El desfile de un centenar de miembros del parnaso literario por «The Paris Review. Entrevistas (1953-2012)», editada por Acantilado, nos invita a efectuar un recorrido personal por las interioridades de esa legendaria publicación.

 

Texto: Antonio LOZANO

 

Un soleado día de septiembre de 2010 me encontraba entrevistando a Peter Matthiessen, quien por entonces contaba 83 años, en su preciosa residencia de Sagaponack, en los Hamptons, con motivo de la concesión del National Book Award (su tercero) a País de sombras. Durante un exhaustivo repaso a una vida que habría envidiado Jack London —servir en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial, dedicarse a la pesca comercial, viajes y aventuras por medio mundo…—, hizo una pausa reflexiva, soltó “podrían llevarme a juicio por decirte esto pero ¿a quién le importa a estas alturas?” y a continuación confesó que de joven había ejercido de espía para la CIA en París, tras ser reclutado por un profesor de Yale, y que The Paris Review había surgido como tapadera de su actividades encubiertas. Él estuvo entre los miembros originarios de la publicación en 1953 y, según su relato —uno más entre la disparidad de mitos fundacionales que circulan sobre ella—, fue de los pocos conscientes de que su verdadera razón de ser radicaba en ejercer de coartada cultural.

Matthiessen, de todos modos, duró poco en ambas facetas. “Fueron unos meses muy estresantes, llenos de nervios y miedo, tenía el teléfono pinchado, me seguían por la calle, debía sacar información a una lista de individuos a quienes debía mentir y presentarme bajo una identidad falsa. Pasé de la excitación al desencanto en un tiempo récord”. Esto no quitaba que recordara con cariño su fugaz paso por la revista. “Una de las prioridades con las que nació fue que promesas del momento, como Jack Kerouac, Philip Roth o V.S. Naipaul, encontraran un público fiel entre los jóvenes lectores. Sobre las entrevistas, muchos de los participantes aceptaron porque se les aseguró que podrían revisarlas antes de que salieran a la luz. Alberto Moravia no aprovechó esa deferencia y quedó como una persona muy arrogante”.

Juergas y fuegos artificiales

En un momento en que el sesudo análisis literario y la crítica académica acaparaban la atención de los medios especializados, la apuesta de The Paris Review consistió en apoyar al relato y la poesía de nuevo cuño, al tiempo que los autores consagrados eran sometidos, en la sección “Writers at Work», a entrevistas de tercer grado (en ocasiones por más de un periodista a lo largo de varias sesiones) para que se explayaran sobre los aspectos más técnicos de su labor, en lo que acababa siendo una emulsión en toda regla de su carácter personal y su visión de la literatura. Si hubiera que condensar la historia del medio en un solo individuo, el honor solo podría recaer en el legendario George Plimpton (1927-2003), el periodista deportivo, escritor y editor que comandó la nave durante medio siglo. Anfitrión, desde su apartamento en la Calle 72 de Manhattan —en cuyo entresuelo y primer piso se ubicaron las oficinas de la publicación al trasladarse de París a Nueva York en 1973—, de las más legendarias soirées literarias que se dice ha acogido jamás la Gran Manzana —siguen en el imaginario colectivo con la misma intensidad que la carnavalesca fiesta Black&White organizada por Truman Capote en el Hotel Plaza en 1966, en parte por la afición de Plimpton (experto en las unidades de artificieros del ejército estadounidense) a lanzar fuegos artificiales, una de sus grandes pasiones, que le llevó a participar en competiciones internacionales—, fue amigo de Robert F. Kennedy, protagonizó cameos en películas como Lawrence de Arabia o El indomable Will Hunting, así como un número cómico en el Caesar’s Palace de Las Vegas, fue incitado a tocar con la Orquesta Filarmónica de Nueva York y la NASA bautizó a un asteroide con su nombre.

En la guarida del monstruo

En 2012, un año antes del sexagésimo aniversario de The Paris Review, fui a entrevistar a su redactor jefe en aquel momento, Lorin Stein, exeditor de Farrar, Straus & Giroux (donde contrató a Roberto Bolaño y trabajó codo con codo con Jonathan Franzen en la edición de sus novelas), traductor del francés (la novela Sumisión de Michel Houellebecq, entre otras) y la primera persona a la que oí hablar de Karl Ove Knausgård. Su mandato —interrumpido con escándalo en 2017 tras verse obligado a dimitir al ser objeto de acusaciones de conducta improcedente por parte de diversas mujeres ligadas a la revista— estuvo marcado por una vuelta a las esencias, es decir, a un protagonismo destacado de la narrativa y la poesía, tras el acento en el reporterismo que definió la etapa de su predecesor, el escritor y periodista Philip Gourevitch.

Stein, un tipo cercano, de indudable coquetería y amplísimo bagaje literario, me concedió una hora en la modesta sede de la publicación, un sombrío apartamento en el barrio de Chelsea, repleto de afanosos y jóvenes becarios. Al preguntarle qué buscaba en un relato para apoyar su publicación en la institución de la que era la cara visible, afirmó: “Lo que ofrece la buena literatura: recordarnos lo que está en juego. En la vida, siempre tan trágicómica, siempre hay alguien que te ama y al que no correspondes, y viceversa; siempre está la muerte rondando por algún sitio, siempre existe la posibilidad de quedar hechizado por algo que no esperas. Todo esto quizás se antoja innecesario recordarlo, ya que está en las experiencias de cada uno, pero la mierda que nos venden y que cada vez ocupa más espacio, no lo sabe”.

