El sinólogo, profesor y poeta Manel Ollé i Rodríguez publica el ensayo «Islas de plata, imperios de seda. Juncos y galeones en los Mares del Sur» sobre las relaciones comerciales en la región hoy conocida como Asia-Pacífico.

Barcos del almirante Zheng He

 

Texto: David VALIENTE

 

Islas de plata, imperios de seda. Juncos y galeones en los Mares del Sur (Editorial Acantilado) es el último libro del sinólogo, profesor y poeta Manel Ollé i Rodríguez, donde trata de mostrarnos las complejas relaciones comerciales existentes en la región hoy rebautizada como Asia-Pacífico. Por su ensayo circulan navegantes, aventureros, piratas, militares, chinos, aborígenes, españoles, portugueses, holandeses… La narración viene a cubrir tres siglos de historia, intercambios comerciales y conflictos en un espacio geográfico que la razón occidental presupone yermo y atrasado, pero que en la realidad gozaba de un flujo comercial y cultural fastuoso. Nada tendrían que envidiar los asiáticos que vivieron en los siglos XV, XVI y XVII a los europeos; es más, la historiografía lleva dos décadas mostrando que nuestras creencias son fundadas en mitos que nuestras escépticas mentes occidentales han dado por veraces durante siglos. “En uno de los borradores previos, introduje el interesante debate puesto sobre la mesa por el historiador Kenneth Pomeranz en el 2000 con su libro The Great Divergence. En su trabajo, Pomeranz integró en el relato histórico e histórico económico el valor de China y la India antes del inicio de la Revolución industrial, aportando datos tan significativos como que más del 30% del PIB mundial se localizaba en China gracias a su poder demográfico y a las conexiones internacionales que había desarrollado. Hablamos de una economía potente y autosuficiente”, asegura Manel Ollé durante la entrevista a Librújula.

Islas de plata, imperios de seda nace por el interés que el autor tiene por China: “Yo cursé estudios de literatura china y después me inscribí a un programa de doctorado que me permitía estudiar el país desde una perspectiva histórica. En España había muchas fuentes sin trabajar y, por ello, he podido explicar estos cruces entre lo hispano y lo chino”. Manel tiene en su currículum otras dos publicaciones editoriales: La empresa de China. De la Armada Invencible al Galeón de Manila (2002) y Made in China (2005). Aparte de dar clases de historia y cultura de la China moderna y contemporánea en la Universidad Pompeu Fabra, ha publicado varios libros de poemas, algunos de ellos premiados, y hace las veces de crítico literario.

“En Islas de plata, imperios de seda están mis últimos 20 años de investigaciones expuestas en congresos, artículos académicos y capítulos de libros, he ido realizando un trabajo paralelo, ya que al ensayo le he dado un tratamiento distinto, reescribiendo algunos materiales e intentado, sin ser un libro de divulgación estricto, hacer un relato accesible y alejado de la especialización académica”, confiesa Manel.

El ensayo, así lo asegura el autor, pretende recoger las diferentes tradiciones historiográficas y cruzar estas miradas dentro de los marcos metodológicos de la historia económica y la historia cultural. En cuanto a su estilo, huye de los artificios estilísticos académicos, y opta por recrear narrativamente los escenarios del ensayo entre uso y uso de aforismos.

En esta entrevista, por la urgencia de la actualidad, no se analizarán todos los aspectos ni todas las tramas e historias que recoge, sino que se pondrá la atención en la apertura china del siglo XV, cuando un emperador usurpador tomó el poder y mandó a un eunuco llamado Zheng He a recorrer los Mares del Sur y establecer contacto diplomático con todos los reinos que se encontraran en su trayecto hasta las costas africanas.

El emperador Yongle, como decíamos, llegó al poder de una manera abrupta. “El sistema de sucesión chino se caracterizaba por su complejidad, el emperador tenía hijos también con las concubinas que podían acceder al trono, y esto generaba sucesiones dudosas”. Yongle aprovechó una de estas ‘sucesiones’ para alzarse con el poder en China y llevar a la dinastía Ming a su momento de mayor esplendor. “La historiografía China oficial viene a decir que la empresa marítima de Zheng He tiene su origen en el intento de Yongle de encontrar  a su rival y neutralizarlo”, comenta Manel, que no está seguro de la total veracidad de esta versión.

De lo que no hay duda es que Zheng He, un eunuco de la región de Yunnan, de religión musulmana, encabezó la expedición diplomática más increíble y ambiciosa de la historia moderna, pero también la más difícil de rastrear, pues, una vez terminada, los principales participantes (incluido el soberano) y la propia expedición sufrieron la damnatio memoriae, ningún emperador posterior quiso recordar la gesta. “Los documentos fueron destruidos, por lo tanto mucha información se muestra confusa. Aun así, sabemos que la expedición de Zheng He nace como un intento de legitimación del emperador que buscaba el reconocimiento de todos los reinos bajo el cielo”. Las embajadas chinas iban cargadas de regalos para los reinos que visitaban, luego estos reinos devolvían el gesto al emperador enviándole ricos y exóticos presentes.

