Hablamos del oficio de la traducción, de sus exigencias, desafíos, peajes vitales y zonas de sombra con cuatro profesionales de primer nivel, tanto que permitirían invocar los nombres de Virginia Woolf, Robertson Davies, Margaret Atwood, J.K Rowling, Alice Munro o Henry James en un mismo artículo.

 

 Texto: Antonio LOZANO   Ilustración: Hallina BELTRÂO

 

Se les ha llamado los “fantasmas del libro”, aquellos que lo recorren de principio a fin pese a su invisibilidad, y tienen algo de médium, facilitando la circulación de mensajes desde un mundo inaccesible para muchos —una lengua original —a otro hecho de inteligibilidad y claridad—la lengua de destino. No hay probablemente lectores con mayor concentración de rayos X que los buenos traductores, pues su inmersión es absoluta: si el escritor está completamente dentro del texto y el editor o el crítico, fuera, ellos discurren de forma simultánea por ambas esferas, están en todo momento dentro y fuera.

Son puentes, enchufes, intérpretes privilegiados de signos, porteadores y amplificadores de historias, sacerdotes en la cadena de custodios literarios. Coautores. Y, pese a todo esto, tradicionalmente ignorados, infravalorados, explotados y mal pagados, por lo general recordados, como los árbitros o los carteros, solo cuando algo sale mal. Librújula ha contactado con un auténtico Dream Team de traductoras para conocer mejor su labor, servir de ventanilla de reclamaciones y pulsar el momento por el que atraviesa la profesión.

Lo que hay que tener

“Desde luego, para ser traductor literario hay que poseer ciertas cualidades (y adolecer de ciertos «vicios»); de hecho, todos los traductores nos parecemos un poco. Hay que ser perfeccionista, autoexigente y sacrificado. Hay que ser modesto, dudar mucho y reconocer que esta profesión es un aprendizaje continuo. Hay que ser disciplinado o, como mínimo, aspirar a serlo. Hay que saber soportar la presión y la soledad. Y también hay que aprender a sacar la cabeza de vez en cuando para no acabar convertido en un ermitaño. Otro requisito para ser traductor es la curiosidad. Me paso la vida documentándote sobre los temas más diversos y creo que, si no fuera curiosa, me aburriría tremendamente. La traducción es una profesión, un aprendizaje y, sobre todo, una forma de vida”. La síntesis es de Gemma Rovira (Barcelona, 1974), traductora desde los 23 años —pese a sus sueños infantiles de convertirse en bombera— y por cuyo filtro hemos seguido las peripecias de Harry Potter, sufrido con un niño con un pijama de rayas o accedido al genio de autoras como Anne Tyler, Jhumpa Lahiri o Donna Tartt.

Su colega, y faro para cualquiera que pertenezca al gremio, Olivia de Miguel (Logroño, 1948), enfrascada los últimos años en volcar al castellano los diarios de Virginia Woolf para el sello Tres Hermanas, destaca que “en un aspecto práctico, me parece indispensable la autodisciplina férrea que te obliga a sentarte todos los días frente al texto, a organizar tu propio tiempo y a encontrar tu ritmo. Cuando se traducen libros de cierta o mucha complejidad y bastante extensión, como en mi caso, no puedes improvisar cien páginas de Henry James o de Virginia Woolf la última semana antes de la entrega, así que necesitas organizarte rigurosamente para poder cumplir plazos. En otro orden de cosas, cualidades como la paciencia, la minuciosidad, la atención o la capacidad de obsesión son también importantes. Por último, y aunque no esté de moda, o precisamente por eso, yo haría un encendido elogio de la lentitud”.

¿Y qué tipo de mirada necesita muscular un traductor? ¿De qué modo particular lee un texto que lo separan de otros visitantes del mismo? Al rescate llega Eugenia Vázquez Nacarino (Barcelona, 1974), todavía “caliente” su labor con Encrucijadas, la última novela de Jonathan Franzen. “Nuestra lectura tal vez sea más analítica, una lectura forense: hay que abrir en canal ese libro para saber qué tiene dentro y cómo funciona desde un punto de vista formal en los distintos planos lingüísticos, y activar a la vez el mapa de referencias que trazamos a partir de nuestro bagaje individual. Necesitas conocer esa anatomía a fondo para recrear (re-crear) ese artefacto literario en otra lengua”.

