En la novela “Paraíso” (Salamandra), Abdulzarak Gurnah nos acerca al África colonial vista por los africanos.

 

 Texto: David PÉREZ VEGA

 

Creo que fue una sorpresa para todos (o casi todos o, al menos, en el mundo hispano) la concesión del premio Nobel de Literatura en octubre de 2021 a Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, Tanzania, 1948), autor de diez novelas, cuentos y varios ensayos. En su fallo, la Academia Sueca destacó «su penetración intransigente y compasiva de los efectos del colonialismo y del destino del refugiado en el abismo entre culturas y continentes». De su obra se habían traducido al español y publicado en España tres novelas: Paraíso (1994), Precario silencio (1996) y En la orilla (2001), que en 2021 se encontraban descatalogadas. En noviembre de 2021, la editorial Salamandra anunció la reedición de Paraíso para el mes siguiente.

«Empecemos por el niño» es la primera frase del libro, que emplea un plural mayestático que no se va a repetir. El niño se llama Yusuf y tiene doce años. Aunque la historia va a avanzar desde aquí, se nos informa de que Yusuf está recordando su vida desde algún punto indeterminado del futuro. En la primera página de la novela, asistiremos al momento en el que Yusuf ve a dos personas blancas por primera vez. Esperan el tren en el andén y el niño no puede apartar la mirada de ellas.

El padre de Yusuf regenta un hotel en la pequeña ciudad de Kawa. Lo he buscado en internet y se encuentra en el interior de la Tanzania continental. Cuatro años antes vivían más al sur. «Se mudaron a Kawa porque esta ciudad prosperó gracias a que los alemanes la utilizaban como depósito mientras construían la línea de ferrocarril que llegaría a las tierras altas del interior. Pero este esplendor fue flor de un día, y ahora los trenes sólo se detenían para recoger madera y agua.» (pág. 14).

En la contraportada de la novela, se nos informa de que la acción está situada «en vísperas de la primera guerra mundial», pero en realidad no aparece ninguna fecha concreta en el texto, así como no, salvo el nombre de algunas ciudades, no aparece tampoco nunca el nombre de «Tanzania», ni de ningún otro país africano. En realidad, a comienzos del siglo XX no existía Tanzania como tal. Sí sabremos que Yusuf es suajili. Yusuf tendrá que moverse en un mundo de árabes, indios, griegos, alemanes, ingleses, suajilis y otras tribus del interior de África, que van a ser denominadas «salvajes».

Abdulrazak Gurnah creció en Zanzibar, perteneciendo a una minoría árabe, ya que su padre había sido un inmigrante de Yemen. Por motivos de persecuciones étnicas, huyó a Gran Bretaña a los dieciocho años. El idioma materno de Gurnah es el suajili, pero adoptó el inglés como lengua literaria. Ha sido profesor de literatura en la universidad de Kent, y ahora mismo se encuentra jubilado. En Paraíso se muestran en letra bastardilla las palabras que en el original aparecen en suajili, que no están traducida y aportan una nota de color africano.

En realidad, cuando uno empieza a leer Paraíso siente que se encuentra ante una obra muy anglosajona, por la precisión del lenguaje y su belleza. Me gustan las páginas en las que Gurnah describe la mirada infantil de Yusuf sobre la pequeña ciudad de Kawa. La acción de la novela comenzará realmente cuando los padres de Yusuf le comuniquen que se va a ir con su tío Aziz, un rico comerciante de la costa, que periódicamente viaja al interior para hacer negocios, intercambiando productos manufacturados, como azadas, por otros, como oro o marfil. Paraíso es, en gran medida, una novela de aprendizaje, pero también una novela de aventuras. Yusuf empezará a trabajar en una tienda, propiedad de su tío Aziz, bajo las órdenes y las enseñanzas del adolescente Khalil. Yusuf descubrirá pronto que, en realidad, el comerciante Aziz no es su familiar, sino una persona a la que su padre debía dinero, que le ha entregado a él como una forma de saldar su deuda. Khalil se encuentra en una situación similar a su suya. Si bien, en un principio parece que Khalil abusa de Yusuf pegándole para «que aprenda», pronto surgirá la amistad entre los dos.

En el África que retrata Gurnah son importantes las historias, que marcarán una diferencia entre las personas que han viajado en el libro y las que no. El viaje será siempre una fuente de misterios y magia.

