Versos para un invierno que persigue primavera

Texto: Enrique VILLAGRASA   

 

Últimos días de un invierno recién nacido que persigue como loco primavera limpia y brillante: la covid esta nos tiene acongojados. Así pues, cito versos de mujeres poetas que bien vale leer y conocer, además de las ya mencionadas en estas páginas de librujula.publico.es durante este año y anteriores. Que las hemerotecas están para eso: buscar y encontrar, que no todo está en Google. ¡Año nuevo con lecturas nuevas, audaces, sinceras y frescas, pandemia mediante!

 

Diez poetas mujeres

“Tengo todo el instante resumido en un libro/ y abro las piernas para mentir” escribe la cordobesa Concha García (La Rambla, 1956) en la antología erótica Vasta sed (Cántico): “hierba seca asoma. Las lluvias / y los otoños no pueden penetrarme”. A lo que la valenciana María Beleña (Valencia, 1985) añade que “se escucha el combate del agua/ en su trinchera”, en Cáscara (Luces del Gálibo). Por su parte la zaragozana Marta Navarro explica “La arrogancia de un río/ que ha aprendido a cambiar de curso/ sin avisar al mar”, en Hijas de la tormenta (Los libros del gato negro).

La mexicana Lorena Huitrón (Xalapa, Veracruz, 1982) en Wintu (Liliputienses) cuenta que “Las flores son más inteligentes/ al encuentro con sus amantes”. María Codes explica que “La mía es la mirada intrusa/ de los trenes elevados” en Conservar al vacío (Trea), con prólogo del también poeta Antonio Ortega. Y Laura Cancho (Santander 1978) en Mueca Salvaje (Bala perdida) señala que “Tumbada vi una vida hacia lo alto/ que flotaba sobre mi propia vida”.

También Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986) en Principia (Liliputienses) se refiere a: “un nudo de luz, una moneda de cobre/ en la escalinata de piedra, en la fuente”. Por su parte Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946) en Palabra naturaleza (Fundación Ortega Muñoz) quien “Apacienta el vivir,/ es la consigna”, añade que “No conozco otoño sin memoria” y asegura que “No es bueno escribir y llorar. Nublas cielo y tierra”. Por su parte, Angelina Gatell (Barcelona, 1926-Madrid, 2017) en Poema del soldado (Bartleby), con lectura de Sandra Santana, sorprende con la definición más preciosa de poesía: “suena como un rumor muy hondo,/ como de agua encerrada entre las rocas”.

Finalmente de Sylvia Plath (Boston, 1932-Londres, 1963) con ilustraciones de Sara Morante y traducción del poeta Jordi Doce aparece Ariel (Nórdica). Con versos de la talla de “Nadie más que yo/ recorre esta humedad mojada hasta la cintura”.

 

Diez poetas hombres

En Acerca de los días (Carena), Fernando de Villena (Granada, 1956), gran conocedor de la poesía que se escribe en esta España de ellos (los otros) recoge versos tan clarividentes como estos: “¡Qué triste mapa contemplo/ bajo esta luna de invierno! Por su parte, el poeta Vicente Muñoz Álvarez (León, 1966) afirma que “no puedo ni quiero/ cambiar mi destino”. ¡Ahí es nada, ética y estéticamente! Y el reconocido Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) presenta versos de esta sutileza: “Los que se acaban de meter un chute esperan con precipitación/ al Mesías” en Los antecedentes penales del blanco (El sastre de Apollinaire), con selección y prólogo de la también poeta Raquel Ramírez de Arellano.

Joaquín Campos (Málaga, 1974) en Demasiado humano (Sr. Scott) sorprende con versos de esta talla: “No somos más que parte del circo/ cuando pagamos la entrada”. Y Gsús Bonilla (Don Benito, Badajoz, 1971) en Aviario. Cuaderno de escusas (AltoLibros), con prólogo de Enrique Falcón e ilustraciones de Sebastian Gerardin, canta y cuenta que: “La viuda de negro y el viudo de negro. El luto negro en un país monocromo”. Por su parte, Carlos Alcorta (Torrelavega, 1959) cincela versos como: “Hacer vida es aprender a morir./ Pasada la aflicción, empieza el equilibrio”, en el poemario Aflicción y equilibrio (Calambur).

Cuando la frontera cerraba a las diez (Amargord) es el señero poemario en prosa de Agustín Calvo Galán (1968): “A lo lejos ve las torres de la catedral. Se oyen las campanas llamando a misa de doce. (…) Él miraba en todas las direcciones buscando el color”. En Jardín con biblioteca (Cálamo), el poeta Carlos Aganzo (Madrid, 1963) nos habla de “la luz tras las nubes./ La turbia claridad del horizonte”. Y Ezequías Blanco (Paladinos del Valle, Zamora, 1952) en Tierra de luz blanda (Libros del Mississipi), con prólogo de Enrique Gracia Trinidad, habla de “Cuando piensas en olvidarte de tu figura/ te recuerda que tirada está tu libertad”.

Finalmente, en Ahora que es tarde. Antología poética 1990-2020 (La Garúa), José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956), con prólogo de Antonio Jiménez Millán, nos ofrece versos firmes y serenos de lectura justa y necesaria: “Hablará del amigo perfecto para el viaje.// Lo impide su manía de guardar la distancia./ Siempre está al otro lado del espejo”.

Esto es todo lo último y más significativo que este año pandémico nos ha dado. Aquí están las y los poetas, según mi opinión. Que seguro que hay otras y otras listas que se publicarán. Pero en estas y estos, en la obras de ellas y de ellos, hay versos que te conmueven y te dejan balbuciendo. Otros que celebran y otros que incomodan. Y algunos como afilados cuchillos. En definitiva, poemas de ayer, hoy y de siempre, que es necesario y justo leer por su belleza y calidad. La comodidad y la ignorancia es el mal de este siglo de prisas, que parece que lo tiene todo y nada. Sigan vigilando, pues el amigo invisible, llámese Covid, a mi pesar, está a nuestro lado y no se despega. El otro amigo invisible, el que nos alegra: el bueno, regala poesía. ¡Paz y Bien y buenas lecturas para el 2021!