El periodista Javier García, afincado en China, acaba de publicar su primer ensayo China, amenaza o esperanza. La realidad de una revolución pragmática (Editorial Akal)

Texto: David VALIENTE

 

El 28 de septiembre del 2021, el periodista Javier García fijó un mensaje en su cuenta de Twitter anunciando que abandonaba temporalmente la profesión periodística: “En pocos días dejaré el periodismo, al menos temporalmente, después de 30 años de profesión. La bochornosa guerra informativa contra China se ha llevado buenas dosis de mi ilusión por este oficio, que hasta ahora había sobrevivido a no pocos conflictos y otras lindezas”, comunicaba desde China, país en el que aún permanece.

Ni las peligrosas corresponsalías en África u Oriente Medio, ni siquiera su trabajo en la Organización de Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), observando el buen funcionamiento electoral en Bosnia-Herzegovina, le habían hecho desistir de su labor comunicadora. Quien fundara junto a otros periodistas el medio de comunicación y análisis Globalter, ha dejado de participar en el mundo mediático, pero no ha cerrado la comunicación con sus lectores.

Javier García acaba de publicar su primer ensayo China, amenaza o esperanza. La realidad de una revolución pragmática (Editorial Akal), con prólogo de Xulio Ríos, con el que pretende combatir las mentiras creadas por la imaginación occidental sobre el nuevo contrincante internacional de Estados Unidos.

Voy a empezar esta entrevista con una pregunta directa que hace alusión al subtítulo de su libro, ¿China es una amenaza o una esperanza?

Es una esperanza y no una amenaza. China casi nunca se ha mostrado agresiva, entre otras cosas, debido a su milenaria tradición pacifica, enraizada en pensadores tan importantes para su cultura como Confucio y Lao-Tse o en corrientes filosóficas como el budismo que, aunque originario de la India, estuvo muy presente en el Reino del Centro. La última vez que China usó las armas fue hace 34 años en una breve batalla naval contra Vietnam y no lo ha vuelto a hacer. Su crecimiento económico se ha producido sin recurrir a la violencia, sin someter a nadie, sin conquistar ni colonizar ningún territorio. Una dinámica muy diferente a la desarrollada por el resto de imperios conocidos, ya se apelliden griegos, romanos, otomanos, británicos, alemanes o norteamericanos; incluso Japón desplegó su poderío militar en el Pacífico en pos de su propia área imperial. China se centra en desarrollar el país, comerciando pacíficamente con el mundo; carece del deseo expansionista de los occidentales ni pretende salir de sus fronteras para imponer sus costumbres y modos de vida sociales. La diferencia entre el uno y los otros es notable, y es esperanzadora para poder construir un mundo multipolar en que ningún país intente imponerse sobre los demás. Aunque no se pueda garantizar que nunca se vaya a volver agresiva, todo en su historia, su cultura, su idiosincrasia y sus intereses apuntan en sentido contrario.

Hace unos días hablé con un traductor de chino y me dijo que China tiene mucho que decir, pero hay tanto ruido alrededor, concretamente tanto ruido mediático, que no se la escucha. ¿Está de acuerdo? ¿No escuchamos a China?

Sí lo estoy. A los medios occidentales no les interesa ofrecer una imagen de China realista, solamente se muestra un relato preconcebido y distorsionado, que muy poco se parece al real. China, por mucho que haya adoptado el libre mercado, se autodefine como comunista. En un mundo dominado por el capitalismo no se puede permitir, bajo ningún concepto, la imagen de un modelo que se denomine comunista y que funcione o que al menos tenga aspectos de los que otros países del Sur Global puedan sacar lecciones. Es un ejemplo que el capital y las grandes corporaciones que dirigen la política y la información que nos llega tienen que denigrar a toda costa, lo que complica mucho la tarea de conocer el país.

¿Cómo valoraría el trato que dan los medios de comunicación españoles a las noticias provenientes de China?

