La imagen de Clarissa Ward en Afganistán dio la vuelta al mundo cuando apareció rodeada de talibanes que le exigían  que se cubriese el rostro. Acababan de volver al poder y ella era la única periodista occidental que se quedó en el país para contarlo. Ahora, la editorial Roca publica en España sus memorias «En todos los frentes».

Copy: BRENT SWAILS (AP)

Texto: David VALIENTE

  

“¿Quién es Clarissa Ward?” Mucha gente se hacía esta misma pregunta el año pasado, cuando el caos (que en realidad solo se escondía en las montañas) regresó a las ciudades de Afganistán. Pocas personas en el mundo hispanoparlante ponían nombre a esa periodista de piel marfileña y ojos azules, que recibía los halagos más bonitos que un talibán, fusta en mano, puede dar: “tápate la cara”.

En la actualidad, Clarissa Ward, la mujer que documentó los aciagos acontecimientos de Kabul en 2021, trabaja para la CNN cubriendo los conflictos internacionales que azotan a Oriente Medio. La Editorial Roca ha traducido sus memorias publicadas en 2020 en inglés con el título de En todos los frentes. Llama la atención que una periodista que ni siquiera frisa los 45 años decidiera que su primer libro perteneciera a un género asociado a la senectud y la experiencia profunda. Pero viendo su historial y leyendo sus anécdotas, parece que a Ward lo que le sobra son vidas. Sus memorias nos permiten conocer su trayectoria vital y profesional y nos ayudan a entender esa actitud de prudente valentía que mantuvo frente a los talibanes.

La autora cuenta cómo sus primeros años de vida no fueron en la típica familia convencional, puesto que sus padres, aunque un papel no lo acreditaba, hacían vida por separado. Su abuela, una mujer enérgica y vivaracha, asumió el papel de ambos progenitores y se convirtió en el gran pilar de su vida al contar con la capacidad de mirar a su nieta de soslayo y comprender todos los sentimientos que bullían en ella. Sin embargo, por circunstancias de la vida, Clarissa se marchó a un internado para “pijos” donde estimuló su talento para los idiomas, algo que le sería de gran ayuda en sus futuras corresponsalías.

Pero a esa edad aún desconocía su verdadera vocación. En la universidad de Yale, Clarissa estudió literatura inglesa y literatura comparada. Le gustaba leer y pasó esos años rebeldes en las bibliotecas, las salas de cine y las fiestas universitarias, fumando marihuana y cuestionando su futuro al licenciarse. No encontró su pasión hasta el fatídico 11 de septiembre, cuando recibió la llamada de un amigo que le instaba a poner las noticias. Entonces, “suena presuntuoso, pero sentía que debía viajar a los frentes de combate, que debía escuchar las historias de la gente que vivía allí y contarlas a la gente de aquí”. En realidad, ansiaba “llegar a la raíz de la incomunicación que alimentaba aquella locura, aquella deshumanización mutua”. Nació su vocación periodística.

Una vez descubierto el sino, planteó una ruta profesional. Sabía que el camino no iba a ser sencillo, su formación distaba un poco de la comunicación televisiva y su currículum no llamaría la atención de ninguna cadena que le abriera las puertas al Próximo Oriente, su sueño y su obsesión. No obstante, un golpe del destino (su madre compartía dentista con la editora en Moscú de la CNN) le permitió realizar unas prácticas no remuneradas durante unos meses en Rusia.

Con este pequeño porfolio, acreditó a Fox News sus capacidades para ir a Irak. En 2003, comenzó el avispero iraquí y los periodistas estaban como locos por salir del país. Lo que unos rechazaban como veneno de serpiente, para Clarissa fue la oportunidad que estaba esperando. Sus jefes, ante la falta de periodistas con más experiencia, no pudieron negarse a las peticiones de aquella joven veinteañera.