El concepto de recreación abre el controvertido melón de qué margen de acción puede permitirse un traductor sin que resulte invasivo y deje de servir a su propósito inicial. Ahí aparece la sabiduría de Concha Cardeñoso (León, 1956), por cuyo trabajo en Hamnet de Maggie O’Farrell, Bajotierra de Robert MacFarlane o Mi prima Rachel de Daphne du Maurier ya merecería un monumento. “Margen de creatividad: todo y ninguno, porque el texto está ahí escrito, todo está ya resuelto y explicado. La creatividad viene por el lado de elegir una palabra u otra, un orden sintáctico u otro, una u otra distribución de la información, siempre en función del pulso del original. No creo en mejorar un original. El autor o la autora escriben lo que escriben y como lo escriben, y eso es lo que debemos trasladar lo más fielmente posible. Lo demás sería escribir un texto nuevo, distinto del original”.

Recoge el testigo De Miguel: “Traducir es necesariamente forzar, manipular, interpretar, someter los modos de expresión ajenos a los propios. Unas veces el proceso es más violento que otras, pero siempre implica la desarticulación de un discurso para reconstruirlo y restaurarlo con otros mimbres, otras estrategias, otra voz que se suma necesariamente a la del original. En ese proceso, el traductor debería moverse con absoluto respeto, leyendo, investigando, comprendiendo, pero también con libertad para reescribir un texto nuevo que no puede exhibir el entramado original en su resultado final; un texto que, aun dependiendo de otro, tiene que ser autónomo en la lengua de la traducción. Yo no intento que Moore, Willa Cather, o Henry James se adapten a formas de expresión actuales, ni que suenen como escritos anteayer en Madrid o en Logroño, solo faltaría, soy yo y los lectores los que debemos esforzarnos por acceder a su lengua y a su expresión, a lo que tienen de modernidad en su momento, a su estilo. Me opongo a fomentar la vagancia lectora y triturar a los clásicos para que los pobres lectores no tengan una pesada digestión. No los subestimemos”.

Versatilidad y retos

Si nuestro póker de ases fueran superheroínas, probablemente engrosarían las filas de los mutantes de la Marvel, tal es su capacidad de adaptarse a las singularidades de encargos muy dispares. Vázquez Nacarino tan pronto ha lidiado con Joseph Conrad, Cynthia Ozick o Alice Munro que ha navegado las adrenalíticas aguas del thriller o de la novela negra de perfil más comercial. ¿Procuran los mismos quebraderos de cabeza las obras de alarde estilístico-técnico que las sustentadas en turbo-tramas? “Me da la impresión de que la línea entre la alta literatura y la literatura popular está mucho más diluida que hace unas décadas, no sé… De todos modos, me gusta la versatilidad y procuro combinar registros y géneros, entre los que a veces llegan encargos de perfil más comercial, pero diría que nunca he traducido un libro donde no haya cierta ambición estilística o técnica, un afán por desmarcarse de lo que ya se ha escrito dándole un giro nuevo. Y por eso creo que no hay traducción fácil y cada libro plantea desafíos distintos que a menudo descubres sobre la marcha, así que el principio de prudencia es fundamental. Personalmente, diría que una dificultad que suelo encontrar es el salto que exige trasladar cierto tipo de prosa muy extendida hoy en día, de frases cortas y sincopadas y una sintaxis bastante rudimentaria, y que la plasticidad del inglés admite mucho mejor que el castellano, por ejemplo”.