“La flota de Zheng He no recalaba en los puertos con la intención de conquistar. Podrían haberlo hecho, puesto que los barcos eran auténticas ciudades flotantes con miles de tripulantes, pero su intención no fue crear un espacio colonial chino a la fuerza, más bien pretendían generar un espacio tributario, donde se reconociera la superioridad espiritual y ritual de China”, asegura Manel. Pero tampoco pensemos que tan solo recurrían a la persuasión y al comercio: “La historia oficial ha puesto el acento en los aspectos pacíficos, espirituales y económicos, pero lejos de eso, en algunos escenarios,  pongo por caso Sri Lanka y el estrecho de Malaca, emplearon la intimidación o intervinieron directamente”.

La cantidad de gente que desembarcaba, a menudo, era superior al número de autóctonos: “El volumen de esos barcos era diez veces las dimensiones de la Pinta, la Niña y la Santa María; para su construcción se deforestó una zona cercana a la capital imperial del momento, Nakín”. A pesar de la talasofobia reinante, la navegación tecnológica china estaba bastante adelantada. Durante la dinastía Song, las provincias costeras, las cuales dependían del mar para su supervivencia, desarrollaron sistemas de navegación genuinos y tecnologías innovadoras, que aseguraban la vida de los tripulantes. “La tendencia cultural orientada a lo pragmático y lo técnico impresionó a los jesuitas que llegaron en el siglo XVI y XVII. Los chinos eran superiores en lo relacionado con la agricultura y la ingeniería”.

Después de haber recorrido durante treinta años los Mares del Sur y de haber recalado en costas tan alejadas como las del África Oriental, China volvió a cerrarse en sí misma y buscó olvidar aquellos acontecimientos gloriosos. “Del mismo modo que no podemos explicar con claridad porqué empezó, el final es otro misterio del que solo conjeturamos”, adelanta Manel Ollé, aunque varias son las hipótesis barajadas por los especialistas.

La primera de ellas tiene que ver con la lucha palacial entre eunucos y mandarines. “No olvidemos que, en la dinastía Ming, el emperador tiene funciones mágico-religiosas, vive encerrado en su palacio y proyecta su poder a través de los eunucos, las concubinas y su familia”. Miles de eunucos se ocupaban de la fiscalidad y los asuntos de espionaje. “El eunuco no participa de la oficialidad, vivía al margen de la pirámide ordinaria del poder estatal”, es decir, sus atribuciones emanan directamente del poder imperial y no de la administración. Entonces, tras la muerte de Yongle y atemperando los vientos de cambio implantados, los mandarines aprovecharon la coyuntura para desterrar a los molestos eunucos del poder estatal y restablecer la capacidad de la oficialidad administrativa. Además, los mandarines consideraron los años de apertura una anomalía que atentaba con la tradición milenaria de China.

De todos modos, dejando a un lado los conflictos entre bambalinas, “se vislumbraban problemas económicos”. En la construcción de la flota se invirtieron muchas energías y capital. “Sí es verdad que muchas embajadas acudieron a China con lujosos y exóticos regalos, pero la expedición fue muy gravosa para las arcas y no retornó los suficientes beneficios económicos”. Aunque tras la muerte de Yongle todavía se produjo alguna expedición, “los nuevos emperadores perdieron el interés por la empresa de su predecesor”. O “quizás, los objetivos de crear un área de influencia y establecer a China en el centro del Índico y del Sudeste Asiático se lograron”, resalta Manel.

La historia de Zheng He se hizo popular hace unos años gracias a las publicaciones de Gavin Menzies. En 1421. El año en que China descubrió el mundo, Menzies, un exmarinero reciclado en investigador y escritor, sostuvo que los europeos no hubieran podido descubrir el mundo si los chinos no hubieran llegado antes que ellos a lugares tan alejados como América. “En el mundo académico, el libro de Menzies no cuenta con ninguna aceptación”, advierte Manel Ollé. “El relato era sorprendente y tenía mucho potencial, pero su rigor es muy cuestionable. Se dedicó a lanzar una batería de hipótesis  y a sobreinterpretar informaciones; ahora se saben que muchos de los mapas empleados por el autor en su estudio son del siglo XIX”. Manel asegura que existen suficientes evidencias para defender que los chinos en el siglo XV llegaron a la Meca y a las costas africanas, empleando la navegación por cabotaje como medio, pero más allá de esto, “nadie en el mundo historiográfico da valor a la investigación de Gavin Menzies”.

