibilidad de que la lontananza este sobrevalorada, como los gatos o el sexo dentro del agua? Acudo a cierta editora que me pide que no cite su nombre. “Estas portadas funcionan muy bien —me dice—. Primero, están de moda. Y sobre todo funcionan desde que cambió el paradigma de lectura en Occidente. Piensa: la portada es el primer reclamo para comprar un libro. La mayoría de compradores de ficción popular son mujeres. Las mujeres se identifican con la mujer de la portada. Fin de la ecuación”. “¿En todos los géneros?” “En la mayoría salvo en la novela negra, la autoficción y los clásicos”. Me gustaría preguntarle si ya se sabe qué es la autoficción, pero no me da tiempo.

En julio de 2019, la periodista Beatriz Serrano publicaba en El País un artículo titulado “¿Por qué son tan cursis las portadas de las novelas escritas por mujeres?” Reflexionaba sobre el caso de la escritora australiana Liane Moriarty. Las portadas de sus libros eran puro chick lit hasta que HBO triunfó con la adaptación de Big Little Lies, el súperventas de Moriarty. La plataforma imprimió a la narración un tono sombrío cuajado de falsas apariencias, malos tratos, clasismo, racismo, culpa, adicciones, huidas hacia adelante y sexo oscuro. Incluso aparecía el asesinato como opción plausible. ¿Qué pasó? Pues que en las reediciones de los libros de Moriarty el tono chick lit desapareció como por arte de magia. La autora se había convertido en una escritora “seria”. Escribe Serrano: “Las portadas post-HBO han adquirido tonalidades más oscuras y típicamente masculinas (como el gris o el azul) o directamente neutras (blancas). Son más cuidadas y sofisticadas, menos literales, más cargadas de simbolismo y profundidad. Gracias al sello de aprobación de la cadena que trajoseries que la crítica considera las más imprescindibles de la televisión, los libros de Moriarty han cambiado de envoltorio para demostrar que, aunque fuera literatura femenina, ahora es literatura universal”.

Tenemos, entonces, que las mujeres que miran en lontananza responden tanto a la moda como a una cuestión de mercadotecnia. Respecto al primer factor, nada nuevo que decir. ¿Que se pone de moda el ukelele? Pues a comprar un ukelele. Ahora mismo todo el mundo tiene un ukelele en casa y un manual para tocar el ukelele, ambos cubiertos de polvo. Respecto a los libros, recordemos la invasión hace unos años de portadas con cuadros prerrafaelitas o de Hopper. Valían para un roto y para un descosido. O el cuadro El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich, que ilustraba tanto un Nietzsche como una Shelley. Cuando la saga Crepúsculo empezó a venderse como churros, las muchachas pálidas con cara de susto y las flores sobre fondos que jugaban con rojos y negros invadieron las librerías. Este diseño tuvo tanto impacto que novelas clásicas como Cumbres borrascosas, Orgullo y prejuicio o Las brujas de Eastwick fueron reeditadas con portadas crepusculares.

En este sentido, en julio de 2013 Luke Lewis, el editor inglés del portal Buzzfeed, elaboró una divertida lista de los clichés habituales de las portadas de moda en el mundo editorial anglosajón. Algunos ejemplos:

—Hombre silueteado u/hombre que camina en la lejanía: novela policíaca. La silueta o el caminante son el asesino.

—Otros hombres: si lleva una espada, historia de fantasía épica. Si lleva una capucha, magia. Si lleva ambas, lo mismo pero con un toque ninja.

—Mujer retro que sostiene una jaula: novela anglosajona de época.

—Mujer con vestido largo y negro escotado por la espalda: libro sobre la alta sociedad de la primera mitad del siglo XX.

—Mujer que mira al agua: historia romántica en que los protagonistas van a sufrir mucho.

—Portadas que se dejan llevar por la resaca: las que muestran tonos negros y grisáceos y zapatos de tacón o joyas. Orgasmos asegurados post 50 sombras de Grey.

—Mujer melancólica dibujada, no fotografiada, con vestido de época, vuelta de espaldas y recortada contra un paisaje espectacular, exótico o con toques brumosos: novela landscape.

Volviendo a la lontananza, hay que decir que el diseño de estas cubiertas es a la Historia del Arte lo mismo que Ildefonso Falcones a Hacienda: le debe muchísimo. La utilidad de estos diseños es múltiple: para empezar, los lectores pueden imaginar el rostro completo de la protagonista y se elimina así la posibilidad de que los fans se cabreen con los editores. Además son portadas que excitan la curiosidad del lector: ¿por qué está tan pensativa esta hermosa muchacha? ¿Qué hay en el paisaje que llame tanto la atención de esta hermosa muchacha? ¿No se estará pasando con el café esta hermosa muchacha? De acuerdo, no hay que juzgar un libro por su portada. O sí.

Una reflexión final para dar sentido a este artículo: las mujeres que miran en lontananza están condenadas a la extinción, como las abejas, los leopardos de las nieves o las Humanidades. Una palabra: holograma. Llegará un día, no muy lejano, en que las portadas de los libros, incluso los de papel, serán hologramas: imágenes tridimensionales móviles que podrán salirse de los estrictos límites rectangulares de la portada del libro. Lo predijeron Jules Verne, Bioy Casares, J. K, Rowling y George Lucas, y no pueden estar todos equivocados. Con el advenimiento del holograma nos llevaremos más de una decepción. Por ejemplo, cuando comprobemos que esa mujer que parece buscar el sentido de la existencia en la lontananza, en realidad está mirando una vaca que es supergraciosa porque tiene una cabeza enorme. O sea, que en la lontananza no hay nada, excepto una estúpida vaca cabezona.