Los años van a ir pasando y cuando Yusuf tenga ya diecisiete, Aziz se lo va a llevar al interior, a uno de sus viajes comerciales. Un viaje de conocimiento de la propia tierra que también va a ser toda una aventura. En el imaginario colectivo occidental aparecen los relatos y las películas en las que los occidentales exploran África, pero en Paraíso serán los propios africanos los que exploren África. Los habitantes de la costa verán a las personas del interior como a «salvajes», con los que en muchos casos es difícil comunicarse y conseguir que les dejen atravesar sus tierras. Los «sultanes» de las tierras por las que atraviesan les irán haciendo pagar diezmos.

Paraíso es una obra profundamente africana, porque muestra los enfrentamientos de los propios africanos entre sí. La mirada de Gurnah sobre ellos no es nada complaciente, unos se convierten en negreros de otros a los que venden como esclavos. Y de fondo siempre aparece la ‒en principio‒ lejana presencia de los blancos. Los alemanes son seres mitificados en la novela, capaces de comer metal, en un contexto de narraciones orales que se asemejan mucho al «realismo mágico». En las páginas 92-93 leemos: «Los comerciantes, atemorizados por la ferocidad y la crueldad de los europeos, hablaban de ellos con asombro. Se apoderaban de la mejor tierra sin pagar un solo abalorio, obligaban a la gente a trabajar para ellos con engaños, comían lo que fuese, aunque estuviera duro o podrido. Como si de una plaga de langostas se tratase, su voracidad no tenía límite ni decencia. Imponían tributos para esto, tributos para aquello, prisión para el infractor, y en ocasiones el látigo y la horca. Lo primero que construyen es un almacén, luego una iglesia, a continuación un cobertizo para el mercado a fin de poder controlar el comercio y gravarlo con un impuesto. Y todo esto aun antes de construirse un lugar donde vivir. ¿Había alguien oído nada igual? Llevan ropa hecha de metal, pero que no irrita sus cuerpos, y pueden pasarse días sin dormir o beber. Su saliva es venenosa. Wallahi, os lo juro. Si te salpica, te quema la carne. La única forma de matar a uno de ellos es apuñalarlo bajo la axila izquierda; ningún otro sitio sirve, pero resulta casi imposible hacerlo, porque llevan ese punto fuertemente protegido.»

En varios momentos de la novela, Yusuf tiene la sensación de encontrarse en «el paraíso». Por ejemplo, en el viaje hacia el interior, atraviesan una montaña y en ella hay una cascada que fascina su mirada adolescente. «Nunca he visto nada tan bonito como aquello. Se podía oír la respiración de Dios. Pero llegó un hombre y quiso echarnos de allí.» Ese hombre es un africano siervo de un «señor» europeo. También Yusuf disfrutará cada vez más del bello jardín de su falso «tío» Aziz, pero éste será otro espacio que no le corresponda. Y esta simbología del paraíso inalcanzable, del paraíso que pertenece a otros irá cobrando cada vez más fuerza en la novela. Además, Yusuf ha sido bendecido o condenado a poseer el don de la belleza, y lo que puede ser algo positivo acabará convirtiéndose en una nueva amenaza sobre su futuro. No hay aquí belleza o paraíso sin su correspondiente amenaza.

Cuando Gurnah ganó el premio Nobel, se cuestionó, ‒en la mayoría de los casos sin haber leído sus libros‒ la valía real de su obra. Parecía establecerse el siguiente silogismo: si no había tenido éxito, esto significaba que no era realmente un gran escritor. Después de leer Paraíso tengo esta sensación: quizás las expectativas de descubrir a un nuevo y genial autor eran muy altas, y deseaba quedarme deslumbrando ante la obra del nuevo Nobel, y esto no ha ocurrido. Pero, por otro lado, sé que si hubiera llegado a Paraíso cuando se publicó en España por primera vez me hubiera gustado. Considero que Paraíso, sin ser un libro genial ni rompedor, es un gran libro. Nos muestra la época colonial en África sin maniqueísmos ni falsas bondades, desde una perspectiva nueva e insólita, al menos para mí. El giro que se produce en las tres últimas páginas de la novela me ha parecido magistral, un giro que cubre de nuevo al libro de más variadas lecturas. Paraíso ha sido una gran lectura, a la que no hubiera llegado si el premio Nobel no me hubiera descubierto al escritor Abdulrazak Gurnah.