Apócrifa poesía popular aragonesa

Pregunta publica esta antología de Marcos Castillo.

 

Texto: Enrique Villagrasa

 

¿La literatura apócrifa hay que leerla o no leerla? Pregunta que me hago tras la lectura de Luciérnagas. Antología apócrifa de la nueva poesía popular aragonesa (Pregunta) de Marcos Castillo Monsegur. Una antología fresca y tal vez algo remota que te deja sentado y no sabes muy bien qué pensar. No sé si me gusta el libro, todo el libro, pero admiro al autor que es capaz de escribirlo sin concesiones. Poemas austeros y a la vez ricos en parquedad.

La antología trata de 15 poetas falsos y sus voces verdaderas, que son una y sus ecos y no dejan títere con cabeza: desde los curas y sus lecciones: <<Se desabotonó/ la bragueta/ larga la sotana/ y a la pequeña,/ rodilla en tierra,/ le dio por comunión/ su sucio esperma>>, Del apócrifo Juan Valdelobos; a la educación reglada de este país: <<Vendiste tus saberes/ a bajo precio/ dando clases a un coro/ de alumnos presos./ Los aburrías/ y por vengar sus vidas/ te la jodían>> del apócrifo Víctor Redondo>>. ¡Sin ir más lejos!

Pues bien, dos mujeres y 13 hombres, de distintas idiosincrasias y pergeñados en las líneas de su biografía, con gran riqueza cultural y dominio en el ejercicio de la copla y la seguidilla, que siempre son más nuestros que el tanka y el haiku. Y es ahí donde conectamos con esta antología tan estimulante y atrevida, feroz diríase. Uno ya no se acuerda de esas coplas que te llegaban al alma antaño, en la niñez y sus fiestas, de casa y de la calle: la matanza del cerdo, las fiestas de san Antón, los Mayos, las fiestas patronales…

La lectura de esta antología me lleva a pensar que hay mucha añoranza en el antólogo, también en este lector. Siento esa tristeza en estos poetas (máscaras) y sus poemas. Siento su cierzo.  Igual están lejos de casa o no tienen un hogar al que volver. O igual son la misma persona y los quince <<son engañosos, embaucadores, y ni uno solo de los aquí reunidos deja de ser falso, un apócrifo>>. Esto se nos explica en el Prólogo, preámbulo, preludio diríase. Un texto inteligente y pedagógico. no dejen de leerlo, personas lectoras. Estoy de acuerdo con el apócrifo Marcel Castellón pues <<Al buen humor hay que darle/ rango de deber social/ y al que lo incumple penarlo/ con celda de soledad>>.

El texto está estructurado de forma sencilla y convincente: introito, los quince de turno, con varias hojas para sus coplas y seguidillas, y un epílogo del antólogo: y con él cerraremos nuestro trabajo. Pero antes, cabe decir que cada uno de los y las poetas tienen su texto particular, singular, señero, para explicar su quehacer demiurgo en el arte poético. Pero antes vamos a definir qué es copla y qué seguidillas, si la memoria no me falla: las coplas constan de cuatro versos octosílabos, de los que riman en asonante solo los pares. Es la forma estrófica de la jota, por ejemplo. Poesía popular admirable e ingeniosa.

Y las seguidillas tienen también cuatro versos, de los que son heptasílabos el primero y el tercero, que pueden ir sueltos o riman entre sí, y pentasílabos el segundo y el cuarto, que van siempre enlazados por la rima. Se le puede añadir un estribillo  de tres versos: pentasílabos el primero y el tercero, que riman entre sí, y heptasílabo el segundo que queda suelto. ¡Ah, la rima puede ser consonante o asonante! Y existe también la seguidilla gitana, de la que fue un maestro Manuel Machado.

Para terminar podemos concluir con las palabras promocionales del libro, para no llevarnos a engaño: <<A los quince autores de esta antología apócrifa los unifica el uso de estrofas: la copla y la seguidilla. En la primera (la más sencilla de todas las que oferta el catálogo surtido de la Métrica), esa sencillez conlleva el alto riesgo de que se despeñe y caiga en la simplicidad, su mayor enemigo. De la segunda, la seguidilla, Cervantes nos dio su definición más hermosa: la que suele en el alma hacer cosquillas. Ambas conllevan dos movimientos antagónicos: por un lado, en sus breves dimensiones comprimen y condensan al máximo una emoción poética que, en íntimo Big Bang, se expandirá por la mente del lector; por otro, actúan como bomba que sorbe y aspira la inspiración del poeta para obligarle a rellenar completamente el molde de la estrofa prefijada. Así, la estrofa no es un corsé para la creación, sino un estímulo, es decir, etimológicamente, un punzón para avivar el trote de la imaginación poética>>.

Los quince son: Alberto Laforja, Selene Monteseguro, Ernesto Laborda, Eloy Buenafuente, Rosa Motañés, Chesús Celdrán, el citado Marcel Castellón, Fabián Esteban, Juan Valdelobos, Federico Olite, César Martín, Octavio Luna, Víctor Redondo, Emilio Forcén y Pablo Floristán. Y del autor, Marcos Castillo Mosegur podemos decir que es de Tudanca (la Tablanca de Peñas arriba), no lejos de la Casona de José María de Cossío —que lo apadrinó—, por donde unas décadas antes deambularon Unamuno, Giner de los Ríos, Alberti, Lorca, Miguel Hernández… Estudió Filología (amor al Verbo) Hispánica en una Universidad Central de Barcelona en la que brillaban Mainer y los Blecua. La mayor parte de su vida profesional ha pretendido contagiar ese amor a sucesivas oleadas de jóvenes espumantes. Al margen de algunos artículos y prólogos, ha publicado La casa del placer (Breve diván de la poesía árabe en Aragón), XXI viajes (de europeos y un americano, a pie, en mula, diligencia, tren y barco) por el Aragón del siglo XIX y Gustavo Adolfo Bécquer y Valeriano Bécquer. Obra completa en el Moncayo y Veruela. Y su antología Trivium que es un florilegio de toda la labor poética de quien cree —y, por tanto, duda— que la poesía es el territorio de los pensasientos y los sentipiensos.

 

Epílogo del antólogo

 

¿Te ha producido el libro

un sentimiento?

¿Acaso una sonrisa?

¿Un pensamiento?

Confío en que

al cerrarlo no digas:

-Bien, ¿y a mí qué?