En Irak se produjo su bautismo de fuego. Los hechos tuvieron lugar “una noche de octubre de 2005, durante el Ramadán, mientras el muecín recitaba la oración Magrib anunciando iftar”. Ella y sus compañeros presentes en la sala tuvieron que echar cuerpo a tierra tras oír “una explosión ensordecedora”. Otra detonación sumió a los allí presentes en un profundo estado de pánico. Los nervios de Clarissa afloraron, pero tuvo la suficiente entereza para consolar a una compañera, Joamana, anulada por el llanto. Una tercera bomba, “la más terrorífica y ensordecedora que había oído en mi vida”, estalló. Sus compañeros vestían mantos de polvo y nadie sabía llegar a los refugios: “Con una sensación envolvente de náuseas, caí repentinamente en la cuenta de que nosotros no éramos las víctimas colaterales. Éramos el objetivo del ataque, querían matarnos”. “No sentí añoranza por mis seres queridos, ni tampoco tristeza” y, por suerte, todo quedó en un gran susto.

Su siguiente destino la acercaba más a Europa y al Mediterráneo Oriental: el Líbano. Es un país escogido por los corresponsales para cubrir el Cercano Oriente, debido a su situación geográfica y la relativa calma de la que goza esa tierra en la actualidad. Clarissa justifica su cambio del modo siguiente: “Había aceptado aquella misión porque iba a producir reportajes sobre el terreno, y no simplemente a imprimir cables en un búnker de Irak”. También se produce un cambio en la relación contractual con la Fox y continúa su labor como freelancer y no de manera directa como había hecho en Irak: “La cadena no era responsable de mí técnicamente, cosa que nos venía bien a los dos”.

Alquiló una casa en Beirut, una ciudad viva con gente que “no lleva la desgracia con paciencia”. El pueblo libanés había logrado diez años en paz ininterrumpida, pero el ambiente tenso seguía adueñándose de las calles. Las personas mantenían en sus rostros ese sutil recelo inyectado de desdén por un incierto devenir, aunque nunca perdían su calidez, encanto y atractivo, matiza Clarissa. Líbano era una fiesta para los periodistas extranjeros; cuando acababa la agotadora jornada, el “hedonismo se desplegaba frente a un deslumbrante telón de fondo mediterráneo”.

En sus memorias, hace referencia a un episodio muy incómodo que le aconteció una tarde de trabajo en Gaza. Había sido previamente advertida por sus compañeros de que ni se le ocurriera salir del coche y menos con un cigarrillo en la mano, señal en Oriente Medio “de que era una mujer de vida alegre”. Los hombres pasaban a su lado girando la cabeza, algunos estupefactos por lo que estaban viendo, otros excitados. De pronto, “alguien me gritó algo que no acabé de captar y de repente me dio la impresión de que todo el mundo estaba mirándome”. Unos cuantos hombres se acercaron a ella. Las intenciones variaban, unos solo querían un cigarrillo, otros, más lascivos, algo más. Se refugió en el coche. Neil, uno de sus compañeros, no tardó en llegar en su ayuda: “Al cabo de unos momentos estaba allí, gritando y ahuyentando a la gente”. Otra vez, por suerte, todo quedó en un susto.

En Oriente Medio, comprendió que el incidente diplomático y militar más pequeño puede con mucha facilidad implosionar en  un conflicto abierto entre dos países. Lo vivió primero en Gaza, cuando Hamás capturó a un sargento israelí de nombre Gilad Shalit; de inmediato comenzaron un intercambio de bombardeos (desigual para los palestinos) y el intento del ejército israelí de recuperar a su soldado. Lo volvió a vivir en el Líbano cuando Hezbolá capturó “a cinco soldados sionistas”. De inmediato, se puso en marcha: “Será mejor que enviéis un equipo extra mañana-dije-. Va a haber guerra”.

El conflicto duró 34 días y dejó multitud de heridos y cadáveres, que tuvieron que ser rescatados de los edificios calcinados. Los israelíes se ensañaron con la población civil y con sus infraestructuras, dejando “a gran parte del Líbano paralizado”. Pero, sin duda, la acción militar que más daño hizo a la población aconteció en Qana. El ejército de Israel bombardeó un edificio porque, según sus fuentes, un comando de Hezbolá lo empleaba para lanzar sus cohetes Katiusha. En realidad, en ese ataque, solo murieron civiles inocentes, “muchos de ellos niños”.