En cualquier caso, libros como 1421 e Islas de plata e imperios de seda (este último mucho más riguroso) ayudan a replantearnos nuestra concepción de la historia y a ser más prolijos en lo referido a la historia global: “En las últimas décadas, nuestra mirada ha cambiado y hemos integrado nuevos relatos en la historia del mundo”. La contribución de historiadores de la talla de Josep Needham (en el ámbito tecnológico) y  Kenneth Pomeranz (en el económico) nos han ayudado a salir de nuestras creencias erróneas en las que considerábamos, en gran medida por los trabajos de Max Weber, al sistema chino contrario a la innovación, cuando la realidad es que Occidente, con los británicos a la cabeza, adelantaron a los chinos por una cuestión de azar: “En el siglo XIX, se dieron las condiciones necesarias (carbón, máquinas, libre mercado…) para que los británicos dejaran atrás a los chinos”, aclara el sinólogo.

Esta nueva visión nos plantea que la globalización no es un fenómeno tan reciente, ya en el mundo medieval y moderno la Ruta de la Seda conectaba los diferentes puntos del espacio euroasiático, propiciando la circulación de personas, objetos e ideas a niveles que no podríamos imaginarnos: “En los siglos XV, XVI y XVII, los chinos ya habían conectado esta zona del planeta antes de que lo hiciéramos nosotros”.

La nueva apertura

Con la muerte de Mao acabó una era en China y se inició otra. Deng Xiaoping abrió el reino central al mundo, cinco siglos después de que lo hiciera el emperador Yongle. Los chinos se acercaron al resto de continentes en busca de capital y talento internacional: “Las palabras claves a finales de los años setenta y principio de los ochenta son Găigé kāifàng, Apertura y Reforma, es decir, la Perestroika y la Glásnot a la china”, señala Manel Ollé. “Para China, tan importante era recibir capitales como que sus nacionales salieran fuera de las fronteras. Así accedían a nuevas tecnologías y desde luego que la deslocalización de las fabricas occidentales en China ha contribuido mucho en su avance”. “La actitud aperturista les ha convertido en los protagonistas de la globalización”.

Entre las bazas chinas se encuentra el factor económico: “la China que nace con Deng Xiaoping ha empleado la diplomacia económica en la consecución de dos objetivos: comprar deuda externa a otros países y formar parte de la Organización Mundial del Comercio (OMC)”. A los planes de apertura de Deng Xiaoping, tenemos que sumarle la gran deriva económica de Xi Jinping, con su famosa Nueva Ruta de la Seda, una especie de gran Plan Marshall con el que Pekín buscaría convertirse en el gran nodo central del Sur global, así como desacoplarse de la economía estadounidense. “Han invertido millones de yuanes en infraestructuras y redes de comunicación, esto ha implicado que el Estado haya acaparado una parte importante de la riqueza generada en estos cuarenta años”, afirma Manel Ollé.

La historia de China se caracteriza por su talasofobia y sus esfuerzos por impedir la entrada de extranjeros en el país: “Parece que hoy China, con la excusa del covid, está corrigiendo este último periodo ‘anómalo’, cada vez es más complicada la movilidad entre provincias y los extranjeros tienen la entrada más limitada, se está potenciando el consumo interno; todo esto para autoafirmar su soberanía”, apunta Manel.

Manel Ollé advierte que el poder actual se basa en una lógica defensiva: “hay unas fuerzas hostiles y un panorama de creciente militarización, China se debe defender de esas amenazas”. El pragmatismo económico y la mentalidad de crecer a cualquier costa están dejando espacio a una mayor estatalización de la economía y a una mayor preservación del mercado interno por la guerra tecnológica abierta con su némesis americana.

Sin embargo, Manel Ollé no cree que China sea un peligro, aunque sí la considera un desafío, sobre todo por el crecimiento experimentado en los últimos años: “El crecimiento chino supone un reto desde el punto de vista de la sostenibilidad, pues requiere de más energía y materias primas, por lo que se generará una competencia entre los países por las materias primas”. Desde un punto de vista internacional, Manel considera que el mundo multipolar en el que estamos entrando tiene factores positivos: “Ninguna potencia puede hacer lo que quiera sin que se le frene los pies”. Sin embargo, el discurso mesiánico adoptado por el actual liderazgo chino le preocupa: “En los últimos documentos del vigésimo Congreso del Partido Comunista de China, se aprecia un claro mesianismo que puede desvincularlos de los datos sensibles. Recordemos que China es una potencia nuclear y preocupa cómo reclama la soberanía sobre Taiwán, al igual que lo hicieran los españoles, los portugueses y los chinos en el XVI y en el XVII. La región puede volver a convertirse en un escenario caliente”, concluye Manel Ollé.