Visitamos lugares de mesa y conversación que frecuentaron algunos de los escritores más ilustres de la literatura checa, de Kafka a Karel Capek o Milan Kundera.

Texto: Sabina FRIELDHUDSSËN  Foto: MATHIEU

 

La capital de la República checa tiene ese encanto de las ciudades con mucha historia que han sabido proteger su memoria pese a la riada de turistas, city tours y despedidas de soltera. Otoño es una época espléndida para recorrer los cafés literarios de la ciudad. Es cierto que llego lleno de expectativas al Café Arco, donde Franz Kafka conoció a Milena Jesenska. Kafka, equivocadamente considerado una persona fría y distante, se encontró ahí en una reunión con otros escritores e intelectuales y uno de los asistentes era Milena, casada con el escritor Ernst Pollak. Se empezaron a escribir y se enamoraron con una pasión que ha quedado recogida en la correspondencia Cartas a Milena, tan intensa, atribulada y metafísica como cualquiera de sus novelas. Kafka en mitad de su febril intercambio de cartas le dice: “Fui al Café Arco, al cual hace muchos años que no concurro. Fui sólo para encontrar a alguien que te conociera”. El Café Arco lo han reformado de una manera anodina, con esa globalización del confort para turistas que pasa un cepillo de carpintero por encima de todos los nudos de la vieja madera. No encuentro ahí rastro de los descosidos de Kafka, su sombra está presente en el museo, en placas que recuerdan su paso meditabundo, en forma de estatuas raras desperdigadas por la ciudad. Una de ellas, en la esquina de las calles Dušní y Vězeňská, es una obra del escultor  Jaroslav Róna y muestra una figura adulta sin cabeza que lleva a un niño a hombros. Otra, rodeada de un perenne círculo de turistas a los que me sumo yo, uno más, es una gigantesca cabeza metálica de 11 metros y 39 toneladas que se descompone por secciones como el rompecabezas de un cráneo, separándose las láminas y encajándose de nuevo sin dejar de dar vueltas. Frente al Museo de Kafka, otra estatua de tamaño humano, orina un chorro líquido sobre el mapa metálico de la República Checa. Kafka hubiera alucinado.

Me reconcilia con la vieja Praga entrar en el Café Slavia, fundado en 1881, con estupendas vistas al castillo sobre el río desde las mesas pegadas a los ventanales. Se mantiene junto a una de ellas una placa que recuerda que por aquí venía a tomar café y fumar el dramaturgo que llegaría a ser presidente de la república, Václav Havel. También era lugar habitual del único Premio Nobel de la literatura checa, Jaroslav Seifert, que solía pedir la especialidad de la casa: café con absenta. Hay turistas, pero el ambiente es evocador y las tartas, ¡deliciosas!

Mi siguiente parada, cerca de la enorme plaza de Wenceslao, es en el café Louvre, situado en el primer piso de un edificio con nostalgia de París inaugurado en 1902. Quedó casi destrozado durante la etapa comunista, pero fue remodelado en los años 1990 con algún toque vienés. Es un gusto que tengan los periódicos en bastidores de madera, que los camareros lleven mandilones y que te sirvan una sopa de fresas fría a un precio muy razonable. Aquí Kafka venía algunas tardes con su amigo Max Brod, el que le desobedeció -y Kafka seguramente sabía que le desobedecería- al no quemar a su muerte la mayoría de sus obras como le había pedido. En esos años 1910 Kafka pudo haberse encontrado aquí trazando ecuaciones sobre el vaho de la ventana a un joven profesor de física de la universidad de Praga llamado Albert Einstein, que le agradaba el ambiente cosmopolita del Louvre durante el año que estuvo en la ciudad. En 1925 el escritor Karel Čapek -que ideó en una de sus obras teatrales la palabra “robot”, a partir de la palabra checa “robota”- montó en una de sus salas la sucursal checoslovaca del PEN Club Internacional.

El Café Savoy, remodelado por una cadena internacional y bastante caro, solo conserva de origen las bellas pinturas del techo, pero sigue siendo un lugar agradable con un servicio esmerado. Por allí se dejaba caer Milan Kundera, cuando el Savoy tenía un aire decadente, antes de exiliarse a Francia tras la oscura Primavera de Praga en 1968 ¡Ojalá le dieran el Nobel antes de que sea tarde! Me apresuro porque aún me falta el Imperial o el Café Europa, donde Kafka leyó en público un fragmento de su novela El proceso. Después, habrá que empezar con las cervecerías, como El tigre de oro, donde pasaba las tardes Bohumil Hrabal o rendir homenaje a Jaroslav Hašek en la ruidosa taberna U Kalicha, con mesas de tablón, cerveza a discreción y música de acordeón un poco beoda en el mejor espíritu del protagonista de Las aventuras del bravo soldado Švejk, ese Sancho Panza pícaro de la literatura checa. La Praga literaria da mucho de sí.