Se reeditan las memorias del campeón de boxeo español Dum Dum Pacheco. “Mear sangre” (Autsaider) es un testimonio en primera persona de una vida entre la celda y el ring de alguien que dio y recibió muchos golpes.

Texto: Antonio ITURBE

 

El pequeño José Luis Pacheco vivía en unas casas baratas junto a una zona de chabolas. A los ocho años reconoce que ya era fuerte y agresivo. “Un día, volviendo de jugar al fútbol, traía una sed espantosa y, acercándome a un gitano llamado Leandro que tenía una gaseosa, le dije: ‘oye, hazme el favor darme un trago, que tengo mucha sed’. Esto se lo dije con buenas palabras y el muy imbécil no solo no me dio sino que empezó a hacerme rabiar dándose él unos buenos sorbos. Yo le contemplaba y el muy idiota me miraba como si tuviera entre las manos algo de mucho valor. Entonces llegó el momento de mi furia. Cuando se puso a beber le di un manotazo en la parte trasera de la botella y ¡plaf! Le rompí por lo menos cuatro dientes. Aquí empezó el odio hacia mí. Fueron a mi casa diez o quince gitanos, iban también mujeres con tijeras. Por suerte yo no me encontraba en casa. Mi madre al oír los gritos y los ruidos de las piedras contra el tejado, salió. No la dejaron ni decir una palabra. Se lanzaron hacia ella cogiéndola de los pelos y dándole manotazos. Tuvo que intervenir mi hermano Miguel, que sacando la escopeta de caza de mi padre los pudo parar”. Una plácida tarde de infancia en la vida de Dum Dum Pacheco.

Otra. Un día que se fue a bañar al río manzanares con los coleguitas del barrio, su amigo Jorge se subió a un poste de la luz a coger unos nidos para demostrar que no tenía miedo y se electrocutó. Cuando cayó al suelo el cuerpo carbonizado empezaron a echarle arena para apagarlo, pero se murió en el taxi que lo llevaba al hospital.

Como si fuera una profecía, les expropiaron la casa para construir el estadio de fútbol del Manzanares y los mandaron cerca de la cárcel de Carabanchel. Empezó a trabajar en una churrería pero al hacer el reparto se comía los churros y lo echaron. Trabajó aquí y allá, hasta que a los dieciséis años alució con la ropa y la moto que llevaban unos colegas y le dijeron que eso era fácil de tener: se trataba de dar unos tirones a unos bolsos, todo muy fácil. Al poco ya estaban atracando una farmacia. Iba a vivir como un dandi en el mejor barrio de Madrid, pero lo que sucedió es que acabó haciendo una mudanza forzosa a la cárcel de Carabanchel.

Estuvo tres años más dentro que fuera, jurándole a su madre que se portaría bien, pero sin ser capaz de enderezarse. “Mi cuerpo está endemoniado. Algo me incita a buscar el peligro”, dice. Tenía la sangre caliente y los puños duros. Dentro de la propia prisión no paraba de meterse en líos y peleas, y se pasó amargos meses en celdas de castigo. Las líneas en las que cuenta el ansia por la libertad y su dolor por el sufrimiento de su madre allá afuera, en la cola de las visitas con otras madres indestructibles, te rajan el pecho.

La última vez que salió, un funcionario al verlo traspasar la última vez la reja le dijo: “los que son como tú vuelven siempre”. Unos pocos años después, volvió a la prisión, pero fue uno de los días más felices de su vida porque esta vez no regresaba como delincuente sino como estrella invitada en la fiesta anual en honor de las Mercedes: “entraba de visita, en plan figura, como yo había soñado”. El que subió al escenario para dirigir una palabras cariñosas y emocionadas a sus antiguos compañeros de presidio ya no era José Luis Pacheco, sino Dum Dum Pacheco, campeón de España de boxeo en esos años 1970 en que los boxeadores eran más famosos que los futbolistas. Les repartió todo el dinero que llevaba en los bolsillos y todos los abrazos que pudo.

El mundo del boxeo en el cine suele venir envuelto en una aureola de malditismo, violencia  y negocios turbios en el que el boxeador, después de un instante de gloria, acaba despeñándose estrepitosamente. Lecturas como las memorias de Mike Tyson o la reedición de Mear sangre de Dum Dum Pacheco muestran que muchas veces no es el boxeo el que los empuja por el precipicio, sino que ya estaban en él, en caída libre. De hecho, es para ellos un último agarradero en el abismo.

En estas páginas escritas con el corazón y las tripas, Dum Dum Pacheco habla más de la cárcel que de los cuadriláteros e insiste una y otra vez en que el boxeo le salvó la vida y que todos los problemas que tuvo en el ring fueron culpa suya por su mala cabeza, por estar de fiesta o follando en vez de entrenar. Hay líneas en este libro publicado en 1976 que ahora le costarían a Dum Dum Pacheco algo más que críticas en las redes sociales, porque la mano ligera que tenía en la calle y el en el ring también la tuvo con la mujer con la que tuvo la relación más duradera y feliz de esos años locos. Está claro que no escribe este libro para santificarse ni para ser ejemplo de nada, ni siquiera culpa a nadie más que a sí mismo de todas sus idas de olla. No es un libro amable pero hay algo verdadero en estas páginas que nos ayudan a entender la deriva hacia la delincuencia como consecuencia de haber nacido en la parte más resbaladiza del tobogán social y a comprender esa rabia necesaria para ser boxeador y subirse al ring para pegarle una paliza gorda al destino.  En estos tiempos en que das un pisotón y surgen veinte escritores de novela negra, que escriben en su casa con el aire acondicionado y picoteando plácidamente en internet, leer las memorias de Dum Dum Pacheco les vendría muy bien para asomarse a las tripas de la realidad.