Dieciséis poetas que no te puedes perder.

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Nos hacemos eco, en este día de búsquedas, de esa poesía que queda resonando, con versos de tamaña intensidad en cuidados y meditados libros. Ellos y ellas son poetas necesarios y necesarias, sin duda alguna: hay poetas que tienen la pasión de Neruda; la mirada metafísica de Rilke; esa luminosidad de Aleixandre; la contención verbal de Ungaretti; la elegancia expresiva de Quasimodo; la fuerza trágica de Lorca o la dramática de Lautreamont. También hay destellos de Hölderlin; el dramatismo de Pessoa, la precisión de Cernuda o la finura de Paz. ¡Descubran estos libros de beneficiosa lectura!

Pavana del silencio (El sastre de Apollinaire) de Fernando Sarría (Ejea de los Caballeros, Zaragoza, 1957): “En mi noche un niño recoge sus lágrimas del suelo./Se escucha el eco del silbido del afilador/ y su voz grave repitiendo historias por el mundo.// El silencio es la quera de la memoria./ Siento estremecerse/ las mazorcas colgadas en los viejos maderos del desván”.

La infección de lo humano (Huerga y Fierro) de Alejandro Céspedes (Gijón, 1958): “Ahora estamos preñados por un mundo/ que se ausnetó de golpe/ y nos dejó estafados de rupturas y excesos”.

Música (El sastre de Apollinaire) de Pablo Martín Coble (Madrid, 1960): “Sueña que se cae de los árboles,/ le rebasan las hojas, siente vértigo,/ mortal la simetría de un camino/ en su punto de fuga”.

Travesía (Contrabando) de Lola Andrés (Valencia, 1961), que ya va por su tercera edición, y en esta el poemario está ilustrado con pinturas de Pere Salinas además del prólogo de José Luis Falcó: “arder/ iniciarse de nuevo/ oír/ la gratitud/ -el sonido pausado/ de las hojas”.

Atlántica y celeste (CEDMA) de Ana Sofía Pérez-Bustamante (París, 1962), con inteligente y didáctico prólogo de Mauricio Gil Cano sobre la poesía publicada de esta poeta: “Ahora hasta en el bosque de los cuentos/ se han roto los espejos, y los ríos/ van ladrando hacia el mar/ como perros que muerden”.

Piel de alma (Cántico) de Josep Checa (Caldes de Montbui, Barcelona, 1962), en edición bilingüe: catalán-castellano, con traducción de la poeta Concha García. Este poemario fue XXXVIII premio de poesía Senyoriu d’Ausiàs March de Beniarjó 2018 con Pell d’Ànima: “Cuando se desprenden de la roca./ Con el temple de una forja impía, hacía falta degollar/ o usurpar la carnaza de las fauces de las bestias”.

Trilogía del corazón. Cardiolemas, Siempre conté diez y nunca apareciste y Cavando la tierra con tus sueños (Luces de Gálibo) de Kepa Murua (Zarutz, 1962), con justa y necesaria introducción: “El silencio es parte de la vida y el olvido lo perdona todo./ (…)/ El primer sueño es peligroso./ Con el último, comienzan a abrirse los ojos”.

Lluvia de silencios (Devenir) de María Bonet (Barcelona, 1964), primer libro de poemas de la autora: “Un abrazo verde agua/ entre cercos de brea,/ tras llamadas de sirena/ largan amarras”.

Padre (2002-2016) (La Palma) de Coriolano González Montañez (Santa Cruz de Tenerife, 1965), con curiosa e interesante nota explicativa del autor: “Sigues aquí y ni siquiera el viento/ que ahora sopla en el valle/ logra dispersarte./ Te quedarás para siempre,/ tiñendo el tono de la tierra de los ancestros.”

Quemadura (Vitrubio) de Jorge Camacho Cordón (Zafra, 1966): “el día antes de partir/ vi a un viejo sentado en una esquina/ bajo la turbia luz de la luna/ le dijeron/ demasiado viejo eres/ para seguirnos en el camino al norte”.

Un horizonte de significados (Amazon KDP) de Custodio Tejada (Purullena, Granada, 1969): “La carne se ha hecho verbo/ y habita en el nombre de las cosas/ porque todo empieza en el amor a otro”.

Tocar arcilla al fondo (Siltolá) de José García Obrero (Santa Coloma de Gramanet, Barcelona, 1973: reside en Córdoba), con palabras de Alejandro Simón Partal: “Todos los silencios que, sin motivo cierto,/ cayeron con estrépito al poema/ trataron de dar forma/ a lo que nunca pudimos retener”.

Guerra (Huerga y Fierro) de Ruth Miguel Franco (León, 1979): “Que no quede en la ciudad más que aquello/ que no entiendo/ y no me aburre”.

Vena Amoris. –Cafuné & Revolución- (Eolas), de Rafael Saravia (Málaga, 1978: reside en León): “Fuimos parte de la vejez que define nuestra/ extrañeza./ Esa ilusión que nos ubicaba/ en la mística extensión de lo más puro.// Ante la verdad, el artificio es piadoso./ Se esfuerza y siente su anhelo de olor a simiente.”

Last Blues (Sr. Scott) de Eduardo Corrales (Madrid, 1980): Lo trágico es no poder decir/ si este recuerdo de ella/ es la felicidad inadvertida/ de ahora”.

Sniffin’ Blue (Siltolá) de Carlos G. Munté (Barcelona, 1989), con palabras del también poeta Ape Rotoma: “como la polilla/ oculta en penumbra,/ anhelo la luz/ que me reducirá/ a cenizas”.

 

Estos libros de poesía no necesitan ni de aclaración, ni de defensa. Tienen valor en sí mismos y como he dicho alguna vez: la poesía sabe esperar. Seguramente vivirán más que nosotros, pandemia mediante. Recojo sus versos y solo recomiendo desde esta tribuna su lectura por el beneficio que reportan a nuestros cerebros: son un buen regalo. ¡Feliz Día del Libro, personas lectoras!