Siguen básicamente el tratamiento marcado por las grandes corporaciones mediáticas estadounidenses o los supuestos informes que publica y patrocina Estados Unidos, todos ellos muy poco creíbles. La mayoría de medios europeos copian esta tendencia. Puede haber algún medio que tome algo de distancia respecto al relato oficial, pero la tónica general consiste en desprestigiar a China, exacerbando las noticias negativas, silenciando las positivas, reforzando los tópicos sobre el país y difundiendo medias verdades.

¿Cree que nos están implantando una especie de ‘sinofobia’?

Hay en marcha una campaña para denigrar a China y crear alarma. Todos tenemos que tener miedo a los movimientos de China, aunque Estados Unidos haga (o haya hecho en el pasado) las mismas acciones. Se crea alarma con la caída de los restos de un cohete chino pero cuando caen los restos de un cohete de Elon Musk, el Washington Post titula que estos producen un fabuloso espectáculo de luz en el cielo. Recordemos que hay cuatro veces más desechos espaciales estadounidenses que chinos en la órbita terrestre. Por otro lado, en el imaginario occidental continúa muy viva esa concepción orientalista, que denunció el intelectual palestino Edward Said, por la cual Occidente ve al resto de culturas con cierto complejo de superioridad y condescendencia.

Cambiando de tema, este verano la calma tensa en Taiwán se desestabilizó por la visita de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de los Representantes de los Estados Unidos. ¿Taiwán es un peón de Washington en el conflicto contra China?

Sí. Es la única baza que le queda a Estados Unidos para tocar las narices a China. Washington, el gran adalid del globalismo y el libre mercado, atacó (y sigue atacando) empresas privadas chinas, les limitó la obtención de chips para los móviles y las redes 5G. Es su modus operandi para contener el crecimiento chino. Pero, como su plan no ha salido del todo bien, recurre a Taiwán, la única rémora que tiene China de su pasado como país colonizado. En este sentido, Taiwán es a China lo que Ucrania a Rusia, la emplean para intentar acorralarla y obligarla a iniciar un acto de agresión en la isla, algo que Pekín no está dispuesto a hacer.

Entonces, ¿China nunca admitirá una Taiwán “libre” y “soberana” como quiso Mike Pompeo, Secretario de Estado durante el mandato de Donald Trump? ¿Cuál es la línea roja de Pekín?

La cuestión de Taiwán no solo es esencial para Pekín, también lo es para cualquier chino. A su juicio, Taiwán perteneció a China hasta que los japoneses, en el periodo de entreguerras, la conquistaron. Tras la Segunda Guerra Mundial y el fin del imperialismo nipón, los chinos nacionalistas del Kuomintang, liderados por Chiang Kai-shek, perdieron la guerra civil contra los comunistas y se refugiaron en Taiwán. Mao y los suyos iban a terminar de unificar el país, pero los barcos americanos en el estrecho de Formosa se lo impidieron. Da igual el régimen o la ideología, para todos los Gobiernos chinos la reunificación de la República Popular con Taiwán es esencial; no priorizar esta cuestión haría muy impopular a cualquier gobierno, fuese del signo que fuese. La ONU y la inmensa mayoría de países del mundo, salvo un puñado de países centroamericanos y caribeños y el Vaticano, reconocen el principio de una única China representada por la República Popular.

Parece que la visita de Pelosi nos reveló una dinámica de poder distinta.

Sí, China ha mostrado su fortaleza. En la actualidad, es la segunda economía mundial y está muy cerca de superar a Estados Unidos; de hecho, en algunos indicadores, como en el PIB medido por paridad de poder adquisitivo, desarrollo de energías renovables o esperanza de vida, ya le ha superado. China tiene sus líneas rojas y no se deja avasallar como sí lo hace Europa y otros muchos países. Esta situación no la consiente Estados Unidos porque va contra la configuración del mundo unipolar, tan cómoda para sus intereses, que construyó después de la Guerra Fría. El actual conflicto en Ucrania es un prolegómeno, una preparación para luchar contra el verdadero enemigo a batir, en su concepción del mundo, que es China.

