«Cruzar el agua», de Luisa Etxenike, una novela de desplazamientos obligados por la violencia publicada por Nocturna Ediciones.

 

Texto: Berta ARES YÁÑEZ

 

Conocí el trabajo de Luisa Etxenike a partir de la correspondencia que la escritora mantiene con el autor rumano Mircea Cărtărescu, reunida en un libro que prologaba el escritor israelí Amoz Oz (Correspondencias. Luisa Etxenike & Mircea Cărtărescu, Editorial Erein, 2016).

Los tres escribían sobre la relación entre la literatura y la violencia, resaltando la certeza, que a veces olvidamos, de que la naturaleza humana es de tal complejidad que hace ineludible la creación de «contextos» de intercambio de pensamiento e ideas para el acuerdo y la convivencia. Cruzar el agua (Nocturna, Ediciones, 2022) es una bellísima demostración de este argumento.

Como es habitual en su obra de ficción, Luisa Etxenike se aleja de los lugares comunes. De forma delicada, con una voz muy personal que se expresa mediante una escritura clara y precisa para proporcionarnos otras maneras de pensar, de mirar, de escuchar, o de ver.

El flujo de conciencia de los personajes, que es como los lectores penetramos en las pequeñas historias que aquí se narran, es comedido, fino. Poco a poco nos introduce en la intimidad de una modista de alta costura, Irene, que se ha quedado ciega pero todavía recuerda imágenes; Manuela, una inmigrante colombiana que desea borrar de su memoria una parte de su pasado, y su joven hijo, Juan Camilo, que esconde un secreto tras una obstinada y autoimpuesta mudez y sólo se comunica a través de una pequeña pizarra.

La riqueza metafórica a través de la cual se desarrollará el relato facilita la reflexión sobre la necesidad de construir lenguajes nuevos cuando los que tenemos ya no funcionan.

Entre los personajes secundarios de la historia que acompañan a Manuela, hay otras mujeres inmigrantes que se encuentran para hablar de lo que las ha llevado hasta allí. Se llaman el grupo del «relato del viaje» porque tratarán de narrar su historia, como hará Manuela: [«a ella] le importa sobre todo el salto de la realidad a la ficción. La ficción consigue que la historia donde estabas tú ya no estés tú. Y que la historia siga siendo la tuya pero sea otra. Porque un cuento está formado por hechos y retratos reconocibles y, sin embargo, ajenos. Algo así tiene que ser, piensa Manuela. Y siente que lo entiende en lo profundo, aunque en la superficie lo encuentre aún confuso, inaccesible».

Poco a poco Cruzar el agua se revela como un libro de desplazamientos, donde los personajes tienen que moverse del punto en el que están y al que han sido llevados a causa de una violencia. Tienen que cruzar el desierto que ante ellos ha puesto la vida. Tienen que luchar. Deben hallar, cada uno a su manera y a su ritmo, el modo de salir de un dolor insoportable.

Sutiles e inteligentes son las soluciones y las estrategias argumentales con las que va avanzando el texto. No hay fuegos artificiales ni artificio, no los necesita, sino una creatividad brillante, aguda y elegante. Una intriga muy bien tramada, hecha de «gotitas de suspense» y que se desenvuelve en una sucesión de imágenes y metáforas que refuerzan el estado de vulnerabilidad e interdependencia existente.

Cruzar el agua es un libro que defiende el espacio literario como espacio de acogida y de sanación. Es un libro hermoso, por dentro y por fuera, escrito y editado con mimo, con un colofón que redondea la reflexión tras la lectura, dedicado a Valeria Luiselli y su Desierto sonoro.