Los relatos de “Fábulas de robots” de Stanislaw Lem nos muestran con agudo sentido del humor que las máquinas tienen sus puntos débiles.

Texto: Sabina FRIELDJUDSSËN Ilustración: ODOBENUS

 

 

Stanislaw Lem nunca tuvo demasiada fe en la condición humana, por eso los presuntos robots, electrosabios y electroguerreros de este puñado de agudas fábulas llenas de problemas y desatinos son parecidísimos a los humanos, especialmente en su amplio repertorio de defectos. Lem nació en 1921 en Leópolis, la actual ciudad ucraniana de Lviv, asediada una vez más por el autoritarismo ruso, que entonces era parte de Polonia, así que si viera el desastre actual de la guerra de Ucrania tampoco le iba a extrañar demasiado.

Después de la Segunda Guerra Mundial, donde luchó contra los nazis, se sintió próximo a los postulados del socialismo, pero pronto empezó a resquebrajársele la utopía entre los dedos y desencantarse de esa forma de gobierno basada en la opresión de la libertad individual. El género de la ciencia ficción le permitió a menudo esquivar la rígida censura soviética y, con la excusa de estar hablando de planeta remotos y máquinas cibernéticas, poder ejercer una mirada crítica sobre todo tipo de taras de la sociedad humana de manera universal.

Los relatos de Fábulas de robots (Impedimenta) tienen el encanto de Los cuentos de las mil y una noches, e incluso a veces utilizan su misma estructura de la historia dentro de la historia. Hay un guiño a Scheherezade, que debía ser muy buena contadora de cuentos para evitar que el sultán le cortase la cabeza, en El rey Globaldo y los sabios. Aquí el reto está en contarle al rey una historia extraordinaria porque, si no consigue sorprenderlo, la cabeza del sabio cuentacuentos rodará. Finalmente, uno de los relatores vencerá la crueldad real.

Encontramos en estos planetas habitados por robots tremendamente humanos todo tipo de arquetipos de las fábulas: los guerreros aguerridos que han de hacer una gran hazaña para casarse con la hija del rey (aunque la sorna de Lem hace que el vencedor sea el menos aguerrido de todos), princesas enamoradizas, los sabios consejeros (que a menudo no aciertan o no se les hace caso) y esos monarcas todopoderosos, caprichosos y crueles que aparecen retratados con mordacidad. Los planetas cambian, los siglos se suceden, pero el abuso cruel de los poderosos, la codicia y la incapacidad para entender al otro, son eternos.

En las últimas fábulas encontramos a uno de los dúos favoritos de Lem, los inventores Clapaucio y Trurl, a la vez amigos y rivales, una especie de El Gordo y el Flaco en constructores de máquinas inverosímiles y disparatadas. Ellos son los protagonistas de su siguiente libro de relatos: Ciberíada. Se supone que ambos son robots, pero tienen todos los defectos, manías y tonterías de cualquier humano. En Cómo se salvó el mundo encontramos a un Clapaucio rabioso de celos porque su colega ha construido una máquina de prestaciones asombrosas, capaz de reproducir cualquier cosa cuyo nombre empiece por la letra “n”. Va lanzando desafíos a la máquina extravagantes, que esta resuelve, hasta que le lanza el desafío de crear la nada. Tan bien lo cumple la máquina que a punto está de engullir el cosmos entero para mostrarle a Clapaucio que es un memo de tamaño galáctico.

En alguno de los relatos veremos también aparecer a los “paliduchos”, que son “unos seres nacidos del agua y sin embargo opacos”. Son los “Homo”, es decir, los humanos, y uno de los sabios le suplica a su rey (con poco éxito) que no se le ocurra traer uno vivo al planeta, “pues se trata de la criatura más peligrosa y dañina que existe”. Tal y como acaban las cosas en la historia, el consejero no iba nada desencaminado porque el humano resulta más taimado y vengativo de lo que nunca hubieran podido imaginar sus cabezas eléctricas.

Los relatos tienen un tono de aventura fantasiosa jocosa con personajes de nombres medievalizantes, pero Lem va colocando sus cargas de profundidad entre líneas y nos lleva a reflexiones complejas: sobre la posibilidad de la nada, la inexistencia como la única perfección posible o incluso sobre el sentido del cosmos. El viejo sabio le dice al joven: “Lo que en verdad deseas preguntarme es si el cosmos es realmente ridículo. Pero a esa pregunta cada cual debe responderse por sí mismo”.

En su novela más famosa, Solaris, Lem nos dice: “El ser humano ha salido a explorar otros mundos y otras civilizaciones sin haber explorado su propio laberinto de pasajes oscuros y cámaras secretas y sin haber encontrado qué mentiras hay detrás de las puertas que él mismo ha sellado”. En esos despachos de la NASA donde se debaten las próximas misiones a Marte para empezar a preparar la colonización no deberían faltar los libros de Stanislaw Lem.