Xavier Alcalá: “Franco murió firmando sentencias de muerte”
Aparece en castellano “Nuestra ceniza”, la traslación a novela gráfica de la novela generacional de Xavier Alcalá realizada por Manel Cráneo.

A la izquierda de la imagen, Xavier Alcalá, acompañado de Manuel Cráneo, en la presentación de la novela gráfica «Nuestra Ceniza».
Texto: Antonio Iturbe
El artista gráfico Manel Cráneo afrontó el reto de trasladar al cómic un clásico contemporáneo y una de las novelas que más ha influido en varias generaciones de lectores gallegos, A nosa cinza, escrita por el ingenio narrador de Xavier Alcalá. Cinza (Editorial Demo) aparece ahora en su versión traducida al castellano, Nuestra ceniza (La Cúpula) con la fuerza de los dibujos de Manel Cráneo, que compone un soberbio retrato de ese protagonista lleno de dudas primero y, después, de rabia. Nos pone en imágenes, gestos y contraluces la historia de formación de Xoanciño, un chico huérfano de madre y con un padre médico muy atareado. Las enseñanzas de su abuelo, un hombre de ideas progresistas encarcelado por el régimen, empiezan a abrirle los ojos. Sin embargo, la muerte del abuelo hace que se interrumpan esas motivadoras clases en el comedor de casa y conozca la dura realidad de los colegios religiosos y los internados, donde le cuentan otra historia muy distinta a golpe de crucifijo.
Lo veremos crecer y perder la inocencia. Pero si los amores se esfuman, o él no es capaz de agarrarlos con las manos, los amigos permanecen y forman parte de lo sólido en esta historia del paso de la infancia a la edad adulta. Sus vivencias personales se convierten en una metáfora colectiva de unos jóvenes por el peso del nacionalcatolicismo imperante en el tardofranquismo que tratan de sacudirse el ambiente gris que los rodea con sus ganas de vivir.
Esta versión gráfica de Cráneo vale por sí misma pero también es una excelente invitación a la lectura de la novela de Xavier Alcalá, que nos ofrece una visión más profunda de lo que fue la condena del franquismo, especialmente relevante en estos tiempos en que se blanquea el franquismo y se frivoliza la dictadura.
En Cinza/Nuestra ceniza Manel Cráneo ha desplegado una mirada propia de tu novela. ¿Qué sensaciones te produce esta hija gráfica?
Cuando se estrenaba Gabriela, con Sonia Braga y Marcelo Mastroianni de protagonistas, Jorge Amado me dijo que ninguna versión cinematográfica de sus novelas lo satisfacía. Salvando las inmensas distancias entre el genio bahiano y yo, diré que Cráneo reflejó fielmente esa novela de juventud, tanto que ya no soy capaz de ver a los personajes y los espacios como los imaginé al escribir. Hasta los veo en blanco y negro, como él quiso dibujarlos para dar la sensación de claroscuro de los tiempos del nacional-catolicismo franquista.
¿Participaste en el guion de Cinza o preferiste mantenerte alejado?
Manel Cráneo es un perseguido por sus sentimientos de arte. El primer guion fue de Alfredo Ferreiro, pero ahí empezaba la fiesta de rehacerlo según avanzaban las viñetas. Anduvimos cámara en mano, vimos los lugares principales de la acción. Hablamos con posibles personajes de la trama real que esconde la novela. De vez en cuando yo le dibujaba escenas imposibles de imaginar por quien —por la edad— podría ser hijo mío. Resultado: un realismo a veces sobrecogedor. Y un trabajo de orfebre, empeñado en dibujar a mano todo, sin ayudas de máquina.
Tu novela A nosa Cinza se sigue leyendo, publicándose como novela gráfica y está presente en los clubes de lectura… ¿Qué tiene para que 45 años después siga interpelando al lector actual?
No es mi mejor novela según los analistas de la Literatura. De hecho, en el mismo año en que se publicó A nosa cinza, otra novela mía, Fábula, recibía dos premios, uno de ellos, el de la Crítica Española. Pero A nosa cinza tiene la gracia de contar como se pasa de niño inocente a adolescente mayor, y eso nunca cambia: a fin de cuentas, son amores, odios, compañerismo escolar, descubrimiento del mundo… Los chavales que hoy la leen, se olvidan del móvil y hacen comentarios que sorprenden, y ya son la tercera generación de quienes la van leyendo.
