Vázquez-Figueroa se moja por Palestina

El incansable autor canario, que ha iniciado en la lectura a varias generaciones, pone el ojo en la tragedia de Gaza en su nueva novela: “VIVA Palestina”.

 

Texto: Antonio Iturbe   Fotografía: Asís G. Ayerbe

 

En esta novela están muchos de los tics clásicos de su literatura. Como reflejo del reportero viajero que fue durante años (guerras incluidas) los temas son de rabiosa actualidad y plantean asuntos complejos e incluso dolorosos, pero la manera de contarlos es un relato ligero donde manda la acción y el sentido del humor es un ibuprofeno que hace que la lectura no duela. O no tanto.

En VIVA Palestina reúne a varios personajes muy diferentes entre sí, unidos por su desprecio hacia la política destructiva y despiadada de Benjamin Netanyahu, “también conocido como “El Orejudo” o “el nieto de Herodes”. Samantha Noahn es una judía israelí con un padre que trabaja para el servicio de inteligencia del gobierno, pero le queda muy claro de qué lado está cuando escucha afirmar al presidente de su país con total desfachatez que “La única verdad es la que proclama el ejército israelí y todo aquel que no esté de acuerdo debe ser considerado terrorista”. El narrador añade, por si quedaran dudas: “una declaración propia de un dirigente fascista”. Decide irse de su país, pero se lleva consigo importante información secreta que guarda su padre en el ordenador, así que no tardan en poner tras los pasos de Samantha a un asesino profesional.

Naima al-Aidieri es una joven palestina infiltrada en el cogollo de la moda francesa que finge ser una belleza insulsa para que no sepan que en realidad es una activista durmiente llena hasta arriba de rencor hacia ese gobierno de Israel que lleva décadas matando y humillando a su pueblo.  Ellas dos, junto a un disidente del servicio secreto israelí y una millonaria judía opuesta a los métodos sanguinarios de Netanyahu, se van a unir en su cruzada con un objetivo final: cortarle las dos orejas al Orejudo.

Los diálogos son una esgrima verbal en la que los personajes se lanzan puyas y chascarrillos para desdramatizar una realidad que es realmente dramática. Los personajes son marionetas que maneja el ventrílocuo Alberto Vázquez Figueroa y todos tienen su ingenio afilado. Es algo que él hace a propósito para que no baje el ritmo ni la manera desenvuelta de contar las cosas sin caer en la tentación del sermón o el aspaviento, dos de las cosas que más odia en el mundo.

Vázquez-Figueroa, que siempre ha sido más partidario de lo carnal que de lo gaseoso y celestial, nos dice por boca de uno de sus personajes: “entre ciertas tribus amazónicas se suele decir: si has de imponer a tu dios por la fuerza, ese dios es falso”. Y leemos: “Demasiada gente muere vociferando tras una cruz, una media luna o una estrella de David. El infame y salvaje pecado del fanatismo religioso es el único que se transmite de generación en generación. Afecta por igual a todos los pueblos y a todas las razas”. Pero también añade en esta novela que atiza fuerte al sionismo que “lo que ocurría entre Israel y Palestina no era un conflicto religioso sino humanitario, pues los sionistas violaban con total impunidad los derechos de los palestinos. Si criticar esas violaciones se consideraba ser antisemita, debería aceptarse como prosemita el hecho de ocupar territorios, violar las leyes, llevar a cabo docenas de asesinatos o masacrar a un pueblo”.

A sus 89 años, Vázquez Figueroa no da puntada sin hilo. En esta novela hay algo más que acción y crítica a las salvajadas del gobierno de Netanyahu. Apunta hacia un ángulo de la cuestión del que se habla poco: el rodillo de Israel en Gaza tiene que ver con algo mucho más trascendente que la seguridad o la religión: el dinero. “La verdadera intención de las autoridades israelíes era convertir en realidad el viejo suelo de construir un canal que conectase el mar Rojo con el Mediterráneo a través únicamente de su territorio”. El autor señala que un canal que substituyera al saturado y obsoleto Canal de Suez, que no permite el paso de grandes cargueros, significaría una lluvia de millones de dólares para Israel y tener la palanca de un poder estratégico para la economía global que los pondría a salvo de todo. Una vez más, Vázquez-Figueroa utiliza la ligereza de sus novelas para mostrarnos asuntos profundos.