La respuesta de una sociedad cansada de la dejadez y el pasotismo internacional no se hizo esperar. Una multitud se agolpó delante del edificio de la ONU, “agitando la bandera de Hezbolá y del Líbano, coreando ‘Muerte a América, muerte a Israel’”. Mientras tanto, Clarissa Ward observaba las primeras piedras volar y a las personas cargando contra el edificio a golpe de martillo, derribaron sus puertas e incendiaron todo lo que encontraron a su paso, “sin dejar de soltar lamentaciones”. “Eran esos lamentos lo que resultaba más turbador de todo: una mezcla de dolor, humillación y desespero”, recuerda la corresponsal en su libro.

En esos momentos de crisis para el Líbano, pudo entrevistar al que por aquel entonces fungía de primer ministro, Fouad Sinora, quien le legó una frase muy significativa, que demuestra la mantención de cierta actitud colonialista en un mundo globalizado: “Como si las lágrimas de los israelíes tuvieran más valor que la sangre libanesa; como si nosotros fuéramos hijos de un Dios Menor”.

La guerra terminó y su contrato con Fox News también. Tocaba emprender una nueva aventura, esta vez con una cadena que casase mejor con su línea editorial personal: “La cadena estaba centrada en personas televisivas y de opinión pura y dura, y su cobertura exterior era más un gesto simbólico que un esfuerzo sincero”. Así que recaló en las filas de ABC News  como corresponsal fija en Moscú. Volvía a sus inicios en el periodismo, a una Rusia pletórica por el crecimiento económico y el capitalismo de Estado, que había abandonado la decadencia postsoviética, al menos en apariencia, y se dejaba encandilar por la “riqueza obscena”, mientras una importante parte de la sociedad se pudría en la “inhumanidad y una tendencia a la nostalgia que resultaba directamente empalagosa”, sobre todo por el escepticismo y la testarudez que han sabido casar, a duras penas, con una actitud sentimentalista y supersticiosa. Descubrió que los rusos se mostraban indiferentes ante las posibles desgracias que se pudieran producir en sus narices. “Clarissa, tienes que entenderlo, en la época soviética los problemas de los demás podían traerte problemas. Así que no te metías. Y todavía hoy, la gente no quiere líos, así que no vayas a nadie”, le aconsejó Sasha, un compañero de profesión.

En Rusia vivió momentos periodísticos interesantes, pero se destacan más los relacionados con su vida personal. Será en el país más grande del mundo donde conozca a su marido y al padre de sus hijos, con quien tendrá que mantener una relación a distancia, pues al poco de conocerse, Clarissa Ward es fichada por la CBS y recibe la corresponsalía de Asía. Su gran reto periodístico fueron los trágicos acontecimientos de 2011 en Fukushima. Japón no había sufrido una catástrofe de tal magnitud desde Hiroshima y Nagasaki: un seísmo de magnitud 9,0 en la escala de Richter provocó un fuerte tsunami, que a punto estuvo de colapsar el país  y de crear una importante crisis medioambiental. El tsunami provocó olas de gran altura que rebasaron los diques de contención; el agua llegó a los subterráneos de la central y destruyó los generadores de emergencia.

Clarissa Ward se ocupó de mostrar al mundo (y al propio país nipón) lo que estaba sucediendo. Encontrar un vuelo no fue tarea fácil, tampoco, una vez allí, encontrar un alma caritativa que les hiciera de chófer. Al final, consiguieron que un taxista les acercara a una zona próxima a la catástrofe y unas horas después otro compañero de la cadena, quien se había agenciado un coche, se encargó de concluir la ruta.

Una vez en el lugar, los ojos de Clarissa Ward contemplaron la mayor destrucción de su carrera: “El terremoto había desatado olas de más de cuarenta metros de altura que habían barrido hasta 10 kilómetros tierra adentro. La fuerza del tsunami había lanzado coches sobre los tejados y empotrado barcos a través de los escaparates de las tiendas a muchas manzanas de la costa. Los semáforos y los rótulos sencillamente habían sido barridos y la planta baja de casi todos los edificios estaba destrozada”. No obstante, ella y sus compañeros tenían una gran responsabilidad y ese panorama de destrucción y muerte no podía amilanarlos. Ellos fueron los primeros periodistas occidentales que llegaron al terreno destruido de Fukushima, no existía la opción de marcharse sin reportar nada, aunque la posibilidad de otro tsunami y de que el reactor saliera por los aires amenazaba las vidas de los japoneses.

