AK es el seudónimo del joven afgano que en Afganistán: una república del silencio. Recuerdos de un estudiante afgano (Editorial Foca) describe la situación de la minoría étnica de los hazaras y denuncia el atraso, la desigualdad y la corrupción del país.

 

 

Texto: David Valiente

 

Mucho se habla de la crisis humanitaria y del escenario bélico que  se está conformando ahora en Afganistán, pero muy poco (por no decir nada) del contexto histórico-sociológico. Un libro muy recomendable para comprender mejor el estado actual de ese país construido en el siglo XIX por los ingleses es, sin duda, Afganistán: una república del silencio. Recuerdos de un estudiante afgano del autor A.K., seudónimo de un joven afgano de 27 años que emplea las iníciales de su nombre para ocultar su identidad y no sufrir represalias, porque el libro, aparte de describir la situación de una minoría étnica, denuncia el atraso, la desigualdad y la corrupción endémica en el país.

A.K. pertenece a una minoría étnica que responde al nombre de hazaras. En su mayoría chiíes, son descendientes de los mongoles de Gengis Kan que conquistaron el territorio en el siglo XIII. Hablan lengua persa y sus rasgos faciales son motivo de burla e insulto para el resto de grupos étnicos; el mismo autor nos cuenta cómo recibe habitualmente insultos tipo “rata china”. Los talibanes los persiguen por múltiples motivos entre los que podemos destacar su condición chiita y los lazos estratégicos que les unen con Irán. Pero la persecución de este grupo étnico comenzó un par de siglos antes, cuando los ingleses otorgaron el título de emir a Amir Abdul Rahman (pastún) que “convenció a los mullahs de esa época para que dictasen una fetua contra los hazaras”, pues estos “se resistían a perder su libertad”. Se estima que antes de que finalizara el siglo, se exterminó al 62% de la población hazara.

En Afganistán, “todo gira alrededor de los pastunes”, desde la atención internacional política: “Prácticamente todo el dinero que los países del mundo durante años han estado enviando a Afganistán se ha ido a las aéreas pastunes”, hasta la militar porque “el 90% de las bajas de las tropas de la OTAN, de la ISAF y de las demás fuerzas internacionales han caído en las provincias pastunes”. Aún con la retirada de los talibanes a las áreas más abruptas del país y a Pakistán, los pastunes ocupan un gran número de altos puestos en el sector público y privado (el propio presidente huido, Ashraf Ghani, pertenece a la etnia pastún), tanto es así que “en la actualidad, si un pastún o un no pastún compiten por un mismo empleo, el primero tiene muchísimas más posibilidades de conseguirlo”.

En las áreas rurales, los pastunes arrebataron la tierra a los hazaras y los doblegaron a una posición servil. Las aldeas son controladas por terratenientes pastunes (todavía unos pocos hazaras conservan pequeñas porciones de tierra) que ceden en usufructo un pequeño terruño a las familias hazaras para que puedan ganarse la vida. No se firman contratos, por lo tanto las familias de labradores no tienen “otra opción que la de aceptar lo que el terrateniente diga”. Por lo general, a cambio de permitirles asentarse y trabajar sus tierras, los terratenientes reciben como pago parte de la cosecha y mano de obra gratuita para explotar sus parcelas: “La gente era feliz si sólo tenía que trabajar para el señor entre 15 y 25 días al año”. La comunicación entre los terratenientes y sus labriegos se producía a través del alguacil, puesto que se conseguía ofreciendo a los terratenientes un pago mayor de impuestos y “más días de trabajo”. Sobra decir que la competencia que genera esta forma de ascender en la escala social damnifica gravemente a los labradores.

No obstante, por lo menos dentro de la comunidad se respira, según nos describe A.K., un ambiente de cooperación; esencial, sobre todo, en un entorno violento, con cambios de temperaturas abruptos y asediado continuamente por las hambrunas y las epidemias: “Una de las cosas buenas de las aldeas era que la gente compartía las herramientas los utensilios y los aperos que hiciesen falta para el trabajo. A nadie se le ocurría robar nada porque todo el mundo estaba seguro de que lo que se necesitase se compartía. (…) Recuerdo cómo compartíamos el pan y la comida sin esperar nada a cambio. Cuando nuestros vecinos necesitaban pan caliente para desayunar, o cuando tenían un huésped pero no suficiente comida, podían venir a pedirnos pan y les ofrecíamos lo que teníamos. (…) Al llegar el otoño, si alguien se quedaba atrás en la cosecha o a la hora de recoger la leña, todas las familias se reunían para ayudarlas”.

