Fernando Clemot publica “Fiume”, una novela que indaga en la fundación del Estado de Fiume en 1919 por el escritor Gabriele D’Annunzio y doscientos voluntarios, que supone una reflexión sobre las consecuencias del fascismo.

 

Texto: Diego PRADO Foto: Isabel WAGEMANN

 

 

Instalado desde hace algún tiempo en Madrid, donde ejerce como profesor de la Escuela de Letras y director a distancia de la revista Quimera, Fernando Clemot ha ido desarrollando (sin prisas pero sin pausas) una obra literaria cuya solvencia y coherencia le ha situado entre los más destacados narradores españoles del momento. Tras foguearse durante unos años en multitud de premios de cuento, debutó brillantemente en 2009 con Estancos del Chiado, que le reportó el prestigioso Premio Setenil. Desde entonces ha publicado diversos libros de relatos y varias novelas. Hablamos con él con motivo de la última de ellas, Fiume (Pre-textos), una historia que indaga en el episodio real de la fundación del Estado de Fiume en 1919 a manos del escritor Gabriele D’Annunzio y doscientos voluntarios, y que supone una necesaria reflexión sobre las consecuencias nefastas del fascismo.

Fiume aparece en un momento donde en Europa asistimos al triste resurgimiento de los viejos fascismos, lo mismo que estamos viendo en nuestro país. En ese sentido, tu novela indaga en las raíces profundas de este mal. ¿Qué te llevó a utilizar el rocambolesco episodio de la creación del Estado Libre de Fiume en una novela?

A Fiume me llevó el propio autor D’Annunzio. Recuerdo hace bastantes años, leyendo su biografía, que me llamaron la atención dos hechos muy llamativos: el vuelo propagandístico sobre Viena en plena guerra (il folle vuolo) y la creación del Estado Libre de Fiume. Tenía la sensación de que la aparición de ese estado tan extraño y anárquico no era un hecho demasiado conocido (o muy poco) y me pareció un hecho de mucho interés. Busqué narrarlo sin renunciar a otras variantes como el desarrollo del fascismo en lugares que aparentemente no fueron seducidos por él, como podrían ser el Reino Unido, Francia o Estados Unidos. Me pareció que Fiume era un lugar de interés porque allí se trazaron buena parte de las formas (de la escenografía) que luego reproducirían no solo los fascismos sino también buena parte de los totalitarismos del siglo XX: el líder único, el discurso enardecido, la alusión a un pasado de gloria nacional que hay que recobrar, la música, la simbología relacionada con Roma, el saludo fascista, los gritos, las consignas para alienar y unificar a la masa, etc. D´Annunzio se dio cuenta muy pronto, en 1919, del tipo de discursos y actitudes que pueden convertir a la masa en un único cuerpo, en un único individuo que ejecute el mandato impuesto. Evidentemente, eso es algo que caló y sigue funcionando hoy en día. Su experiencia se convirtió en un universal de lo que debía ser la manipulación política.

Profundizando un poco al respecto, ¿dónde crees tú que reside el atractivo de cartón piedra que el discurso fascista produce en tanta gente?

Quizá me sorprende más la fascinación que se puede sentir ahora, con todo el peso que tiene encima el fascismo (regímenes autoritarios, pobreza, los crímenes de la Segunda Guerra Mundial) que la que pudo tener en sus inicios, en los años veinte. En Fiume y luego en la Italia del Bienio Negro se buscaba cambiar una democracia liberal que había funcionado en algunos países del Norte de Europa pero no tanto en países como Italia, Portugal o España. Lo que surgió allí era, evidentemente, un movimiento reaccionario, que buscaba la imitación del pasado, pero que también luchaba contra las políticas fracasadas del presente. D’Annunzio y los primeros teóricos del fascismo lo dotaron de una pátina fuerte, atrayente, que pudo seducir a muchas personas que buscaban algo nuevo. Lo que ocurrió veinte años después, todos aquellos crímenes, el racismo, la deshumanización, sí que resultan intolerables, tan difíciles de explicar como que se pueda todavía simpatizar con ese tipo de discursos.

Volviendo a la novela, su protagonista, Tristam Vedder, regresa al escenario de treinta años antes, pero todo parece haber cambiado tras la guerra. Sueles tener querencia por personajes desengañados y escépticos como el propio Vedder, que parece la personificación de la vergüenza de aquellos que en un momento dado se dejaron seducir por los cantos de sirena del fascismo sin prever sus consecuencias…

En este caso, Tristam Vedder sí que ha hecho la lectura de un movimiento que siguió en sus inicios, con el que simpatizó, y luego le desengañó para acabar horrorizándole. Sí, es un desengañado. Hay culpa. Quiere entender qué le atrajo a él y a tanta gente hacia un nuevo tipo de fanatismo. Vedder proviene además de otro tipo de cultura, no latina, más racional, y trata de analizar el fenómeno. Necesitaba este tipo de personaje, alguien que pudiera crear trama fuera de Fiume y todas las locuras de 1919, alguien que proviniera de ese mundo de las democracias liberales contra las que luchaban el fascismo y también otros movimientos de izquierda. Necesitaba alguien que viviera aquello y lo pudiera mirar en la distancia y este tipo de personaje me parecía perfecto para la reflexión, para un juicio de algo ya lejano pero que también pudiera sentir como propio.