Del cuarteto, Gemma Rovira es quien probablemente ha alternado de forma más continuada la literatura para adultos con la literatura infantil y juvenil, y quien, por tanto, conoce más a fondo sus concomitancias y desencuentros. “En la literatura infantil y juvenil el método de trabajo es el mismo (las mismas herramientas, los mismos recursos, el mismo horario, etc.) y el traductor aplica el mismo rigor. Sin embargo, yo tengo especialmente presentes a los lectores cuando traduzco para niños o jóvenes. Intento ponerme a su nivel y, a la vez, no rebajarme demasiado (si el autor no lo hace) en aspectos como el léxico o la complejidad estilística. Estoy más alerta, quizá; más preocupada por acertar, por dar con el registro justo; más pendiente de que todo se entienda muy bien. Me gusta mucho estar traduciendo libros para adultos, de autores de prestigio con un estilo consolidado y, de repente, traducir un álbum ilustrado para primeros lectores. Es como si estuvieras impartiendo clase en una universidad y un buen día te mandaran a una clase de párvulos. Lo primero que harías sería sentarte en una silla mucho más baja. Me gusta esa sensación de bajar al suelo, de volver a empezar y prestar otro tipo de atención. De todas formas, una de las cosas más bonitas de la traducción literaria es la variedad: vives en una montaña rusa, pasando de un género a otro casi al azar, cambiando de autor, de época, de registro, de estilo. Cada libro es un mundo que te obliga a empezar de cero y dar lo mejor de ti”.

No podemos evitar la tentación de preguntar por los mayores desafíos de sus trayectorias, las Moby Dick que recuerdan con una mezcla de pesadilla y orgullo. Olivia de Miguel ha roído una generosa ración de huesos. “Todos los libros tienen sus dificultades, pero traducir la poesía de Marianne Moore fue un verdadero tour de force. Hay que pensar que un poeta como Auden reconocía que al principio no entendía nada de lo que ella decía, y otro poeta contemporáneo suyo, Randall Jarrell, comentaba que lo que entendía de la poesía de Moore le gustaba y lo que no entendía le gustaba mucho más. Yo tampoco entendí nada al principio, porque su poesía se oculta de lecturas poco atentas, como si estuviera recubierta por las escamas de un pangolín (su animal emblemático). La traducción de sus poemas me compensó con creces en distintos aspectos. Los ensayos de Henry James fueron un descenso al infierno de su sintaxis. Han sido los textos que me han confrontado más decisiva y rotundamente con mi propia lengua. Uno de los mayores desafíos de traducción. En los últimos cuatro años, me peleo a diario con la traducción de los cinco volúmenes de los Diarios completos de Virginia Woolf. Aquí, además del propio estilo de su autora, las dificultades surgen por lo fragmentario de la escritura propia de un diario, escrito a lo largo de veintiséis años, y por los cambios que eso comporta en el estilo de los cinco volúmenes. En estos textos, no se puede encontrar un tono que puedas mantener, como en una novela o un ensayo escrito en un periodo de uno, dos o tres años. Por otra parte, el mundo tan rico en personajes y situaciones en el que la autora vivió te obliga a investigar constantemente”.

Concha Cardeñoso atesora también un buen puñado de encargos que siguen despertándola algunas noches entre sudores fríos. “Retos mayúsculos han sido para mí Los huesos del invierno, de Daniel Woodrell; encontrar título para Solo Faces, de James Salter; Underland, de Robert Macfarlane; Romeo y Julieta, de William Shakespeare; el relato de Adelaide Anne Procter en A House to Let, que era todo en verso; y, last but not least, Roberson Davies en general y un pasaje en particular para el que tuve que empaparme de Quevedo, Lope, Cervantes y Góngora en busca de una ristra de neologismos y adjetivos sonoros para traducir unos epítetos de Gargantúa y Pantagruel traducidos a su vez al inglés del siglo XVII. No me servía una traducción fiel hecha directamente del francés, sino que la gracia estaba en las libertades que se había tomado el traductor inglés, y claro… tuve que traducir esas libertades. Lamento no tener el original a mano, pero véase el resultado:

—No he leído la traducción de Urquhart –dijo Maria—. Prefiero leerlo en francés.

—¡No sabe lo que se pierde! ¡Todo un monumento de erudición en inglés del siglo XVII! ¡Y qué riqueza de neologismos! ¡Rufianantes esquilmadores, ruinadores desgengivosos, infames contragibados, protopollinos, míseros archinopes, gusanos azoquetunos, papamoscas lilitóntropos y otros epítetos difamatorios de la misma índole! ¡Cómo prescindir de todo eso! ¡Tiene que leerlo! Permítame que le regale un ejemplar’”.

