Ediciones Gigamesh publica la tercera y última entrega de Takeshi Kovacs, «Furias desatadas», del escritor de ciencia ficción Richard Morgan.

 Texto: Gisela BAÑOS

 

Se me ocurre una retahíla de adjetivos insultantes para describir a Richard Morgan. Todos buenos. En un mundo en el que la consciencia permanece almacenada en la edulcorada realidad de internet, él es el bofetón que nos espera tras el reenfundado, una y otra y, ahora, otra vez.

Me gustan los autores incómodos, los que cuestionan todo lo que se les pone por delante excepto la inteligencia del lector.

La tercera entrega de Takeshi Kovacs, Furias desatadas, no es una excepción al estilo corrosivo de Morgan. El propio título es ya una declaración de intenciones. El antihéroe vuelve a su planeta natal, el Mundo de Harlan, en busca de venganza. Lo que encontrará, en cambio, serán los fantasmas, propios y ajenos, de un pasado latente que aguardaba al acecho.

En medio de una cruzada personal contra los Caballeros de la Nueva Revelación, Kovacs acaba uniéndose a los descom, comandos que se dedican a retirar del área de Nueva Hokkaido los restos de armamento que quedaron allí tras la Descolonización, la revolución contra las clases dirigentes del Mundo de Harlan liderada por Quellcrist Falconer —seudónimo de Nadia Makita— trescientos años atrás. Se la dio por muerta, pero jamás se encontraron sus restos. Tras una incursión, Sylvie Oshima, cabeza de mando descom, empieza a comportarse como ella y enciende de nuevo la chispa de la revolución y, por supuesto, desata la ira de la oligarquía, dispuesta a todo para defender sus intereses. Incluso a reenfundar a Takeshi Kovacs… para eliminar a Takeshi Kovacs.

Pocos han sabido explotar en los últimos años las posibilidades de un nóvum como Richard Morgan con la pila cortical en este universo posciberpunk. La pila, un soporte tecnológico que permite almacenar, duplicar y transmitirla consciencia, no es un mero atrezo futurista, sino el eje que vertebra todos los aspectos personales, sexuales, sociales, políticos, económicos, científicos e incluso religiosos de la narración.

John Clute dijo en una ocasión que el ciberpunk no domesticó el futuro, sino que lo trató como a un dios.1 Y, en este caso, el futuro, el dios, toma la forma de pila cortical: tiene el poder de otorgar la inmortalidad, de devolver la vida o arrebatarla para siempre, de condenar a su portador al infierno o de entregarle el paraíso. No es el único de la novela, pero sí el verdadero, pues los demás no son sino espejismos de anhelos humanos fruto de una sociedad que ha dejado de creer en sí misma, en el sistema y en la ciencia como impulsora del progreso y garante de un futuro mejor.

Es precisamente una de las peculiaridades de Furias desatadas: utiliza las diferentes manifestaciones de la religión como canalizadoras de la crítica social. No es un recurso desconocido en el género, pero sí poco habitual. Por un lado, los Caballeros de la Nueva Revelación encarnan los aspectos más detestables de los credos patriarcales y fundamentalistas de nuestros días, el refugio de los que, frente a la certeza de un futuro inexistente, prefieren la promesa de un futuro cualquiera en el que ellos sean los elegidos. Por otro, la figura de Quellcrist Falconerresucita como mesías para los que no han perdido la esperanza en el cambio. Y, entre ambos, Takeshi Kovacs y su falta absoluta de fe… en casi cualquier cosa.

Críticos como Graham Sleight llegan a comparar la rabia de Richard Morgan con la de Joanna Russ y Harlan Ellison. Estoy de acuerdo. Probablemente sean los autores de ciencia ficción que más me han revuelto el estómago, porque no despiertan emociones: provocan reacciones. Así que, una vez más, al igual que en las novelas anteriores de Takeshi Kovacs, no estamos ante una lectura plácida. ¿Y por qué habría de serlo? ¿Lo es acaso la realidad?

Parafraseando a Ursula K. Le Guin, el Mundo de Harlan —nombre que, en opinión de Sleight, podría no ser casual— es una gran metáfora. No solo es el hogar de Takeshi Kovacs: también es la representación de todas las miserias del nuestro. Es la sociedad que fulmina, como los orbitales hicieron con Quellcrist Falconer, a quien intente volar demasiado alto. Es la caries y la diabetes tras una vida de atracones de piruletas y algodón de azúcar a la que parecemos abocados sin elección… ¿O sí existe elección?

Richard Morgan, contra todo pronóstico, dice que sí, siempre que uno se tome las cosas como algo personal.

Es lo que hay. Que se jodan.

(Prólogo de Furias desatadas) 

 

1 Clute, John, “Science Fiction from 1980 to the Present”, en James, Edward, yMendl esohn, Farah (recs.), TheCambridge Companion to Science Fiction, Cambridge, Cambridge UP, 2003.

2 Sleight, Graham, “Morgan, Richard” (2019), en <http://www.sf-ency

clopedia.com/entry/morgan_richard> .

3 Le Guin, Ursula K., “Introducción a La mano izquierda de la oscuridad”, en El idioma de la noche. Ensayos sobre fantasía y ciencia ficción, Barcelona, Ed.Gigamesh, 2020.