Hablando de Europa, si leemos los últimos documentos sobre la estrategia en la región Asía-Pacífico, nos damos cuenta de que la Unión Europea cada vez está más en sintonía con la estrategia estadounidense. ¿Está Bruselas cometiendo un error?

Sí. Tristemente, la UE no ha sido capaz de mantener una autonomía estratégica que la desvincule de Washington y la OTAN, lo hemos podido comprobar con la guerra en Ucrania y parece que con China lleva el mismo camino. El año pasado se sumó a las sanciones estadounidenses por el supuesto “genocidio uigur” en Xinjiang. Aunque, por otro lado, los europeos tienen intereses esenciales depositados en China, su primer socio comercial. Pekín exporta muchos productos al Viejo Continente, pero también las propias compañías europeas asentadas en suelo chino obtienen pingües beneficios. Probablemente, las empresas automovilísticas europeas se irían a la quiebra si perdieran un mercado tan grande. Cada vez son más recurrentes las voces críticas en Europa con Estados Unidos, y más por la actitud demostrada en la guerra de Ucrania. El ministro de Economía de Francia, Bruno Le Maire, ha echado en cara a Washington que sus empresas estén ganando dinero mientras Europa se hunde en el abismo. Por su parte, el canciller alemán,  Olaf Scholz, visitó recientemente China, demostrando una postura menos deferente hacia los Estados Unidos. Se aprecian pequeños indicios de que Europa quiere independizarse de la estrategia establecida por Estados Unidos. Aunque, en caso de un conflicto mayor, es difícil determinar qué posición tomarán los países europeos, que en la guerra contra Moscú han cerrado filas en torno a Washington. Esperemos que la Unión Europea consiga mantener una posición diferenciada de los postulados estadounidenses respecto a China.

¿En Xinjiang se está perpetuando un genocidio cultural o una limpieza étnica?

En absoluto. Es una barbaridad, una mentira descarada.

En su libro nos da unas cifras sobre los cambios demográficos que está experimentando la región; es sorprendente comprobar que casi hay una paridad entre el número de han y uigures. ¿A qué se debe?

Entre el 2010 y el 2020, la población de ambas etnias ha crecido mucho: los uigures lo han hecho en torno a 16,2 %, muy por encima de la media de crecimiento de todo el país, pero los han crecieron todavía más, en un 25%. Que haya una política de inmigración han hacia la región de Xinjiang no significa que se esté produciendo un genocidio. Esto mismo ocurre en otros países. Sin ir más lejos, en España, la población del sur emigraba hacia las comunidades autónomas del norte. La población autóctona de Cataluña, País Vasco y Galicia ahora es inferior que hace unas décadas, lo que ha contribuido a reducir el sentimiento nacionalista e independentista. Así sucede en Xinjiang, una región que ha experimentado un fuerte crecimiento económico e industrial. Las oportunidades potencian la inmigración interna que es favorecida también por el gobierno. De continuar esta tendencia es posible que en unas décadas la población han supere a la uigur. En un mundo cada vez más globalizado las culturas minoritarias en estados centralistas están especialmente en peligro y deben protegerse. En Xinjiang se respeta la cultura uigur, cuenta con sus propios medios de comunicación y su lengua se enseña en las escuelas. La cuestión es si eso será suficiente para su supervivencia. De igual forma que podemos decir si culturas y lenguas como la gallega podrán sobrevivir a largo plazo. Que no se proteja lo suficiente una cultura es una cosa, que tenga lugar un genocidio es otra.

Pero la BBC publicó en mayo del 2022 unas imágenes de los centros de reeducación en Xinjiang y no dejan lugar a dudas. Si la BBC no ha mentido y no nos ha mostrado el interior de otros lugares, esos centros perecen cárceles.