“El mayor factor de marginación con respecto a ellos (los pastunes) ha sido la religión”, dice al autor y añade: “Términos como libertad personal o igualdad de género no tienen ningún significado ni en la constitución del país ni en la realidad del mismo”. La religión se respira en las moléculas de polvo que revisten el chador hazaragi. Esto, sin duda, beneficia a grupos étnicos de mayoría sunita, pero al resto los margina y les crea “una especie de complejo de inferioridad”. La interpretación de la sharía, ley islámica, se sincretiza con la tradición tribal y se les impone al resto de personas, aunque los mismos inquisidores se salten su propia ley de manera flagrante: “Sus deseos sexuales y su lujuria, por ejemplo, hacen que intenten acostarse con las chicas sin tener ninguna responsabilidad después, lo que está totalmente en contra de los principios religiosos; o que abusen de los niños, lo que también está prohibido por su propia religión”.

Una hipocresía, advierte el autor, que también está pasando factura en la condición civil de cada individuo, pues genera una grave crisis de identidad nacional por los constantes intentos de los pastunes de convertir Afganistán en un fiel reflejo de sus creencias y tradiciones. Al resto de etnias solo les queda acatar “la identidad pastún como un símbolo nacional”.

Un aspecto social muy arraigado y prístino es el “honor”. A muchos occidentales esta palabra ya ni les suena, sin embargo, la manera que la sociedad afgana tiene de recrearla pone los pelos de punta, más aún si el blanco de toda acción recae sobre las mujeres. Nos cuenta A.K. que, a causa del honor, las mujeres “siguen siendo torturadas e incluso asesinadas”. El honor entiende de géneros y no los iguala. Más bien deslegitima a la mujer, violando su privacidad: actos tan necesarios y habituales como ir a la escuela o dar un paseo en sociedad, sencillamente lo tienen prohibido. Ya en cuestiones sexuales las cosas se recrudecen más para las mujeres que para los hombres: “Si un hombre sorprende a una hermana manteniendo relaciones sexuales sin estar casados o, por lo menos, legalmente comprometidos, y si es un afgano verdaderamente honorable, lo que debe de hacer es matarlos a los dos, y si no, por lo menos matar a la hermana”; en cambio que un hombre seduzca a una chica de otro grupo étnico es un motivo de orgullo.

Las mujeres solo pueden salir a la calle acompañadas de un miembro varón de la familia. Sin embargo, hay familias que “no han sido bendecidas con el nacimiento de un niño”. En estos casos, las hermanas mayores asumen el papel del primogénito, se visten de chico para evitar “el acoso y las agresiones que normalmente padecen al salir de casa” y se ganan la vida con trabajos que vistiendo de mujer tendrían vedados. Estas mujeres reciben el nombre de bacha poshi. Abandonar su identidad asumiendo la de su némesis acarrea consecuencias graves como no “poder casarse y cuando alcanzan la pubertad no saber cuál es su identidad sexual”.

Por si fuera poco, la mezcla de rigorismo religioso, la falta de educación sexual y el uso indiscriminado de las nuevas tecnologías está formando una generación de jóvenes adictos al porno, incapaces de distinguir la realidad de la ficción que desahogan su frustraciones con  “la masturbación compulsiva” y desarrollando fantasías irrealizables y perjudiciales, especialmente, para la intimidad y la seguridad de las mujeres.

Ni en primaria ni en secundaria los jóvenes afganos reciben ningún tipo de educación sexual. Es cierto que en los centros, tanto públicos como privados, la religión es una asignatura obligatoria (A.K. protesta porque en las bibliotecas personales de los universitarios hay más libros de religión que de sus carreras), pero también es cierto que en las instituciones se enseñan las mismas asignaturas que en el resto de países. Se estima que la tasa de alfabetización en los años 1979 rondaba el 18,1% de la población a partir de los 15 años. En el último informe expuesto por el Banco Mundial este número había aumentado 25,1%, hasta situarse en los 43,2% en 2018. Si comparamos este progreso con el de otros países de la región, la sociedad afgana aún tiene mucho camino por delante en materia educativa. Sin embargo, el avance producido en las últimas décadas ha sido gracias a la construcción de nuevos centros educativos sobre todo en las ciudades.