Ante esta situación, su vehículo de comunicación con los japoneses decidió desertar.  Noriko, su intérprete, “nunca había trabajado con periodistas ni tampoco había vivido un desastre natural”, pero manejaba el japonés y el inglés. “A la mañana siguiente, anunció que quería volver a Tokio”. La joven Noriko no soportó contemplar la destrucción y mucho menos la constante incertidumbre de si de nuevo se iba a producir otro coletazo de la naturaleza. Pero antes de marcharse, Clarissa le pidió que le tradujera una serie de preguntas al japonés. Con su facilidad para los idiomas, la reportera se hizo entender con la población local y pudo desarrollar su trabajo, hasta que desde la oficina central les evacuaron. El riesgo de un accidente nuclear crecía por días y ABC News ya tenía suficientes imágenes y testimonios; el trabajo, para Clarissa y su equipo, había concluido en tierras niponas.

CBS News le enviaría a Siria. Clarissa también lo deseaba. Mientras el mundo por un pulmón contenía el aire, por el otro exhalaba hondas bocanadas de libertad y esperanza; “Wind of Change”, diría la mítica banda de hard rock alemana. En todo el Magreb y el Máshrek, la gente salía a las calles y exigía a sus dirigentes cambios; ya no querían seguir subyugados a gobiernos que les limitaban sus oportunidades y les forzaban a vivir en la pobreza, mientras los dirigentes, por lo general dinastías familiares, vivían en  suntuosos palacios. Hoy conocemos el resultado de la mal denominada Primavera Árabe, sabemos que algunas tuvieron un relativo éxito (caso de la tunecina), sabemos que otras apenas pudieron echar a andar (Arabia Saudí es el mejor ejemplo) y sabemos que otras se han enquistado en guerras que parecen no tener final. Es el caso de la Revolución Siria, que derivó en una guerra complejísima debido al gran número de intereses y actores que confluyen, fusil en manos, en los campos de batalla. Ward ha cubierto esta guerra prácticamente desde que era una revuelta de una serie de opositores que exigían a Bashar al- Asad virar hacia un sistema democrático.

Sin duda, en la guerra de Siria, Clarissa ha demostrado ser un periodista madura y valiente, también es cierto que es la guerra que durante más tiempo ha cubierto y en la que más situaciones complejas ha afrontado. Ella logró entrevistar a un yihadista, que si bien no simpatizaba con los delirios del ISIS, asumió muchos riesgos a la hora de hacer la entrevista. En esta guerra, perdió a una especie de amigo que hizo por internet, un joven exmarine con vocación comunicadora que había decidido ir a Siria a contar lo que sucedía y que un buen día desapareció sin dejar rastro. En Siria perfeccionó su estilo a base de ensayo y error y se preparó para lo que fue, digámoslo con cierto tono sardónico, su gran función televisiva: Afganistán.

Los americanos abandonaron el país centroasiático definitivamente el 30 de agosto cuando entraron de nuevo los talibanes. Volvía la ley del latigazo y la lapidación; volvía la impiedad sobre las mujeres, impiedad que Clarissa sintió en sus carnes cuando un talibán le dijo a su acompañante varón: “Ella tiene que cubrirse la cara”. Accedió sin discrepar ni echarle en cara su actitud machista. Ella refleja en el texto las mismas imágenes que pudimos contemplar desde el televisor, pero vividas en primera persona, sintiendo la angustia cuando lo único que hay a tu alrededor es tumulto y personas armadas con porras y fustas.

La CNN presionó a ella y a su equipo para que volvieran, el material ya estaba entregado, los americanos se encontraban en el aeropuerto, las calles de Kabul mostraban su inseguridad en cada rincón. ¿Qué hacemos?, es la pregunta que un buen periodista se hace cuando su vida está en juego, pero el deber sigue ahí picando la puerta de la conciencia. “Vale, a ver cómo suena esto… Hoy es miércoles. ¿Y si intentamos irnos al final de esta semana?”

Al final hicieron lo que muy pocos se atreverían hacer…