En su última novela, «Gordo de feria» (Anagrama), un humorista hastiado, un camarero de Almería y una china misteriosa cruzan sus improbables caminos a partir de una suplantación de identidad. Un disparate de prosa explosiva y ritmo enloquecido.

 

Texto: Antonio LOZANO FOTO: Asís G. AYERBE

 

Asociada por sistema a los márgenes, en parte por su predilección por individuos poco edificantes y que medran fuera de los ámbitos de respetabilidad, en parte porque genera un culto de fieles tan circunscrito como entusiasta, Esther García Llovet (Málaga, 1963) combina el absurdo, la peripecia y el humor en delirios controlados que suelen desplegarse por un Madrid que jamás saldrá en los vídeos de promoción de la ciudad. La autora no necesita premios ni un millón de lectores, pero todos se le quedarían cortos.

Desde siempre se te ha colocado la etiqueta de punk, outsider, alternativa…como si escribieras desde los márgenes, sin contemplaciones, casi se diría que con un lanzallamas entre los brazos. ¿Te reconoces en esta visión o es otra forma más de encasillamiento?

No tenía la menor idea de que me considerasen punk ni alternativa, pero probablemente ser outsiders es algo que nos lleva a los escritores a ser eso, escritores; hay una media distancia ahí, buscada o no, que nos permite mirar sin ser vistos y que tiene mucho que ver con la posición del narrador. Sobre el lanzallamas tomo nota, porque creía que con una navaja suiza iba servida.

También se recurre a términos como “surrealismo”, “absurdo” o “delirante” al intentar definir tus tramas. ¿Te ves en la tradición de deformar la realidad para hacer aflorar su lado más grotesco o es que la realidad ya es así y no le prestamos suficiente atención?

Creo que el término delirante viene más que nada porque no entro en la corriente de la literatura realista y social que se escribe ahora en España, que es un país con cierta tendencia al delirio, por otra parte. El humor, sin embargo, me parece que siempre tiene algo de absurdo, que escapa a la lógica, es parte de su magia, y bienvenida sea. Habría que recuperar a Valle-Inclán y a Buñuel y a Gómez de la Serna, que fueron modernos cuando nadie lo era aquí. Y absurdos.

En ocasiones tus libros flirtean con mecanismos, atmósferas o tipos propios de la novela negra o del terror. ¿Qué te interesa más de ellos y qué encaje les buscas en tus historias?

No creo que escriba novela negra, quizás sí lo parece porque lo hago sobre lo marginal, personajes y lugares ajenos a lo más convencional, pero lo que sí utilizo del género negro es el tipo de estructura de búsqueda de algo o alguien, lo que los ingleses llaman «quest«, un cruce entre investigación y aventura que a mí me ayuda a vertebrar la narración, aunque le mayoría de las veces esa búsqueda no sea más que un macguffin para contar algo que no tiene nada que ver con la trama. Que el tema y la trama sean como agua y aceite me resulta muy estimulante, siempre.

Sientes afinidad por los tipos que deambulan y que carecen de propósitos claros, la falta de dirección vital y física te sirve de combustible literario. ¿A qué lo achacas? ¿Adónde te permite llegar (paradójicamente)?

Las personas que no tienen ni idea de adónde quieren ir ni qué quieren hacer suelen hacer descubrimientos que sorprenden hasta a la misma persona en cuestión. Creo que en eso se parecen a los lugares marginales, que permiten que el azar se cruce con más facilidad en su camino. Las personas con ideas muy claras no generan grandes sorpresas. Luego son muy buenos como ingenieros.

El Madrid de tu obra desafía cualquier representación oficial, huye de la postal, del glamour y del ideal turístico. ¿Hay un deseo de reivindicar la poesía de ese Madrid invisible, lumpen, marginal y en ocasiones feo o lo ves únicamente como hábitat natural/reflejo del tipo de personajes que te interesan?

