Graham Swift, munición de gran calibre

El escritor británico publica «Doce cuentos de posguerra» (Anagrama).

Texto: Francisco Luis del Pino Olmedo

 

Figura sobresaliente de la generación literaria británica de los años ochenta llamada “nueva narrativa”, que ha contribuido a redefinir la novela contemporánea, Graham Swift, ocupa junto a sus compañeros Julian Barnes (reciente Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026), Martin Amis,  Ian McEwan, o Ishiguro y Rushdie , un destacadísimo lugar por el carácter de su escritura y la forma de abordar temas sempiternos como el tiempo, la memoria, la muerte y las relaciones humanas. Autor de una decena de novelas de excelente factura como Últimos tragos,  El país del agua (Premio de ficción de 1983), o Last Orders que obtuvo el prestigioso Booker Prize en 1996. Graham Swift también ha cultivado el relato corto, donde ahonda en la vida cotidiana con esa sensibilidad exquisita que mantiene a lo largo de su trayectoria como escritor, e impulsando su enorme destreza para aunar nostalgia, ironía y crítica social.

Su último libro, Doce cuentos de posguerra (Anagrama) es una exposición psicológica de personajes y situaciones históricas que recogen la confrontación con el pasado y la complejidad de la vida en Gran Bretaña tras la Segunda Guerra Mundial. Aparentemente encapsuladas como vivencias minúsculas tienen la potencia de una munición de gran calibre por su poder intenso de penetración. Una de las virtudes del autor londinense es la maestría con la que invita al lector a detenerse en lo aparentemente simple para conducirlo al descubrimiento de la complejidad que se esconde tras cada decisión.

En Negro, uno de los cuentos más brillantes del libro, Swift ataca varios frentes abiertos en la sociedad británica y latentes todavía hoy, como el racismo a través de un simple viaje en autobús de un par de jovencitas. La presencia de un soldado negro estadounidense al que el pasaje rehúye abiertamente, menos Nora la protagonista de dieciocho años que se sienta a su lado y entabla conversación con él, realizando un acto de coraje que recordará muchos años después. El temor a su padre minero y maltratador de su esposa descubre una visión miserable de las condiciones de vida  de los trabajadores del carbón; los enfrentamientos violentos ya en los años ochenta de los huelguistas mineros con la policía describen una sociología represiva, en una época marcada por un supuesto bienestar, pero que arrastra problemas económicos y sociales importantes. El escritor es capaz de enfocar la complejidad de un marco amplio sin perder ni un instante la visión de los personajes.

La habilidad del autor británico para hilvanar pequeñas historias de acontecimientos que conmocionaron al mundo, y cuyos efectos psicológicos alteraron el transcurrir de la vida de muchas personas, o por el contrario, reafirmaron la decisión inquebrantable de seguir adelante con lo proyectado, se encuentra en el espléndido Fuegos artificiales, ambientado en octubre de 1962 en pleno estallido de la llamada “Crisis de los misiles”. Frank Green, el protagonista, ha planeado cuidadosamente la boda de su hija Sophie de diecinueve años y el enlace está previsto para esos días. Su mujer y la familia del prometido es partidaria de cancelarlo hasta que se despeje la amenaza atómica o llegue lo peor, en cuyo caso ya nada importaría. Pero Frank no duda un instante en llevar los planes nupciales adelante sin dejarse impresionar por los acontecimientos.  La boda se realiza y la pareja tiene su luna de miel, mientras el mundo recupera la normalidad y lo festeja con júbilo.

Swift introduce un nuevo elemento aparentemente insignificante, frente a otro hecho histórico como es la celebración anual de la Noche de Guy Fawkes, o la Noche de las Fogatas, que conmemora la Revolución de la Pólvora de 1605, en que se intentó derribar el Parlamento inglés con explosivos y liquidar al rey. Al protagonista le encanta esa fiesta por recordarle su infancia cuando, junto a otros niños, iba a pedir a los mayores “un penique para el muñeco” que acababan de fabricar y que ardería en el fuego. Cada año va a casa de unos amigos a cincuenta metros de su hogar para celebrarlo en el jardín tirando algún cohete con los dos hijos pequeños del matrimonio, ver los fuegos artificiales y paladear un trago de whisky. Y lo hace vistiendo su vieja cazadora de aviador Irvin, de piel de cordero; la que utiliza de vez en cuando para hacer tareas de la casa, reparar el tejado o lavar el coche. Frank apenas piensa ya en las circunstancias en que la había llevado años antes. Se había convertido en una prenda doméstica más que colgaba de un gancho en el garaje, donde “el cuero raído de sus puños brillaba como metal”. De esta manera sutil e irrelevante, el autor nos habla de su pasado como aviador de la Real Fuerza Aérea (RAF) durante la segunda guerra mundial. Un velado recordatorio de aquellos hombres ya cuarentones a los que aún les sentaban bien las prendas con las que habían luchado.

El tema de la vejez y la soledad se representa en el Pasaporte a través de una anciana que no recuerda el día de su cumpleaños, si tiene 81 u 82 y busca su pasaporte para saberlo con exactitud. Para ella un pasaporte en regla es, principalmente, una forma de afirmación personal que te representa en el mundo. Carecer de él, piensa, es algo parecido a no existir. Y el olvidar su natalicio describe un deterioro que no está dispuesta a consentir. Por eso mismo, el pasaporte es vital para ella como fuente de memoria y  presencia en el mundo. En esta exquisita narración, la protagonista, Anna-Maria, profesora jubilada ya hace mucho tiempo, inicia una inmersión lúcida a sus primeros años de vida, cuando la muerte de su madre durante el Blitz nazi, y la de su padre, combatiente internacional en la Guerra de España, caído en Egipto luchando contra los italianos, la convierten en huérfana a los tres años. Sin pizca de tristeza recorre su existencia y los abandonos sufridos, manteniendo un ánimo valeroso y aceptando la proximidad del vacío con naturalidad. Un relato conmovedor por su delicadeza y serenidad que prueba una vez más la excelencia de Graham Swift.

Doce historias inmensas en su calidad narrativa que consiguen seducir al lector por la brillantez de un autor imprescindible de las letras británicas, cuya obra ya forma parte de lo más granado de la literatura por su inteligencia y humanidad.