Tu obra literaria recorre paisajes de Galicia, pero también de Cuba o Argentina, con asuntos que van desde la novela histórica con implicaciones políticas o el género de aventura marítima hasta la novela testimonial… ¿Cuál es el hilo que cose tu trabajo literario?
El de cualquier narrador perseguido por su manía de contar; pero, en mi caso, solo relatar lo que aconteció o pudo haber acontecido: lo verosímil. En la pasada Feria Internacional del Libro de Buenos Aires se hizo una clasificación de esas novelas. Son tres series, “España prohibida”, “Cuba inédita” y “Argentina inmensa”; a su vez divididas entre “historias que busqué” e “historias que me buscaron”. A veces, viene alguien y te dice “Te voy a contar algo para que lo escribas porque yo no sé hacerlo”. Con orgullo de escribano, pongo oído, compruebo datos… Y adelante.
Les pasa a los grandes rockeros que hacen montones de nuevos álbumes, pero en los conciertos la gente les pide que toquen aquella primera balada que ellos ya dan por superada. ¿Te carga que, tras 21 novelas, algunos se refieran a ti como “el autor de A nosa cinza”?
Debo confesar que sí. Y últimamente llevo un recorrido por clubs de lectura interesados en la visión de la España prohibida a través de esta novela. Pero uno no se puede revelar contra lo que el público demanda, ni que miles de personas —y no exagero— te digan que una novela tuya fue la primera que les gustó en su vida, y, eso es lo mejor, que la releyeron.
Desde 1974 a 1977 A nosa cinza no se pudo publicar por culpa de la censura. Ahora que se leen cosas sobre Franco como “figura histórica” de un pasado remoto, ¿crees que hay una tendencia a blanquear la dictadura?
Creo, sí. Hay una epidemia de la que se curaría mucha gente joven sin más que leer la novelas gráficas, Cinza en gallego o Nuestra ceniza en castellano. Sería suficiente la página en que Cráneo cuenta cómo unos niños ven venir a un pobre a su casa, lo anuncian como tal pero descubren que ese viejo andrajoso era su abuelo republicano después de once años de cárcel… Franco, el Cerillita de Ferrol, fue más despiadado que Hitler, y murió firmando sentencias de muerte.
Escribiste esa novela con 25 años. ¿Qué queda de aquel joven en el Xavier Alcalá de 2025? ¿A qué no has renunciado?
Hace cuarenta años, Carlos Casares, entonces director general de la Editorial Galaxia, me dio un cheque de los derechos de autor de un año que valía para comprar un apartamento. Y me dijo “Toma, pero si quieres escribir lo que te dé la gana, sigue trabajando como ingeniero”. Así hice y me costó, por ejemplo, la advertencia de un cónsul cuando Galaxia publicó La Habana Flash: que no volviese nunca por Cuba, ni allá fuese ninguno de mis hijos por si me hacían ir a buscarlo. Quizá por eso escribí tres novelas más sobre la Revolución y estoy acabando la cuarta. Pero nunca renunciaré a contar verdades, hasta aventuras que superan la épica falsa de las invenciones.
Y cuando acabes esa cuarta, ¿abandonarás Cuba?
Ya veremos lo que pasa en Cuba… De momento, volveré a España en tiempos peligrosos de universidad y canción-protesta. Y quedan historias que busqué o me vinieron a buscar: de un marino masón al que el Cerillita le arruinó la vida, de un agente secreto en los misterios de la guerra contra ETA, otra que me dio escrita un preso con condena larga…
¿Qué te queda en el tintero?
En cuanto a los tinteros no figurados, sería un regalo que Demo Editorial y Ediciones La Cúpula se lanzasen a producir alguna más de mis novelas: de expediciones marítimas, de cacos gallegos y nazis en la Patagonia, de herencias misteriosas… El cómic es un medio en explosión que también inicia a lectores de textos.






