El escritor y abogado Recaredo Veredas muestra en «Amores torcidos» el Madrid menos literario, el de las oficinas de la Castellana y las urbanizaciones residenciales de Pozuelo.

Texto: David PÉREZ VEGA

 

Había coincidido con Recaredo Veredas (Madrid, 1970) en más de una presentación literaria de Madrid durante los últimos años, pero nunca, hasta ahora, había leído un libro suyo. A raíz de la publicación en 2021 de mi novela Esto no es Bambi en la editorial Maclein y Parker y de la publicación de la suya, Amores torcidos, en la editorial Tres hermanas, acabamos quedando ‒gracias a la intermediación de nuestro amigo común Eduardo Laporte‒ para intercambiarnos estos libros, ya que los dos hemos compartido en ellos obsesiones comunes: el mundo laboral madrileño de los licenciados en carreras de Ciencias Sociales; ADE en mi caso, Derecho en el suyo.

Amores torcidos sitúa su acción en Madrid, en dos tiempos narrativos: 2019, el presente del personaje, cuando es un hombre cercano a los cincuenta años, y 1986, cuando es una adolescente de dieciséis. El libro está formado por cinco capítulos extensos, donde los impares se corresponden con una historia que avanza en 2019, y los pares con una historia que avanza en 1986. Con el añadido de una coda final, ambientada en 2019, en la que, en un final abierto, el lector puede atisbar la futura vida del personaje, después de haber atravesado una intensa crisis vital y moral.

Antonio es un abogado de éxito, que dirige, desde unas ostentosas oficinas de la Castellana, su propio bufete de abogados, formado por unos treinta tiburones «juniors». Está casado y tiene un hijo, al que casi no ve porque ha delegado su atención en su mujer, como suelen hacer los ejecutivos que se preocupan por su carrera. Además, mantiene una relación clandestina con Alicia, su segunda en el bufete. Antonio también acude a ver a una psicóloga porque se siente comido por la ansiedad y le cuesta dormir, a pesar de su dependencia de los tranquilizantes, a los que puede llegar a mezclar con alcohol o cocaína.

La novela está escrita en tercera persona, pero, gracias a la técnica del estilo indirecto libre, Veredas nos acerca mucho hasta los pensamientos de Antonio, principalmente, pero también a los de otros personajes del libro que van a ir cobrando su espacio. Veredas retrata a sus personajes, desde la primera página, con una mirada mordaz y descarnada, mostrándolos como unos cínicos desencantados sin redención. Así, en la primera escena, se describe un juicio, y los términos en los que desarrolla poco tienen que ver con cualquier idea de justicia social. «La jueza adopta la actitud que le toca, prescindiendo de su condición humana y atendiendo a factores procesales próximos a la robótica. Hace suyas las palabras de los técnicos, aunque sepa que están comprados. (…) Para ella es la quinta vista del día y la jaqueca da sus primeros calambres. No quiere impartir justicia, solo desea irse a casa, encender el aire acondicionado y ver una serie de Netflix en pijama.» (pág. 21)

Al principio, el lector asiste hipnotizado a la descripción del ambiente judicial madrileño, mundo que conoce el autor perfectamente, porque él es abogado y trabaja en un bufete. Ya he comentado alguna vez que a mí me interesan las narraciones que hablan del trabajo, lugar en muchos casos en el que confluyen la extrañeza máxima y los seres humanos. Pero Veredas no se va a limitar aquí a hacer una novela costumbrista, a mostrarnos, de un modo desinhibido y cruel, cómo funciona un bufete de abogados por dentro, ya que Antonio, su personaje principal, guarda más de un trauma del pasado con el que se va a enfrentar en el presente narrativo del libro.

De forma casual, Antonio coincide en un juicio con Martín, un antiguo compañero del colegio, que también es abogado como él. Pero a diferencia de Antonio, Martín es un profesional mediocre al que el éxito no acompaña en absoluto. A pesar de la reticencia inicial de Martín, Antonio hace un esfuerzo por acercarse a él y retomar la relación del pasado. Además, se propondrá ayudarle, contratándole para su bufete de abogados, aunque sea mucho mayor que los que van a ser sus compañeros, y a Alicia no le parezca, bajo ningún prisma, un abogado competente.

En realidad, el recuerdo que guarda Antonio de Martín no es nada bueno, y es frecuente que aparezca en sus pesadillas más íntimas. Así que Antonio puede estar intentando alcanzar una redención, mediante la realización de una buena obra, o por el contrario, estar perpetrando una venganza.

Los capítulos dos y cuatro, correspondientes al año 1986, y el paso de Antonio por un colegio privado de Madrid, son demoledores. Antonio era víctima de un grupo de abusones, que se referían a él como «pringao», y que estaba liderado por Martín. Lo interesante de la construcción ficcional de Veredas es saber mostrar la ambigüedad y ambivalencia de los sentimientos humanos. Martín golpea a Antonio, pero también le protege frente a otros. Antonio siente que es su verdugo, pero que también es su amigo, su único amigo, en realidad. «Antonio no se atreve a contestar, tal vez la paliza sea un gesto de cariño. Sus padres le aman y le golpean, el afecto y la violencia no pueden separarse. Teme, aunque nunca se lo reconozca, que el fin de la violencia termine con la amistad.» (pág. 213). Incluso en la actualidad, la relación de adulterio que Antonio mantiene con Alicia, es una relación sadomasoquista, en la que se entremezclan el sexo y los golpes.

En el resumen de la contraportada del libro se habla de «drama tan adictivo como la mejor novela negra», y lo cierto es que me parece una comparación acertada, ya que Amores torcidos es una novela que no da tregua al lector, repleta de tensión narrativa y de personajes torturados. En más de una ocasión el lector va a tener la sensación de que Veredas no da nunca tregua a sus personajes, a los que lleva siempre al borde de la extenuación mental y el colapso nervioso. De hecho, en algún momento, me estaba pareciendo que la novela no era del todo realista, ya que las situaciones planteadas acaban siendo tan tensas y extremas que parecen adentrarse en los caminos del expresionismo. En cualquier caso, aunque en algún momento se llegue a jugar con la verosimilitud narrativa, el autor consigue tener en vilo siempre al lector.

En el prólogo, Elvira Navarro dice que Veredas sabe dibujar como nadie un Madrid poco atractivo para la literatura, el Madrid de las oficinas de la Castellana y las urbanizaciones residenciales de Pozuelo. Y lo compara con el Manuel Longares de Romanticismo, novela en la que se muestra el barrio de Salamanca, en el momento de la Transición, cuando sus habitantes pensaban que de nuevo «venían los rojos».

No me gustaría acabar esta reseña sin antes hablar también del humor cáustico de Veredas, un humor que se consigue gracias al cinismo con el que se muestran las realidades de la novela, como por ejemplo, en la página 51 leemos: «Otra vez debe negar el salto. Sabe que las tentaciones solo pueden borrarse con tranquilizantes de alto voltaje. No puede permitírselos porque provocan el sueño y la gordura. Prefiere recordar la belleza de su mujer y su hijo y, sobre todo, el éxito de su despacho. Es feliz, se dice, aunque quiera matarse.»

Amores torcidos me ha parecido una honda novela psicológica, sobre los trastornos que padece en su vida adulta un adolescente que fue maltratado, tanto en casa como en el entorno escolar. Es una novela dura, pero a la vez repleta de humor, ambigüedad y comprensión hacia los límites de la mente humana, siempre sometida a la ansiedad y al peso de la culpa y los recuerdos.