“La vela de la esperanza no se apagará en mi país”. Así de contundente hablaba el embajador de Afganistán en España, Massoud Khalili, en la presentación de su libro “Los susurros de la guerra” (Alianza) hace cinco años, donde narra su viaje por tierras afganas en busca de combatientes y la búsqueda de refugio de hombres y mujeres que escapan de la guerra.  La historia se repite, y estos días miles de personas desesperadas  intentan salir de Afganistán huyendo de los talibanes.

 

Masood Khalili, en los años 80 en las montañas de Afganistán, en su etapa contra la ocupación soviética. Álbum personal.

 

Texto: Susana PICOS

 

Nacido en Jabal Sarat en 1950, de una madre liberal y de un padre poeta (uno de los vates afganos más famosos, Khalilullah Khalili), la vida de Massoud Khalili transcurría cómodamente. Sus hermanos y hermanas estudiaban y él estaba cursando en el extranjero cuando su padre le llamó: “los soviéticos han ocupado Afganistán y te necesitamos aquí”. Desde ese momento, su vida, igual que la de muchos afganos, nunca volvió a ser la de antes.

Una persona de cuarenta años en Afganistán no ha conocido nunca una paz completa. Primero fue la lucha contra los rusos, que ocuparon el país más de diez años, luego la guerra civil y en contra de los talibanes, la entrada de las tropas de EEUU y de sus aliados de la OTAN y ahora, de nuevo, la recuperación del poder por los talibanes.

Khalili con una voz grave, profunda, nos habla de un país cansado de la muerte y la miseria. Su libro narra el viaje que inició en 1986 desde Pakistán y por todo Afganistán para organizar la sublevación contra los soviéticos. Durante ese duro y largo pero a la vez hermoso camino entre montañas nevadas, valles recónditos y pueblos atrapados en el tiempo, Khalili escribe a su mujer y le explica lo que va viendo y sintiendo. Es una literatura de observación, como algún periodista ha dicho. Son las historias de las personas que huyen de la guerra.

De gente como la abuela que no quiere abandonar su casa y se encierra en su pequeño retrete para que su nieto no la obligue a marcharse, mientras el nieto insiste en sacarla de ahí para salvar su vida: “Aquí solo hay guerra”, le dice. Pero ella alza la vista y hay en sus ojos una mirada milenaria: “Aquí está mi casa. No quiero ir a otro lugar, aunque me digan que es más bonito, aunque me digan que es más seguro. Es aquí donde quiero morir”. Mientras el nieto la sube a un burro y se la lleva a regañadientes, la mujer no cesa de llorar.

A veces es la visión del cielo o de algunas flores. Otras páginas se las dedica a su gran amigo y compañero, su burro. Su mirada también se posa a menudo en los niños. Se acuerda de sus hijos y los añora. Massoud explica cómo un día encuentra a unos niños que estudian bajo un sauce junto a un profesor. Se acerca a ellos y les pide que le escriban alguna palabra, pero solo dos saben escribir. ¿Por qué no han aprendido a escribir los otros? ¿Son poco inteligentes? ¿Se lo prohíben los padres? ¿No tienen interés? “Al contrario” -le responde el profesor-, todos ellos tienen muchas ganas de aprender y mucha capacidad, pero solo tenemos dos lápices y tienen que esperar su turno e ir aprendiendo de dos en dos”. Massoud suspira: “Esa es la verdadera pobreza”.

Sus cartas están llenas de reflexiones y de poesía. Son las de un guerrillero que nos dice que la guerra nunca es el camino. «Por muchos años que pasen, nunca olvidas el dolor y las pérdidas».

Massoud Khalili fue el único superviviente del atentado que, dos días antes del 11 de septiembre de 2001, sufrió el líder de la resistencia en Afganistán, el comandante Ahmed Shah Massoud, el León de Panjshir, su amigo íntimo. Juntos habían luchado contra los rusos y luego contra los talibanes. El 9 de septiembre de 2001, dos terroristas de Al Qaeda que se hicieron pasar por periodistas llegaron al campamento de la resistencia, que estaba en uno de los lugares más remotos de Afganistán. Superaron todos los controles de seguridad hasta conseguir tener delante al legendario comandante con la excusa de una entrevista. Sacaron su cámara de televisión y los aparatos, entre los que escondían la bomba que hicieron estallar para matarse ellos y a todos los que tenían a su lado. Junto al comandante estaba Massoud Khalili, que consiguió salvar la vida. Perdió un ojo, la capacidad auditiva de un oído y su cuerpo se llenó de metralla, pero sobrevivió.

Massoud Khalili dedica su libro “a las mujeres afganas víctimas de la guerra y a todas las mujeres cuyos susurros jamás fueron escuchados”. Una mujer, su esposa, ha sido la que ha conseguido que este libro vea la luz, porque en un principio él no quería rememorar el pasado. Fue ella, con la complicidad de su hijo, que empezó a traducir la historia del dari (el persa afgano) al inglés. Otra mujer ha sido fundamental también en esta historia: Fuencisla Gozalo, la traductora del libro al español. Una mujer que conoce muy bien Afganistán. Creó la Fundación Cometa, con la que consiguió poner en marcha dos escuelas para hacer posible el sueño de cientos de niños y niñas afganos de estudiar y no tener que hacer turno para poder escribir con un lápiz.