Los centros de reeducación se cerraron en 2019, según asegura el Gobierno central y el regional. Yo estuve en uno de ellos, y comprobé que ahora son escuelas de formación profesional destinadas a personas sin estudios ni trabajo. Es difícil saber cómo fueron esos centros antes del 2019, y es posible que se cometieran una serie de arbitrariedades en la selección de quienes entraban, seguramente se conculcaron derechos individuales. Yo creo que eran centros de enseñanza profesional y de desradicalización muy estrictos, aunque desde la administración china siempre se ha defendido que las personas ingresaban voluntariamente. De todos modos, que en los centros se hayan vulnerados algunos derechos humanos no significa que se esté cometiendo un genocidio contra el pueblo uigur. También se han vulnerado seguramente en los centros de desradicalización franceses y británicos. Y, desde luego, se han vulnerado en la lucha contra el terrorismo realizada en España por medio de los GAL.

¿En China, la desigualdad es muy acuciante?

Todavía hay desigualdad: encontramos a unos pocos con inmensas fortunas y a otros muchos con menos poder adquisitivo. Sin embargo, en 2020, se acabó oficialmente con la pobreza extrema, más de 800 millones de personas salieron de ella y hay que añadir que los últimos 80 millones no han sido fáciles de rescatar porque vivían en las áreas más remotas y con menos oportunidades de trabajo. El reto, en la actualidad, es impedir que la gente vuelva a caer en la pobreza y reducir las diferencias económicas y sociales aún endémicas. Para esta labor, Pekín cuenta con una ventaja: los empresarios chinos no son los que manejan el poder ni tienen influencia en las decisiones políticas, a diferencia de Occidente. La gente que dirige el país ha llegado hasta ahí a través de un exigente sistema meritocrático por el que se supone que las mejores cabezas son las que adoptan las decisiones. Desde que acabara la lucha contra la pobreza, ha comenzado la búsqueda de ‘la prosperidad compartida’ para convertir a China en un país próspero sin grandes diferencias sociales. Se han marcado como fecha límite para conseguirlo el 2049; parece una hazaña difícil, pero ya se están tomando medidas (muy criticadas desde Occidente, por cierto), entre las que destacan la subida de impuestos a las grandes empresas, acabar con los monopolios empresariales y mejorar los servicios sociales. Es una tarea complicada porque debe hacerse intentando no frenar el crecimiento económico del país. Pero si algo caracteriza la planificación a largo plazo china, es que suelen cumplir los objetivos que se proponen.

Últimamente en los medios de comunicación occidentales se compara mucho a Xi Jinping con Mao Zedong, ¿hay algo de real en esta comparativa?

Nada que ver. Xi Jinping pertenece a otra época, son líderes en contextos diferentes. Lo que pasa es que la imagen tanto de China como de Xi Jinping están muy denigradas. Entre los chinos, su presidente tiene muy buena imagen sobre todo por los cambios que ha logrado en estos diez años de mandato. Xi ha impulsado la conciencia ecológica en el país; antes, por encima de todo, lo apremiante era el crecimiento económico. La China de nuestros días es líder en energías renovables y coches eléctricos. Entre 1980 y 2020 se ha duplicado la superficie forestal del país para luchar contra la desertificación. En la última década ha mejorado muchísimo la contaminación del aire en el país. También se ha adoptado la construcción de ciudades esponjas, que consiste en crear humedales en el centro del casco urbano y prevenir así las sequias y las inundaciones; ya se están implementando en Pekín y Shanghái. Por otro lado, Xi Jinping ha priorizado la lucha contra la corrupción y la pobreza. Solo por estas tres cosas, es diferente del resto de presidentes, incluso del recién fallecido Jiang Zemin, al que solo le importaba el crecimiento económico y prestaba poca atención a la calidad del aire de las grandes megalópolis.

¿Xi Jinping lucha contra la corrupción o se libra de sus adversarios políticos?

Lucha contra la corrupción. Desde que Xi Jinping llegó al poder se han investigado cinco millones de casos de corrupción tanto a nivel estatal como provincial. Y, claro, se ha condenado a mucha gente, incluso a políticos allegados, pero no está librando una guerra contra sus rivales políticos. Antes de que Xi llegara al poder, muchos dirigentes advertían de que la corrupción podría gangrenar el sistema. La lucha contra ella es además muy popular en el país. La sociedad aprecia este esfuerzo y ha asumido también como algo urgente acabar con los corruptos.

