Francisco Brines, el último Premio Cervantes, fallece a los 89 años.

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Me cuentan que acaba de desencarnar Francisco Brines: “Señalan a mis ojos/ que ya el mundo podría no existir,/ y soy testigo mudo/ de una muerte despierta que me han creado ellos”.

Dice su biografía que nació el 22 de enero de 1932 en Oliva (Valencia) y murió ayer en Gandía (Valencia). Los primeros recuerdos de su infancia se remontan a breves pasajes de estancias  en Marsella y San Sebastián durante la guerra civil, al período de estudiante en el internado del colegio de San José de los jesuitas de Valencia y a los veranos con su familia transcurridos en su casa, Elca: “Yo sé que olí un jazmín en la infancia una tarde, y no/ existió la tarde”.

Tras estudiar en las universidades de Deusto, Valencia y Salamanca, y licenciarse en Derecho, continuaría en la Universidad Complutense de Madrid con los estudios de Filosofía y Letras. Desde siempre su gran pasión fue la escritura, que compaginó con la docencia, siendo profesor de literatura española en la Universidad de Oxford. Alternó su actividad poética con recitales y conferencias, que no le hicieron olvidar su pueblo de naranjos y su casa, Elca, fundamental en su poesía: “Fue el día piadoso/ y a la tierra gastada, agradecido,/ miro con buen amor,/ por la delicadeza con que hoy muero”.

Brines es el poeta de la luz, la sensualidad y la tolerancia, al menos para mí. Y su poesía lo canta y cuenta: lo que se ama y lo que se pierde. Tenemos su obra poética recogida en un título genial: Ensayo para una despedida. Poesía completa (1960-1970) (Tusquets, 1997). No nos queda más remedio que (re)leer esos sus versos y decirle adiós: “Arde una brasa aún al pie de este rosal/ y no quema mi mano/ Cuánto olor en el aire, y el aire se lo lleva”.

En noviembre del año pasado le concedían el Premio Cervantes. Y hace pocos días, los Reyes se lo entregaban en su casa Elca, en Oliva. Hoy este pueblo generoso, en su instituto estudié el COU, sabe de la pérdida de su poeta: ese sentimiento de pérdida desde el que siempre escribía Francisco Brines: “Hubo una vez un sueño/ y existía el amor, mordía el desamor,/ y ese sueño es la vida:/ un imposible siempre”.

Creo que Brines en su Elca escribía versos al fuego del azahar de la vida. Esa vida que sugiere el valor de su propia experiencia, ese intimismo que convierte un puñado de poemas en un florilegium de vida. Una poesía coherente, con un sentido unitario profundo. Una poesía que da cuenta exacta de la expresión vida, del sentir vida, del ser viviendo. En todos sus poemas hay vida vivida: “Después del sol del mediodía, fuego/ en la arena, la media tarde cambia/ en viento, secos truenos y repentina oscuridad”.

Se ha ido un hombre que vivió para y por la poesía. Alguna vez he hablado de su obra con el también poeta Jaime Siles y con la profesora olivense Doris Peiró, conocedora de la poesía de su paisano. No puedo decir nada más que “La luz se ha retirado del espacio”.

Eliot decía que “Abril es el mes más cruel” y este mayo se ha llevado ya a Jesús Hilario Tundidor, José Manuel Caballero Bonald, Joaquín Benito de Lucas, Carlos Benítez Villodres, que yo sepa, y son poetas a los que conocía y leía, y las cosas son como son: unas veces azar y otras necesidad. No deja de ser temor y temblor en esa búsqueda de una razón para tus afectos. Y abrazas el silencio, tras estas líneas apresuradas, pues no te queda más que dar las gracias a estos grandísimos poetas por escribir y esperar que sus versos sean leídos por doquier; pues, como ya he dicho muchas veces, no creo que exista mejor homenaje que leer o releer: sus poemas. ¡Hoy la poesía española está de luto y los poetas nunca se van solos!

 

Éxtasis de las lágrimas

Ven, dame tus sollozos y estréchate en mis brazos,

y deja que te bese las mejillas

mojadas. Criatura que te acoges,

caída en ese rapto de la pena,

a un pecho tan oscuro. Y escucha cómo bate

dentro el amor, allí naciendo el mundo.

 

Donde muere la muerte

Donde muere la muerte,

porque en la vida tiene tan sólo su existencia.

En ese punto oscuro de la nada

que nace en el cerebro,

cuando se acaba el aire que acariciaba el labio,

ahora que la ceniza, como un cielo llagado,

penetra en las costillas con silencio y dolor,

y un pañuelo mojado por las lágrimas se agita

hacia lo negro.

Beso tu carne aún tibia.

Fuera del hospital, como si fuera yo, recogido

en tus brazos,

un niño de pañales mira caer la luz,

sonríe, grita, y ya le hechiza el mundo,

que habrá de abandonarle.

Madre, devuélveme mi beso.