Las «cerebradas» de Antonia Lassa

Antonia Lassa, heterónimo de Luisa Etxenike, publica su segunda novela «Un dedo menos» (Nocturna Editorial).

Texto: Slawka Grabowska

 

En el cementerio de Polloe, en San Sebastián, aparece un cadáver de un hombre desfigurado y sin el dedo índice de la mano derecha. Antonia Lassa cuenta esta historia en Un dedo menos, una novela de apenas 185 páginas, narrada en una sucesión de eventos muy rápida, protagonizada por la subcomisaria Emilia Castro Urrutia.

La autora nos enfrenta con un asesino gris, no un típico malo, sino una persona que busca venganza por el sufrimiento pasado. ¿Puede una persona ser a la vez buena y mala? ¿Qué tonos de gris adquiere cada uno en circunstancias excepcionales? ¿Podemos llegar a empatizar con el asesino? ¿Sentir pena por su suplicio?

La venganza dictada por el dolor y el duelo, el luto de los personajes no involucrados en la investigación, el dolor de la pérdida, son sin duda los temas centrales de la novela. Los vemos en ejemplos muy particulares, muy concretos, pero su universalidad queda evidente. Nos reconocemos en los sentimientos más crudos sin tener en cuenta las diferencias en las experiencias personales, heridas emocionales o constelaciones familiares. Es un gran estudio sobre las distintas maneras de convivir con el dolor de la pérdida, sea cual sea esa para los distintos personajes.

Aunque gran parte de la trama y el primer crimen tienen lugar en San Sebastián, el caso nos llevará a distintos lugares:  Segovia, Gijón y Madrid, reflejando así la facilidad de la movilidad de la gente, tan característica de nuestros tiempos. Poder reconocer algunos de los emplazamientos, seguir los pasos de los personajes, sin duda enriquece aún más la lectura.

Emilia no es tan solo una subcomisaria. Es también nieta de un abuelo sumergido en un profundo luto por la muerte de su mujer, atrapado en el pasado y echando de menos un futuro que ya no llegará. Es también pareja de Lizar que luchando contra su propia desdicha decide mudarse, huir de la ciudad por lo que tienen que mantener su relación a distancia. También el oficial Eceiza se enfrenta a sus propios demonios de la vida sentimental. Todo esto pueden parecer solo unas pinceladas, unas menciones al lado de la historia principal, pero en realidad son el alma del libro, lo que hace que los personajes “funcionen”, que nos resulten creíbles y tridimensionales.

Las descripciones directas y la lógica con la que lleva el caso la subcomisaria Emilia Castro Urrutia hacen pensar en el estilo del inspector Maigret de Georges Simenon, pero algo más natural y deductivo, donde cada paso de la Ertzaintza parece justificado y claro. Por algo, Emilia Castro no tiene corazonadas sino “cerebradas”.