Miserias y avances

Bienvenidos/as a una manifestación contra los puntos negros de una labor bellísima. Al cierre de la marcha, Rovira es la primera en subir al estrado para alzar la voz. “Lamentablemente, el trabajo nos impone unos horarios que suelen ser draconianos, con lo que casi siempre acaba invadiendo, incluso aplastando, nuestra vida privada y social. Uno de los objetivos que nunca perdemos de vista es que, mediante la mejora de nuestras condiciones laborales, eso deje de ser así. Es un reto al que nos enfrentamos a diario”.

Le cede el micrófono a Cardeñoso: “Las condiciones económicas son las fundamentales, porque esta profesión artesanal nuestra, la de traducir libros, está francamente mal pagada desde siempre. Deberían existir unas tarifas mínimas obligatorias que permitieran a una persona vivir dignamente de su trabajo sin tener que sacrificar noches, días de fiesta, vacaciones, amistades y atención a sí misma y a las personas que tenga a su cargo. En cuanto al reconocimiento, la visualización y el respeto, ¿qué le voy a contar? En primer lugar, las editoriales deberían ser consecuentes con el hecho de que gran parte de su producción depende de la traducción, de que los traductores y las traductoras son, en última instancia, artífices de muchos de sus grandes éxitos y que su nombre merece un lugar destacado, junto al autor o autora, en la portada de los libros que publican. Por otra parte, también el público tiene derecho a recordar que lo que lee no se escribió en su lengua directamente, sino que alguien ha mediado para ponerlo en sus manos de una forma asequible —que toda obra traducida tiene una doble autoría— y poder así elegir con conocimiento de causa a quién lee en su lengua”.

De Miguel cierra el acto mezclando cal y arena en sus dosis justas. “Yo creo que las condiciones laborales de los traductores siguen siendo muy precarias económicamente, de mucha inseguridad laboral y que exigen una constante reivindicación por parte del colectivo y de sus asociaciones. Sin embargo, aunque la remuneración del trabajo del traductor esté lejos de ajustarse al esfuerzo, dedicación y preparación que implica su tarea, su imagen pública se ha hecho más visible, gracias al trabajo de las asociaciones y también a las jóvenes editoriales que dan crédito en las portadas de sus libros a los traductores, lo que redunda en un mayor reconocimiento de su figura, imprescindible en la edición, y ya hay lectores que buscan determinadas traducciones y no otras. Hoy en día la formación de los traductores es mucho más específica y concreta que cuando yo empecé. Para el traductor literario eso tiene ventajas a la hora de iniciarse, pero también inconvenientes y graves lagunas en su formación ya que los estudios de traducción en las facultades no muestran demasiado interés en la traducción literaria. Nuestra formación partía de la filología y de ahí nos aventurábamos al mundo de la traducción como amateurs, un término que me gusta reivindicar en lo que tiene de etimológico y que evidentemente no se opone a lo profesional. Con frecuencia es el amor lo que nos lleva a la profesión y sin el cual no podríamos seguir en ella”.

Para no regresar con mucha bronca a casa, Rovira se salta el guión, vuelve al estrado y reparte algo de positividad. “A lo largo de estos años he hecho un viaje de dentro hacia fuera, de la introversión máxima a una extroversión considerable; y no debo de ser la única traductora que ha vivido este proceso. Cuando empecé a traducir, vivía muy aislada, pero poco a poco, sobre todo a raíz de mi implicación en las asociaciones de traductores (APTIC y ACE Traductores), he incorporado diversas actividades que requieren trabajo en equipo y he comprobado que, aunque trabaje sola, la colaboración y el intercambio de información y experiencias entre colegas son fundamentales. Creo que se puede enseñar la metodología, la parte más teórica (a evitar las estructuras de la lengua de origen, las repeticiones, los calcos y los falsos amigos; a ser muy detallista; la corrección ortográfica y gramatical); y también algunos truquillos prácticos que van desde lo estilístico hasta la ergonomía, pasando por la optimización del tiempo. También a negociar tarifas, plazos, contratos; y a estar al día de lo que se cuece en la profesión y de las oportunidades para seguir formándose (asociaciones, cursos, encuentros, residencias…).Lo que no me canso de recordarles a mis alumnos, y a los traductores noveles en general, es lo fundamental: que no les dé miedo despegarse del texto original, que lo hagan suyo. Y que lean. Que lean cuanto puedan, sobre todo buena literatura en su lengua de destino.