Los estudiantes que disponen de medios pueden acudir a escuelas privadas. El mismo A.K. acudió a una que le costaba al mes 4000 afganis (unos 50 euros). Las materias impartidas durante el periodo lectivo no difieren mucho de las recibidas por los niños del resto del mundo; pero en las aulas afganas se produce una especie de segregación étnica, “los estudiantes hazaras nos sentábamos juntos, los tayikos lo hacían con los tayikos y los pastunes con los pastunes”.

A.K. solo pudo sostener el pago de la matrícula durante un año, así que decidió cambiarse “de la Escuela Secundaria de Arman a una escuela pública en la que no tuviese que pagar la matrícula y que ofrecía clases nocturnas”.

En las áreas rurales, la educación se vincula a la mezquita. Esto no quiere decir que las lecciones que se impartan sean propiamente religiosas o tengan algún tipo de vinculación ideológica, más bien el recinto les sirve de aula. Las clases las imparten los miembros de las comunidades con mejores dotes para leer y escribir (el padre de A.K. era profesor en la aldea) en su tiempo libre. Por lo general, este servicio a la comunidad no se retribuye. A.K. narra el intento de “la Junta de Educación de la Provincia de Ghor” de abrir escuelas “una para cada seis aldeas del distrito” con la ayuda de ACNUR que donó una serie de lonas que hacían las veces de aula y todos los materiales escolares básicos. El inconveniente fue que “no habían enviado profesores”. De nuevo los miembros de la aldea avanzados tuvieron que impartir clases a los niños.

La otra opción que los jóvenes afganos tienen tanto en la ciudad como en las áreas rurales son las madrasas, escuelas donde lo único que se imparten son asignaturas teológicas. Al final de su formación, el alumno debería disponer de los conocimientos suficientes para ser investido como mullah. A diferencia de las escuelas ordinarias, los alumnos viven en las madrasas. Alejados de sus padres, las noches entre esas cuatro paredes se convierten en un auténtico infierno para los estudiantes que soportan todo tipo de abusos: “He visto con mis propios ojos los abusos infantiles en dos de ellas, y he oído historias muy fidedignas sobre las dos últimas”. El lavado de cerebro les convence de que esos actos no son sancionables o por lo menos les incita a guardar silencio. Cuando llegan a la edad adulta “se convierten a su vez en acosadores sexuales infantiles”, creídos, algunos de ellos, “que eso debe de ser lo normal”. Su astucia le valió al protagonista de estas memorias evitar los abusos y nunca cometerlos.

Por otra parte, a nivel universitario, debemos resaltar el casi inexistente rigor científico. A.K., un graduado en historia, denuncia: “La mayor parte de los estudiantes presentan su TFG escrito por otros”. Este hecho se debe a múltiples factores, el principal es la falta de base con la que los estudiantes llegan a la universidad, muchos de ellos “no saben ni escribir correctamente ni buscar bibliografía ni las fuentes”. A esto se suma la falta de accesos a medios como ordenadores o bibliotecas, además los alumnos, generalmente, no pueden dedicarse exclusivamente a estudiar, sino que tienen que ganarse la vida “con trabajos a tiempo parcial”. La actitud de los profesores universitarios deja mucho que desear. Sería “aceptable” que otros alumnos para sobrevivir vendan sus conocimientos y escriban las tesis a compañeros a cambio de dinero, pero ya “que también los profesores” vendan los TFG para obtener mayores ingresos, demuestra el estado de dejadez en el que se encuentra el sistema educativo afgano. Así está la situación: “De los 47 alumnos de mi clase, solo 10 lo hicimos, los demás lo compraron”.

Y esta es la situación general que los Estados Unidos dejan atrás. 20 años de invasión para derrotar a los talibanes, construir un gobierno y un ejército afgano fuerte y una sociedad semejante a las occidentales, deja en realidad un legado que se traduce en una dependencia a las ayudas económicas internacionales, en una lucha encarnizada que ahora mismo se focaliza en la provincia del Panjshir, en la formación de nuevas milicias civiles que aumenten las posibilidades de una limpieza étnica contra los más vulnerables, en caos, inseguridad, corrupción, atraso científico y humanístico. El panorama pinta nefasto para todos los afganos y poco importa del bando que sean, la etnia que vistan o el credo que crean.