Margaret Atwood escribe de memoria
Atwood recorre su intensa vida, desde la cabaña de madera que construía su padre en los bosques de Canadá en busca de insectos para sus estudios hasta su éxito con “El cuento de la criada” y sus secuelas en “Libro de mis vidas” (Salamandra).

Texto: Pere Sureda
“Un día de éstos esa boquita tuya tan lista acabará metiéndose en un lío”.
MI PADRE( cuando yo era adolescente).
Margaret Atwood no quería escribir unas memorias literarias. Le preocupaba que fueran aburridas: “Escribí un libro, escribí un segundo libro, escribí otro más…”. Lo que ha escrito es menos unas memorias que una autobiografía; no un fragmento de su vida, sino la totalidad de su obra, 85 años. También dibuja, y algunos ejemplos de su trabajo animan estas páginas. Pese a haber utilizado, seguramente para ir más deprisa, cinco traductores, el libro se lee bien.
Tuvo la suerte de tener unos padres maravillosos: Carl, un entomólogo forestal, y Margaret, una madre de espíritu libre, ambos de Nueva Escocia. El trabajo de Carl con los insectos significaba que la familia pasaba medio año en el bosque, a veces sin electricidad, agua corriente ni teléfono. Acampaban en tiendas de campaña o chozas junto a un lago mientras Carl talaba árboles para construir una cabaña de madera. La joven Margaret —Peggy para todos— adoraba la naturaleza; aprendió a pescar, a remar en canoa, a buscar conchas en la playa, a recoger bayas y a disfrutar de las aves, los insectos, las setas y las ranas. En el campamento de verano, durante su adolescencia, la conocían como “Peggy Naturaleza”.
En otoño regresaban a Ottawa o Toronto, como ratones de campo convertidos en ratones de ciudad; se adaptaban bien a ambas situaciones. A los 6 años escribió sus primeros textos, poemas breves bajo el título de Gatos Rimantes. La escuela transcurrió sin problemas hasta que llegó a cuarto grado, donde experimentó la naturaleza de las luchas de poder entre niñas de 9 y 10 años. Fue acosada, humillada y se la convirtió en chivo expiatorio…
A los 14 años ya salía con chicos: novios mayores, con inquietudes artísticas, “aparecían de repente, como setas después de la lluvia”. La poesía también la perseguía: sus escritos adolescentes eran “muy sensacionalistas, a veces macabros”.
Tras graduarse en la universidad de Toronto, con académicos de renombre como Marshall McLuhan y Northrop Frye, pasó a Harvard, una joven becada, discreta y sin el glamour que la caracterizaba. Allí investigó los juicios de brujas de Salem, que, junto con las normas patriarcales de la escuela de posgrado de Harvard, influyeron en El cuento de la criada muchos años después. Atwood va estableciendo conexiones entre su vida y su obra a lo largo del libro, lo que nos ayuda a contextualizar la relación entre una cosa y la otra. Es de agradecer.
Su gran oportunidad llegó después de cumplir los 30. Tuvo un comienzo prometedor, ganando el Governor General’s Award, el galardón más importante de Canadá, por su primer libro de poemas: The Circle Game. Entonces se ofreció a ayudar a la pequeña editorial con la que colaboraba, Anansi Press, con un libro que definiría y celebraría la escritura literaria en su país. Escrito en cuatro meses, Supervivencia: Una guía temática de la literatura canadiense, vendió 100.000 ejemplares y mantuvo a Anansi Press a flote durante años. El éxito provocó celos y malicia.
Después, las novelas llegaron con regularidad, pero, como ella misma señala, “los canadienses tienden a ofenderse por el éxito de otros canadienses”, dado que “celebrar sin reservas los propios logros es una grave falta de etiqueta”.
En una fiesta en 1969 conoció a Graeme Gibson, novelista, pícaro, derrochador y un tipo peculiar. Él vestía vaqueros azules; ella, un minivestido blanco de encaje de ganchillo con botones de madera —Atwood es meticulosa al registrar sus cambios de vestuario y peinado—, y al principio no se percató del interés que él sentía por ella, hasta que se vio compartiendo una vida con Graeme. Tuvieron una hija, se hicieron compañía, cultivaron la tierra, cuidaron el jardín, acamparon, navegaron en canoa, observaron aves y viajaron por el mundo.
El declive de Graeme, su demencia y muerte imprimen un tono sombrío a las últimas páginas del libro. Atwood, siempre tan trabajadora y solucionadora de problemas, sigue adelante para no perderse el torbellino publicitario de Los Testamentos (la secuela de El cuento de la criada): “Pregúntate, querido lector: ¿La agenda apretada o la silla vacía? Yo elegí la agenda apretada. La silla vacía estaría allí cuando llegara a casa”.
Actualmente lleva un marcapasos y, con el tiempo, su cuerpo “decidirá emprender su propia aventura”. Los múltiples yoes los revela aquí en una “tormenta” de recuerdos y fotos: la empollona brillante, la poetisa frágil, la feminista de mirada penetrante, la profeta inquietante y una de las grandes novelistas de nuestro tiempo.