Desde Polaris, tu novela anterior, han pasado casi seis años. No pareces tener prisa. ¿Te documentas y preparas mucho tus libros?

Escribo cuando tengo tiempo, pero también cuando tengo algo que contar. Una historia que me domine, que vea que tiene un fondo, no solo una serie de tramas o anécdotas. Eso no me interesa. Necesito algo que pueda dejar un poso. Respeto la figura del escritor profesional, el que escribe cada día, que necesita crear continuamente materiales para seguir adelante, pero en mi caso he optado por otro tipo de figura literaria. Escribir cuando he investigado lo suficiente y me siento seguro de la historia. Creo que las dos formas de funcionar son aceptables.

Una de las cosas que más me interesan de tu obra es que no parece seguir la tradición literaria española, generalmente tan apegada al realismo. ¿A qué se debe que tus novelas, por lo general, no sucedan nunca en el contexto histórico de nuestro país ni en el tiempo presente? ¿Dirías que están más en la línea de cierta literatura europea contemporánea?

Creo que tienes mucha razón. Me siento deudor de las lecturas y el seguimiento que haya podido hacer de la literatura española, pero no me siento demasiado atado a ella. Admiro a tantos autores españoles como los que puedo admirar de otras tradiciones que me interesan, como pueden ser la francesa, italiana, hispanoamericana o portuguesa. Un buen amigo editor me comentó una vez que lo de las tradiciones literarias ha dejado de tener vigencia desde el momento en que lo que vemos en la televisión y en nuestros ordenadores es un material compartido por todos. Creo que tenía razón.

En Fiume he observado ciertos elementos habituales en tu obra: la memoria, el sentimiento de culpa y, de un modo evidente, el intento de comprensión de los mecanismos del poder. ¿No está el poder siempre demasiado cerca de los totalitarismos?

El totalitarismo sería una escala de poder superior al poder que normalmente pueden ejercer las autoridades sobre la vida del individuo. El totalitarismo no solo intenta dominar todos los instrumentos de poder, también sublima ese control, necesita también controlar tus actos y tu ideología. Necesita que lo apoyes o te sometas. En una sociedad saneada se deberían activar todos los mecanismos para que el poder político no pueda alcanzar esos rangos de control. En algunos países los tienen asentados hace tiempo y la sensación es que nosotros luchamos continuamente por acercarnos a ellos. Es siempre un equilibrio delicado.

En España suele arrugarse la nariz frente a ciertos escritores que fueron declaradamente partidarios del franquismo. Sin embargo, a D’Annunzio se le consideró en su día poco menos que un héroe nacional. ¿Qué opinión se tiene actualmente en Italia de autores fascistas como él o Curzio Malaparte, por ejemplo?

D’Annunzio ha sido una figura muy controvertida en Italia durante los últimos cien años. Quizá no haya llegado al grado de señalamiento que han tenido otros escritores europeos que decididamente se adhirieron al fascismo, como Céline o Knut Hamsun. Sin llegar al poso de esos nombres, quizá D´Annunzio estaría en la división de otros escritores de ideología confusa, cambiante, como pudieron ser el propio Curzio Malaparte o, en Alemania, Ernst Jünger. En España también tendríamos nuestros nombres señalados. Sigue siendo una figura controvertida D’Annunzio, ya que, pese a que fue posiblemente el mejor escritor del decadentismo y de la primera década del siglo XX, sus actuaciones y vinculaciones políticas posteriores empañaron buena parte de sus logros literarios. No hay demasiados homenajes públicos y pocas calles, teatros o plazas llevan su nombre. Su figura, en Italia, sigue teniendo un halo amenazador y despreciable para muchos.

Tú empezaste escribiendo cuento, un género al que has dedicado hasta la fecha tres libros. Solemos apoyar ese tópico de que un buen cuento es más difícil de escribir que una novela. ¿En qué género te encuentras más cómodo?

Me gustan los dos géneros. En realidad suele ser la historia que quiero contar la que hace que me vaya hacia un destino u otro. Si se pueden abrir muchas tramas, si tiene mucho calado, voy hacia la novela. A mí el cuento me fascina por la capacidad para experimentar que tiene y a la que nunca puede llegar la novela. En un periodo narrativo corto puedes plantear un tipo de recurso que en el siguiente relato deshaces. La novela es un planteamiento más largo, en que no solo se pone al límite tu capacidad de trabajo, sino que también tienes que contar con la capacidad del lector para exponerse durante mucho tiempo a un tipo de lectura. Me gusta esa libertad del cuento para poder trabajar, para inventarte y desinventar diez páginas más allá. Lo siguiente será un libro de relatos, creo, aún no lo sé.

Por cierto, llevas un tiempo residiendo en Madrid tras toda una vida en Barcelona. ¿Cómo valoras ahora Cataluña y sus problemas desde esa distancia?

Los problemas en Cataluña fueron durante mucho tiempo políticos, no sociales. Solo cuando interesó que no fuera así, que nos dividiéramos, eso cambió y afectó también a las relaciones sociales. Echo de menos aquel tiempo en que todas esas estupideces no marcaban nuestras relaciones de amistad, de vecinaje. Luego todo se ensució. Supongo que alguien sacaría partido de todo aquello. Veo esa dinámica con tristeza, me apena, aunque también en Madrid se está repitiendo un proceso semejante.