El asesino es el “thriller”

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La fotografía no mató a la pintura. El cine no mató a la literatura. ¿Están matando a la novela de misterio y a la novela negra los contenidos de plataformas? El reinado del «thriller», alentado por Netflix y compañía, amenaza al ecosistema «noir», mientras que el auge de casos criminales reducidos a meros sudokus plantea directamente el fin del lector. 

Texto: Antonio Lozano   

 

G.K Chesterton (Londres, 1874-Beaconfield, 1936), no sólo fue uno de los mayores clásicos de la novela detectivesca y uno de los que más contribuyó a estirar sus costuras al adoptar una visión religiosa y espiritual por medio de su sabueso, el afable e inefable Padre Brown, sino uno de sus más lúcidos teóricos. En La actual ficción detectivesca, uno de los ensayos contenidos en la excepcional recopilación Cómo escribir relatos policíacos (Acantilado) sostenía que la trayectoria de la novela policial inglesa clásica -aquella centrada en el enigma, con un investigador definido por su genio deductivo, cuya Edad de Oro se situó en el periodo de entreguerras y que tuvo en las historias de Agatha Christie a su más popular formulación- podía dividirse en dos momentos fundamentales. A grandes rasgos, el primero estuvo marcado por historias muy bien pensadas, pero pobremente explicadas -ideas/motor y tramas llenas de ingenio, pero deslucidas por un lenguaje y un estilo descuidados-, mientras que en el segundo los aspectos formales descollaban en relación con la inventiva de lo narrado: ideas/motor y tramas más banales o ridículas, pero desarrolladas con un lenguaje y un estilo más elaborados. Tal y como lo resume Ramón de Castillo en su excelente estudio Divinos detectives (Ediciones Pensamiento): «Se supone que describir detallados telones de fondo (como la vida de un hospital, de un barco de guerra, o de unas cuadras de caballos de carreras o de un museo) evita la monotonía del asesinato con intrincadas descripciones de la vida moderna, pero lo único que consigue es que las pistas acaben perdiéndose o que se rompa la continuidad de la investigación. El peligro es ese: que la ficción se extiende a demasiados campos, desde la paleontología a la cría de pollos, pero se descuida la técnica de contar una historia».

Sería sumamente interesante atender al análisis que Chesterton realizaría del panorama actual de las ficciones criminales, que hemos de llamar así con ánimo unificador, dado que la ramificación de escuelas y modelos ha sido apabullante desde los tiempos en que el detective era el alfa y el omega de estos relatos, o expresado de otro modo, desde que el padre Brown resolvía casos con la inseparable compañía de su sotana y paraguas. Más allá de la sorpresa que esta circulación desmedida de historias noir le habría provocado, no es aventurado conjeturar que habría detectado un tercer momento a partir del estado de la cuestión, uno en el cual el equilibrio entre una buena noticia y una mala noticia quedaría roto por dos de malas: proliferación de ideas/motor banales y ridículas, deslucidas por un lenguaje y un estilo descuidados. La misma sobreproducción de ficciones criminales, y su carácter cada vez más heterogéneo e híbrido, sólo permite hablar de tendencias en un sentido muy amplio, esto es, uno siempre encontrará talento y ánimo renovador si se arremanga. Puesto que habrá quien argumentará que la cantidad sobre la calidad ha sido una constante en el mundo de la edición, con independencia del género, cabría matizar que quizá la balanza nunca ha estado tan inclinada hacia la primera como ahora, aunque la clave del cambio radicaría antes en la muy perniciosa sombra audiovisual. Si la escritura se vio influida desde el inicio por la imagen -fotografía, cine…-, la idea fue tomar prestadas técnicas de los nuevos lenguajes, no aspirar a un calco. El thriller de acción audiovisual está devorando en buena medida al noir literario o, por lo menos, arrojándolo a una crisis de identidad, al tiempo que las pantallas se quedan con una cuota muy destacada de lo mejor que puede ofrecernos.

 

Estremecer a toda costa

El 7 de septiembre de 1979, el grupo inglés de tecno-pop The Buggles lanzaba su Video Killed the Radio Star, un éxito planetario muy influenciado en su composición por la obra de J.G. Ballard, donde se lamentaba el advenimiento de un futuro dominado por la tecnología, en el que la máquina iría colonizando el proceso de creación artística. Aunque el vídeo musical no llegó a finiquitar la escucha de canciones por ondas hertzianas, sin duda reconfiguró la industria de la música. A falta de ver lo que la Inteligencia Artificial hace con el noir literario, las plataformas de streaming y su voraz oferta de thrillers se diría que están llevándolo por un camino que si no es el de su muerte, por lo menos se acerca a un vaciado de alma muy parecido a su maquinización. «Netflix Killed the Crime Fiction Star».

Aunque, una vez más, la ingente oferta de ficciones criminales permite cierta diversificación de las propuestas literarias, el thriller constituye sin ninguna duda la parte del león, tanto en volumen de títulos publicados como en cifras de venta. El thriller -que procede del término «to thrill», estremecer en inglés- supone privilegiar la acción como mecanismo narrativo -frente a la apuesta por el cerebro de la novela enigma, y por la investigación con choques violentos de la novela negra. La tensión sin pausa y el ritmo acelerado pasan por encima de la construcción de una trama compleja y la densidad psicológica de los personajes. En el marco actual, incluso por encima de una trama coherente y de unos personajes con el menor volumen.