Personalmente, el centro de Madrid me parece estupendo para ver turistas, pero es que además lo más curioso es que la Puerta del Sol es de los sitios de Madrid donde más gente marginal y del extrarradio se concentra. Es como el gran atractor centrípeto de los flecos más lejanos de Madrid. De todas formas, empiezo a preguntarme por qué me preguntan siempre sobre lo lumpen y lo feo cuando la M30 es de una belleza selvática. Lo que pasa es que nadie va a verla.

Tus novelas son cortas y compactas, con un uso marcado del sobrentendido y la elipsis, dejan al lector mucho margen para rellenar los espacios en blanco. Te imagino midiendo cada palabra para que no sobre nada, evitando cualquier señal de redundancia o énfasis, ¿me equivoco?

La verdad es que escribo libros cortos porque cuando voy por la mitad ya estoy pensando en el siguiente y me entran prisas por acabar el que tengo entre manos. De todas formas me gusta mucho el estilo periodístico, conciso, de Richard Price por ejemplo, que es uno de mis escritores preferidos. Leo mucho también a Joan Didion o a Gay Talese. Esa limpieza hasta el hueso me parece refrescante. Un latigazo basta. A no ser que quieras dos.

¿Gordo de feria partió de un concepto (el doble, por ejemplo), un recurso noir (las estafas inmobiliarias), un ambiente (el crucero por el Danubio)? ¿O en el arranque de tus novelas suele haber algo mucho más anecdótico?

Los personajes, Castor y Julio, se me ocurrieron después de ver Los Mariachis de Pablo Remón: Luis Bermejo y Fran Reyes me parecieron los perfectos Castor y Julio (que no se parecen nada de nada, aunque Castor se emperre en que es así). Por otro lado, la idea de esta novela partió de tres escenas que quería unir, sin saber por dónde iba a ir la narración, solo por el juego de fluir con lo que fuera surgiendo. Lo curioso es que una vez que acabé la novela esas tres escenas o no recuerdo cuáles eran o han desaparecido. Misterio.

Venías de Sánchez, una novela muy concentrada en el tiempo y de ritmo (moderadamente) tranquilo, mientras que Gordo de feria es expansiva y alocada. ¿Tenías ganas de dejarte llevar, de pisar el acelerador?

Es expansiva y alocada porque no tenía ni idea de por dónde iba a ir la historia, quizás también la comedia se puede permitir esta licencia poética. Hubiera querido que fuera un poco más slapstick pero es muy difícil en literatura. El slapstick es demasiado físico, visual. De cualquier manera, creo que lo alocado en ocasiones es muy necesario. No estaría mal recordar que a veces el realismo puede ser totalmente intrascendente.

No es la primera vez que un comediante asoma por tu literatura. Castor, con todo, es una figura bastante desesperada y agobiada. ¿Querías incidir en el contraste entre la imagen pública y la realidad íntima de los del gremio?

Los humoristas son gente muy compleja, quizás el humor es de por sí un mecanismo muy poco transparente, a pesar de parecer algo evidente. Los humoristas por lo general son un espejo raro y algo esquinado que refleja al público más que a sí mismos. Son entrañables y algo misántropos, una combinación explosiva que me encanta.

En un artículo para Culturamas en el que hablabas de tu deuda con Bolaño y su Nocturno de Chile, acababas diciendo: “La escritura de Bolaño dice: Busca, busca, busca. Y, cuando encuentres lo que buscabas destrúyelo”. ¿Dirías que el mensaje oculto de tu propia obra ha discurrido por estas mismas líneas?

Bolaño es el autor que me llevó a escribir, pero llegó un momento en que tuve que matar al padre (en Cómo dejar de escribir). Había pensado realmente en dejar de escribir, no era yo la que escribía, me di cuenta después de que si quería seguir tenía que ser yo misma y eso he hecho. Ahora me divierto mucho más.

Se menciona con frecuencia el ascendente de tu formación como guionista de documentales en tu ficción, pero no tanto si el hecho de estudiar Psicología Clínica dejó alguna huella en tu escritura.

Estudié Psicología Clínica porque no me dio la media en Selectividad para estudiar Sociología (creo que saqué un 4.7. En fin).