La poesía liberadora de George Reyes

Valparaiso publica «Veintiún signos en la frente».

Texto:  Enrique Villagrasa

 

Bien es sabido que el poema es el medio para crear una sensación de manera inteligente, que conmueva y emocione, a través de la construcción consciente y con conocimiento, a la vez que experiencia, del poema: resultado este de una reflexión filosófica: con pensamiento, sobre la imbricación de las causas y los efectos. Y será Juarroz quien señale que el sentido que tiene la poesía es darle voz al sentido oculto.

Y esto es lo que encontramos en el recién publicado Veintiún signos en la frente (Valparaíso Ediciones), del poeta George Reyes (Ecuador/México), pues es descubrir de sopetón el admirable quehacer demiurgo del autor, puesto que no ha escrito un libro de poesía al uso, convencional; ha escrito un poemario que hay que conocer, leer, subrayar, memorizar. Vale la pena descubrir ese “fraseo de muerte calado en tu frente”. Por eso una crítica es la que pone en riesgo al autor y a las personas lectoras en un aprieto: leer o no leer el libro. Y piensen ustedes, que uno siente temor y temblor, porque ya estamos más que hartos de los comentarios más que hiperbólicos de cada uno de los libros que se publican y nadie es el mejor de su generación y nadie es el fenómeno editorial del momento y nadie es único e inimitable. De ahí la sorpresa de este inteligente poemario.

Es tan interesante como navegar en una mar oceánica y no naufragar o como intentar saber cuál es la marca, el signo aquel, en la frente de Caín. Este poeta, ensayista, narrador, crítico literario, editor, educador teológico, asesor académico y teólogo reconocido, residente en México, ha publicado varias obras teológicas y cantidad de ensayos en el mismo ramo, en revistas y sitios virtuales académicos; coautor de varios libros de Teología; traduce hebreo y griego bíblicos; habla inglés y portugués; autor de los poemarios El azul de la tarde; Ese otro exilio, esa otra patria; El Árbol del Bien y del mal; y es editor y autor de varias antologías poéticas de homenaje, entre otras más cosas. Un agitador cultural extraordinario. Pero es, sobre todo, un poeta con una voz insólita y con una imaginería desbordante de singular lucidez, diríase. Es una poesía donde la voz y su eco es la existencia humana. ¡ahí es nada!, en ese devenir telúrico del silencio: “En la frente, duelen veintiún signos/ y mi risa, ¿a qué tiempo se marcha/ libre de metáforas?”

Reyes es un poeta que se imbrica con y en la tradición de la poesía culta de elaborado discurso y más que adecuada figuración del lenguaje, que bebe de la fuente de la tradición hasta nuestros días, no en vano es un gran lector y conocedor de todas las corrientes literarias, foráneas o no, de aquende y de allende. Hay en el estilo de este poeta un poso romántico libertario, e ahí la espiritualidad del arte, sin ir más lejos, y esto se ve hasta en la expresión de la emoción y en la preferencia por la búsqueda de la integridad creativa en referentes idealistas opuestos al materialismo y al realismo. Esa referencia a lo telúrico, que busca la esencia de la poesía y la suya propia como poeta, aunando pensamiento, emoción y espíritu: “En mi raya horizontal/ oigo esa otra voz sedal”.

Hay que destacar en la lectura de este brillante poemario que sus poemas son composiciones en donde la idea, el pensamiento, presenta sus mayores posibilidades de desarrollo, la sugerencia a la persona lectora, donde los juegos metafóricos alcanzan su meta y es ahí donde late esa reivindicación por construir una identidad propia, de francotirador, al margen de grupos, navegando en soledad: “El viento gira un perfume que huele ajeno/ en el territorio fluyendo en tu sangre”.

Creo que, como lector apasionado de poesía, me hago valedor de esta poesía de George Reyes y no quiero que diga como Cervantes: “Yo, que siempre trabajo y me desvelo/ por parecer que tengo de poeta/ la gracia que no quiso darme el cielo…”, pues Reyes sí que tiene el don de la poesía y tenemos un altísimo concepto de su creación literaria. Y creo que este poeta tiende puentes con lo sagrado a través de la palabra. Y es que su poesía utiliza el lenguaje y de qué manera para cantar y contar el prodigio de la vida y el misterio de la muerte. Sigue asombrándose ante lo natural y siempre alerta buscando lo que está más allá del poema: esa elocuencia que nos libera.