Siempre me ha generado cierto desconcierto que los novelistas se entreguen a un género que el cine y la televisión pueden plasmar con mayor efectividad y recursos. La cinética es un arma de guionista. La novela de misterio y la novela negra pueden trabajar mejor los hilos y conexiones, la base de un argumento de peso, y la interioridad humana, la base de un protagonista con el que identificarse. Pese a ello, cada vez hay menos de ambas en las librerías (lo que no significa, ni mucho menos, que hayan desaparecido), en franco retroceso frente al thriller, la taquicardia le gana al pensamiento y a la introspección. Mucho de lo que se nos vende como novela negra contiene más fórmula de thriller en su ADN.

Cabe suponer que el fenómeno se explique en buena medida por la masiva presencia de thrillers en los catálogos de las plataformas de streaming, muchos, admitámoslo, de ínfima calidad, relleno puro. Más formados con ellos que con la novela de misterio y la novela negra clásicas, o más interesados en arrastrar a sus obras al público de plataformas que trabajar en una determinada tradición literaria, una labor sin duda más exigente, muchos autores -y no sólo debutantes- parecen escribir antes con la mente puesta en vender los derechos audiovisuales que en la elaboración de una novela digna de llamarse así. En cualquier conversación entre editores de ficción criminal aflorará el comentario de cómo reciben de forma creciente guiones muy mal disimulados como novelas, esqueletos narrativos, thrillers concebidos para pantallas. En la presentación barcelonesa de su última novela, Grandes promesas, Pierre Lemaitre argumentaba que los guionistas de plataformas bebían de las recetas del folletín literario, de modo que la influencia se producía en la dirección opuesta, de la fuente libresca a la audiovisual. Seguramente el flujo funcione en ambos sentidos, pero mientras las pantallas aplican las mejores fórmulas de la literatura de evasión, esta por lo general importa hoy sus peores vicios.

El problema se multiplica cuando el descuido de la técnica se traspasa a la novela negra, que adopta sin reparos algunos de los tics de estos thrillers desaseados, caso, por ejemplo, del sacrificio de la coherencia, falta de vertebración narrativa, el abuso del giro, y en general, de una entrega a la espectacularidad y a rizar el rizo. Ante el riesgo de dibujar un panorama unilateralmente horrendo, por descontado que existen thrillers de excelente factura, aquellos que entienden la acción no como una aceleración permanente -mantener al lector en un alambre electrificado-, sino que dosifican el vértigo y la tensión, al tiempo que lo entienden como una forma de hacer avanzar los acontecimientos y como una oportunidad de profundizar en los personajes. Me vienen a la cabeza títulos ilustrativos como Silencios que matan de Jordan Harper, Cinco meses de invierno de James Kestrel o  La Edad del Vicio de Deepti Kapoor.

 

Merkel investiga, pero hay salvación

Y mientras la novela negra se ve engullida progresivamente por el thriller (y exacerba su violencia consustancial para acercarse a la doctrina del shock), la novela enigma -o novela policial clásica británica- ha sufrido una mutación peculiar y una mudanza previsible. Por un lado, ha derivado en el subgénero del cozy-crime, historias amables, cuando no blandas o tiernas, caracterizadas por la bonhomía, el humor blanco y ámbitos asociados con el bienestar (el campo, la gastronomía, los escenarios turísticos…). Que algunos autores hayan colocado a figuras como Isabel II de Inglaterra, Angela Merkel o Jane Austen al frente de casos supone desplazar la citada observación de Chesterton de que la ficción criminal se extiende a demasiados campos, “desde la paleontología a la cría de pollos”, a que se abre a demasiados investigadores. Por otro lado, las plataformas, ¡quién si no!, se han apropiado de la fórmula tradicional del whodunnit -encontrar al culpable de un crimen entre un abanico de sospechosos-, con un suministro continuado de remakes de Agatha Christie (el irlandés Kenneth Branagh en la piel del belga Poirot…) o Arthur Conan Doyle (El joven Sherlock), revisiones modernizadas de las lecciones de estos maestros (la saga Puñales por la espalda y similares), etcétera, etcétera. La proliferación de libros lúdicos en los que se nos invita a ejercer nuestras dotes de deducción (Murdoku), en el fondo una traslación al formato impreso de El Cluedo (apenas hay un poco más de letra que en las instrucciones del clásico juego de mesa), significa ya la reducción de tramas y personajes a la mínima expresión, o dicho de otro modo, el sacrificio del lector.

De nuevo con ánimo compensatorio, cabe recordar uno de los efectos positivos de que el caudal de novedades sea tan apabullante es que hay material de sobra para todos los perfiles y gustos. La apuesta por el noir japonés que está llevando a cabo Salamandra (El misterio de la mujer tatuada, El asesinato de los Aosawa, La mano que mueve los hilos), el goteo constante de clásicos antiguos y recientes (no se pierdan El misterio del Bellona Club de Dorothy L. Sayers y El despido de Donald Westlake, respectivamente), la trepidante lectura que hace Mark Frost de Chesterton en La lista de los siete y El sexto mesías (ambos en Impedimenta y con Conan Doyle de protagonista), los viejos roqueros que nunca fallan (John Connolly, Chris Offut, Joyce Carol Oates, Louise Penny, Tana French), y las gamberradas geniales de Esther García Llovet, por citar sólo algunos ejemplos, mantienen al noir y sus mil rostros en constante ebullición, allá en lo alto. Y para quienes recelen de mí como un talibán anti-pantallas decirles que las más conmovedoras historias criminales de este año me las han contado los guionistas de las series televisivas Task y DTF St. Louis.