El cofre del tesoro

Ernest Hemingway, que fue uno de los primeros en pasar por la grabadora de la revista — en el mismo año de su nacimiento— y lamentó la pérdida de tiempo consiguiente, paradójicamente se declaró coleccionista de sus números y aventuró que, una vez se recopilaran sus entrevistas, conformarían un bello lote. La primorosa edición —en un estuche con dos volúmenes en cartoné— lanzada recientemente por Acantilado de «The Paris Review». Entrevistas (1953-2012) sigue dando la razón al hombre que, al titular una de sus creaciones París era una fiesta, bien podría haber estado condensando el ambiente que reinó en la redacción durante los primeros veinte años en que la publicación tuvo su sede en la capital francesa, itinerante, eso sí, pues tan pronto arraigó en una habitación diminuta del sello Éditions de la Table Ronde que en un buque carguero amarrado en el Sena.

Un centenar de clásicos (o camino de serlo) de perfiles diferentes —novelistas, autores de relatos, ensayistas, poetas, dramaturgos y hasta cineastas—, desfilan por esta selección, que se abre con E.M. Forster en 1953 y se cierra con Roberto Calasso en 2012. Por citar solo un puñado de miembros del dream team: John Steinbeck, Eudora Welty, W.H. Auden, Joan Didion, P.G. Wodehouse, Milan Kundera, Marguerite Yourcenar, Vladimir Nabokov, Primo Levi, Seamus Heaney y Ray Bradbury. Aunque en la trayectoria del medio las omisiones han sido inevitables y puede objetarse una atención prioritaria a los creadores en lengua inglesa (y, en menor medida, francesa), a la par que un claro sesgo racial y de género, pasar por el consultorio del trimestral era certificar la entrada de uno en el canon literario, solo algún escalón por debajo de obtener el premio Nobel (varios consumaron el doblete, caso, por ejemplo, de Faulkner, Pasternak, Bashevis Singer, Brodsky o Gordimer). Nueve autores en lengua española asoman por la compilación más extensa realizada hasta la fecha en el mismo idioma (El Aleph publicó en 2007 una muestra de dieciséis piezas). Ninguna sorpresa: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Guillermo Cabrera Infante, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Jorge Semprún y Javier Marías. Entre las presencias más comerciales, descuellan las de Paul Auster, John Irving y Haruki Murakami.

Una cocina literaria con sus cuchilladas

El objetivo de las entrevistas consiste en profundizar en los motivos que encauzaron a los protagonistas hacia la escritura, cómo interpretan su proyecto creativo y, por encima de todo, atender cuestiones detalladas de “cocina literaria” (métodos, rutinas, manías, supersticiones…), de aquí el acierto de Salman Rushdie, uno de los antologizados, cuando declaró que la suma de las mismas conformaban “el mejor estudio del ‘cómo’ de la literatura, una cuestión mucho más interesante que el ‘por qué’”. De todas maneras, la extensión y la hondura característicos de cada encuentro sirven en última instancia un retrato caleidoscópico del interrogado (que obviamente también suele confirmar lo que ya intuimos en las respectivas obras, por ejemplo las malas pulgas de V.S. Naipaul, el humor descacharrante de Kurt Vonnegut o la lúcida acidez de Dorothy Parker), de una cercanía impensable en las entrevistas convencionales, un compendio de minucias que a un tiempo satisfacen al lado más cotilla de los fans —hay un generoso reparto de cuchilladas entre colegas— y de revelaciones en principio reservadas al confidente… y solo tras trasegar unas cuantas copas (Georges Simenon apuntando que “nunca escribiré una gran novela. Mi gran novela es el mosaico de todas mis pequeñas novelas”, o Jean Rhys sincerándose con un “pienso que si pudiera elegir preferiría ser feliz que escribir”).

No es aventurado sostener que The Paris Review dignificó un género visto hasta entonces como menor o directamente invisibilizado, gracias a un intensivo trabajo previo de documentación y a la profesionalidad de unos periodistas que con frecuencia tuvieron que lidiar con los recelos o el enfurruñamiento de un gremio reacio por sistema a la confesión y al autoanálisis, y que se mostraron perspicaces al abrir las piezas explicando su propia trastienda, es decir, las condiciones en las que se desarrollaron las citas (muchas veces rocambolescas; la mujer de Jack Kerouac, por ejemplo, quiso echar a los tres miembros de la publicación que se personaron en su casa porque sospechaba que venían a emborracharse con su marido). Además de un acceso detallado a interioridades relativas a dioses de las letras que ya nos dejaron, las conversaciones también son un aliado impagable para el entrevistador que ha de enfrentarse a alguno de los reunidos que siguen en activo (el firmante, sin ir más lejos, se benefició enormemente de las dedicadas a Don DeLillo, Roberto Calasso, Ian McEwan o Geoff Dyer).

El bramido de Nabokov

En definitiva, una bacanal para los letraheridos. Cerremos con una muestra microscópica extraída de un océano de momentos gloriosos. Vladimir Nabokov, en una entrevista ofrecida a Herbert Gold en 1967 en el hotel Montreux Palace de la localidad suiza de Montreux, y en la que poco antes ha declarado que “a mí me importa una mierda la moral en Estados Unidos y en cualquier otro sitio”, reacciona así a la pregunta de si alguna vez un editor le ha ofrecido recomendaciones literarias útiles. “Cuando dice ‘editor’ supongo que se refiere a los revisores o correctores de pruebas. Entre ellos he conocido a criaturas límpidas de infinito tacto y ternura que hablan conmigo sobre la conveniencia de un punto y coma como si fuera una cuestión de honor —y una discusión sobre una cuestión artística, en efecto, lo es en muchos casos. Pero también me he cruzado con unos cuantos mastuerzos pomposos y paternalistas que tratan de ‘hacer sugerencias’, y tengo que pararles los pies con un bramido.