La editorial Dilema publica su poesía reunida en «Diario de lo no vivido»

 

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Tras la lectura de la poesía reunida en el volumen Diario de lo no vivido (Dilema) de la palentina Esperanza Ortega (1953) uno se queda balbuciendo y cae en el recuerdo de sus lecturas, de esperanza y amor por el otro y la naturaleza, del poeta Francisco de Asís en su Cántico del hermano sol (por cierto, en las pp. 500-501, cita un divertido pasaje de Las florecillas… sobre el quehacer demiurgo del poeta). Creo que la sencillez franciscana anida en la poesía de Esperanza Ortega. Creo también que esta poeta vive la palabra poética como pocas personas; pues, ella sí habla de lo que le ofrece su propia vida y canta lo que ve y lo que experimenta; también de lo que ama y pierde: “En el jardín/ perdido entre las rosas/ el amor/ no sale de su asombro”. O: “Treinta años/ -ya han crecido las rosas-/ y aún aguardo/ que suceda el prodigio/ que florezca tu nombre”.

El volumen de 548 páginas se abre con un inteligente y luminoso delantal del poeta zamorano Tomás Sánchez Santiago, Como quien pesa migas. Un prólogo de los que sí hay que leer. Después figura la bibliografía de Esperanza y tras ella los libros de poesía Algún día (Ediciones Portuguesas, Valladolid, 1988); Mudanza (Ave del Paraíso, Madrid, 1994); Hilo solo (Premio Gil de Biedma, Visor, Madrid, 1995); Como si fuera una palabra (Lumen, Barcelona, 2002), y dos apartados: Más poemas (que contiene el Poema de las cinco estaciones, Poema de Amor y de Nadie, En un árbol escrito y (Me preguntan por qué y para qué escribo), y Canciones, con diez poemas: uno de ellos dedicado a Francisco Pino, Elegía mínima. Después el último capítulo: Textos anfibios que contiene Poéticas, Indicios y Cuaderno de la prisa. Me gustan especialmente estos textos anfibios y sobre todo ese Cuaderno de la prisa pues es como un epílogo en prosa, diríase, sobre su existencial espacio poético de lo más actual, pandemia incluida, en 151 textos con una prosa lírica admirable. Me gustan, pues, en ellos leo la búsqueda y aspiración constante de y por ese algo nuevo, que decía Juan Ramón Jiménez. Que es: “La angustia de lo no vivido, tan presente, tan lejano”. Consecuente con esto nos dice: “Cuando muera –pensé- yo no quiero ver lo vivido en ese segundo, sino lo no vivido, lo que pudo ser y no fue”.

Puedo escribir sin temor a equivocarme que esta poesía reunida, con este contenido y de esa forma compaginada es la mejor manera de conocer la obra poética de la autora, o al menos de acercarse a la misma por las personas lectoras. Y conocer de cerca esos sus instantes detenidos, a la vez que imaginar sueños, que dice la poeta Ortega. Porque es una poeta que se nutre también “de lo no vivido, del sueño, del deseo, de la esperanza ¡Y del horror!”.

Así, pues, a la poesía de Esperanza la guía la intuición (todos sabemos que la lírica no tiene una métrica específica: es la intuición del o de la poeta la que la guía) y el respeto a la musicalidad del verso y está imbricada con la belleza de lo pequeño, lo menor, qué franciscano es sencillamente esto (orden de frailes menores), y con el descubrimiento de lo insólito de lo cotidiano: con “las dulces, las limpias palabras de la poesía: descansillo, refugio, alivio, ventana, ensueño, regazo, verdad…”. Calidad y belleza en sus poemas. Ella aprehende de la poesía de la vida y se hace su amante. Está a la escucha, como bien dice, “que es una forma de leer el mundo”.

No me cabe ninguna duda: la poesía de Esperanza Ortega se sabe igual a la vida misma. Y es en la relación con el otro donde está la esencia misma de su poesía, de su creación poética, de su quehacer demiurgo: “La Humanidad, o gran parte de ella, ha perdido la juventud, la inocencia, el entusiasmo. Para recuperarlos, haría falta que sufriéramos con los que sufren la miseria, la persecución. Pero solo sabemos de nuestro propio dolor, y en él nos basamos para compadecernos de los otros. Hoy, más que nunca, el dolor íntimo es lo que refleja el dolor universal”.

Pero, justo y necesario es decirlo: esta poesía solo interesará a las personas lectoras que no hayan perdido la capacidad de asombro, que sean como el niño ante un caleidoscopio. También hay que señalar que no se queda corta en decir lo que le gusta y lo que no en poesía: así, se refiere a la poesía narrativa y a la poesía confesional tan de moda: “Lo que sucede es que, en el arte, en la poesía, la verdad es extremadamente pudorosa. Por eso es una falacia tanto hablar de poesía narrativa como de poesía confesional”. Asimismo, tiene palabras para la poesía del silencio: “A veces pienso que lo mejor sería callarse del todo, callarse sin lenguaje, no con el lenguaje del silencio (la poesía del silencio, ¡qué superchería!)”. La poesía para esta poeta “es reconocimiento, en el sentido platónico”. Todo gira alrededor de la inspiración y el entusiasmo, del conocimiento y de la verdad en la poesía de Esperanza Ortega y nos dirá en dos significativos versos que nos llevan a la Grecia homérica (Homero tuvo la culpa de todo): “Todavía el rocío/ no había sido contemplado por los ojos de Nadie”.

En estos poemas verdaderos de Diario de lo no vivido hay expresión de sentimientos, de pensamientos, hay intensidad, fuerza en sus versos, y son textos con proyección de futuro: “Alguien acude a desatar/ tus manos anudadas a la espalda”. Pues hoy la poesía en general y esta poesía en particular aparece más necesaria que nunca y como asegura la poeta: “no quiero ser yo sola la que vea/ perderse en el cristal todos los pájaros”. Que me recuerda aquello de Saint-John Perse, en versión de José Luis Rivas: “Pájaros, lanzas levantadas en todas las fronteras del hombre!”

Para terminar esta lectura, destacar la falta de punto final en la mayoría de poemas, o sea como abiertos a la continuidad. Es un acierto esta relación entre autora y personas lectoras que se acerquen a su poesía, pues me parece que casi o sin casi el lector puede llegar a ser coautor de estos poemas, o al menos intuyo que la poeta así lo quiere en estos poemas polimétricos y con una musicalidad ajustada. Todo un logro poético, pues “aquello que tocaste con los ojos cerrados/ sucede/ cada día”.