¿Qué paso con Hu Jintao en el Congreso del Partido Comunista?

Con exactitud nunca lo podremos saber. Los chinos son poco transparentes: el Gobierno no se explica con claridad cara al exterior, es muy cerrado; es parte de su idiosincrasia. Deberían intentar explicarse mejor y quitarse este escoyo del medio para luchar con más eficiencia contra las campañas informativas que ahora mismo actúan en su contra. Lo que ocurrió con Hu Jintao no fue una purga televisada en directo, como afirman los medios occidentales. Eso no encaja en la mentalidad china tan reverencial con los mayores, mucho más aún con sus expresidentes. Según la sucinta explicación ofrecida por los medios chinos, Hu Jintao se encontraba mal y, aunque él no quería salir de la sala, quienes estaban alrededor, que le veían indispuesto, le insistieron para que saliese. Una situación similar ocurrió en el funeral de Jiang Zemin. Hu Jintao, que estuvo presente el día anterior en su homenaje, no pudo asistir porque los presentes tuvieron que permanecer de pie una hora y el expresidente es una persona mayor con bastantes dolencias físicas entre las que se encuentra la esclerosis múltiple. Yo creo que las razones tienen que ver con ello, tampoco lo puedo asegurar al cien por cien pues no dispongo de suficientes datos; de lo que sí estoy seguro es de que no fue una purga en directo.

¿Y qué ocurre con las recientes manifestaciones contra las medidas anticovid?

Las medidas anticovid son duras y cansan a la población, que ha salido en varias ciudades a mostrar su descontento. Las protestas no han sido multitudinarias, y, al contrario de lo que pensamos, en China se producen con bastante asiduidad: se han contabilizado unas 490 protestas sectoriales al día. Estas últimas son significativas, pues han sido a nivel nacional contra una medida del Gobierno central. Sin embargo, no fueron reprimidas con violencia, cosa que sí ocurrió en otros países. Escucharon a los manifestantes y aceleraron un proceso ya previsto: el progresivo abandono de las políticas de ‘cero covid’. No obstante, una parte de la sociedad ha mostrado su miedo a esta decisión, ya que consideran que es demasiado pronto. La política contra el coronavirus ha salvado muchas vidas. No hay más que comparar las cifras de infectados y de muertos de China con las de otros países occidentales o incluso con las de la vecina Taiwán. En Taiwán abrieron en marzo del año pasado y comenzó a morir mucha gente, por eso la población china tiene miedo a la apertura. Aun así, desde que la República Popular China comenzó a relajar las medidas, por el momento no hay noticias de muertos. Sí se están registrando más contagios, pero la gente parece estar inmunizada y el virus se muestra menos virulento. Si las cifras siguen siendo tan positivas, la estrategia china contra la covid habrá sido un enorme éxito, ya que habrá conseguido evitar las muertes de sus ciudadanos, lo que debería ser el principal objetivo de cualquier gobierno.

Da la impresión, y algunos analistas están convencidos, de que China, aprovechando la lucha contra el virus, se está cerrando de nuevo.

Existe ese peligro, pero no creo que esté sucediendo. China quiere seguir mejorando la vida de sus ciudadanos sin perder el contacto con el mundo. Les interesa el comercio y el intercambio  de conocimiento con el exterior. Los chinos son como esponjas y en estos 40 años de apertura han aprendido mucho de los modelos occidentales, algunos aspectos, de hecho, los han asimilado y sincretizado con los suyos. También es cierto que están muy centrados en su propio país y les importan poco las opiniones de fuera. No, la tendencia sigue siendo aperturista, lo observo en la gente, en la universidad… Más bien desean retomar el contacto con el extranjero. Lo que pasa es que Occidente intenta crear una caricatura falaz de China.